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Fredo, una historia real (y 6)

Fermín Di Vaggio se quitó un zapato y se levantó la pernera. Un carrera de pespuntes rosados y moretones minúsculos le atravesaba el empeine y ascendía por debajo del pantalón. María había cogido una caja de latón donde se amontonaban un par de cucharas dobladas, media docena de jeringuillas y una bolsita de polvo. Fermín usa las mordidas, dijo María mientras le tendía una insulina precintada y acercaba un vaso de agua y medio limón.


Aquel día se chutó por última vez en su vida. Era un caballo finísimo que apenas había que calentar, era una tierrita amarga que al diluirse enturbiaba el agua multiplicando formas en movimiento como un caleidoscopio secreto, un hongo nuclear, una tempestad, una aurora boreal en medio de la noche del mundo. Había quien leía la vida en los posos del café y él podía leer la vida en el fondo de una cuchara doblada. Ahí estaban los tres de nuevo, los tres mosqueteros. Ahí estaba su vida pasada y futura, rehaciéndose continuamente, en pequeñas ondas expansivas al calor de la llama de un mechero de una vela, en burbujas marrones y doradas como su vida y sus sueños. Fermín en la camioneta junto al viejo Jeremías, Fermín detrás de una pequeña hemorragia en su ojo izquierdo, o detrás de una pequeña hemorragia en su brazo, Fermín al otro lado de una mesa verde de formica en la cárcel de Murcia, o Fermín abriendo una botella de cava a los postres. María abrazada a una carpeta estampada con fotos de Leif Garrett, María desnuda riendo y pinchándose después de hacer el amor, María con un delantal probando salsa boloñesa, María mojándose las encías con polvo comprado a un desconocido, o María subiéndose a un coche y desapareciendo por unos días.

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Mientras se chutaban, mientras bombeaban, él pensaba en todo aquellos y los Di Vaggio cruzaron unas frases en italiano. La chica decía que no, que no, que se callara, y Fermín hablaba y habla: ¡Es Fredo, es nuestro Fredo, tu fidanzatto, ma per qué no, María, il nostre fratello! Fermín di Vaggio se dobló sobre sí mismo, metió la mano debajo del sofá, sacó una bolsa de deporte y la arrojó encima de la mesa. ¡Somos ricos!, dijo, ¡Somos ricos y vamos a celebrarlo!

Una semana antes Fermín Di Vaggio había dado el golpe de su vida sin pretenderlo, había tenido mucha suerte. Era de noche, había ido a pillar, estaba haciendo cola a los pies de una escalera en el barrio cuando el cielo se iluminó, y las calles se iluminaron, y las sirenas y los gritos y los silbatos irrumpieron en la rutina de los yonquis. La gente corría o simplemente se quedaba muy quieta pegada a la pared, las luces de un helicóptero convertía las paredes caravista y las ventanas rotas y los contenedores desbordados de basura sobre las costras de alquitrán de las calles de los yonquis en el escenario de una película de gánsters. Había presenciado muchas redadas en su vida, pero ninguna como aquella. Había policías y perros y coches patrulla por todas partes, había puertas derribadas y portazos y hombres y mujeres derribados sobre el asfalto. Fermín di Vaggio empezó a caminar rápido, sin destino, sin saber cómo ni de dónde habría de llegarle un empujón, o una orden, o simplemente un golpe. Se movía como un autómata, como un muñeco sin dirección mientras toda aquella explosión de gritos y alaridos y luces se batía sobre sus pasos. Pensó en Moisés y en las aguas del Mar Rojo abriéndose bajo sus pies y dejando a la intemperie un fondo marino de botellas de plástico, y bolsas de plástico, y cajas de cartón hinchadas por la humedad y jeringuillas usadas cuando, como un regalo del cielo, un macuto calló a plomo delante de él.

No miró que contenía, simplemente lo cogió, y avanzó, y cruzó una plaza donde un grupo de personas alzaba los brazos y las caras ante un coche patrulla como los personajes de un cuadro de Goya, y atravesó un cordón policía donde un par de agentes con linternas comprobaban la documentación de unos chicos. Y siguió andando sin mirar atrás con el macuto aferrado al pecho, como un loco o como un iluminado, y por un momento pensó que era invisible y que no era necesario andar deprisa ni abrazar aquella bolsa de deportes como si fuera un cáliz o un niño muerto, que podía andar despacio tranquilamente, que podía pasear en medio de aquella devastación porque era invisible. Cuando llegó a casa María el aguardaba como siempre, fumando, un poco ansiosa, expectante. En aquel macuto caído en medio de la noche había seis bolsas compactas de heroína y tres fajos de billetes como tres ladrillos o como tres panes de molde, una libreta con hileras de sumas escritas a mano, un bolígrafo Parker, un tarrito de aceite balsámico, un pendiente de plata con varias piedrecitas de vidrio que el Tuerto decidió ponerse a modo de talismán o a modo de agradecimiento a la vida, a la policía y al barrio de los gitanos, y un pañuelo negro de seda con motivos geométricos.

Mientras Fermín di Vaggio contaba todo esto, María calentaba la heroína. Él nunca había visto tanta droga junta, ni tanto dinero junto. En alguna ocasión, al ir a ponerse azúcar, o al ir comprar azúcar, había pensado cómo sería tener un tarrito así o un paquete así lleno de polvo para ponerse y ponerse sin límites y sin temor a quedarse sin nada, y cuánto podría durar aquello si fuera droga, cuántos meses o cuántos años, incluso invitando a todo el mundo, pero no, no, no, allí delante de sus narices, en medio de esa mesita de mierda, en la planta baja de aquel edificio medio en ruinas, después de tantos años de yonquis, veía más polvo junto del que jamás hubiera imaginado.

Estuvieron poniéndose toda la noche. María sacó una bolsita de coca para ir mezclando, para seguir chutándose y seguir hablando y bombeando, entre sueños, entre risas, como tantas veces, como en los viejos tiempos, hasta que empezó a hacerse de día. Él los escuchaba y se ponía, y se levantaba a enjuagar la jeringuilla, y volvía al sofá, y le pedía a María que ayudara a encontrar una vena en el otro brazo, en la mano, practicando torniquetes precisos con el pañuelo de seda, y se miraba a sí mismo y a los dos hermanos, a María, tan delgada, tan hermosa, y a Fermín, tumbado en aquel sillón de dentista y sonriendo detrás de sus gafas de espejos, y pensaba cómo os he querido Di Vaggio, ¿si todo hubiera sido diferente os hubiera querido tanto?

Jan Saudek

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Entonces pasó. No fue premeditado, pero lo hizo. Había ido al cuarto de baño. Estaba orinando cuando se dio cuenta de que llevaba una jeringuilla colgando del antebrazo. Se miró al espejo y bombeó una vez más antes de quitarse la máquina y dejarla encima del lavabo. Al llegar al salón olió a humo. María y Fermín dormitaban. La bolsa con la droga y el dinero estaban en el centro de la mesa. El pañuelito negro de seda que Fermín y María habían encontrado en el macuto estaba ardiendo en el suelo. Quizá fue el al levantarse, o quizá fuera alguno de los hermanos, pero alguien había dejado el pañuelo demasiado cerca de una vela y ahora estaba ardiendo en el suelo. Desprendía un humo denso, oscuro y penetrante. Despedía un humo volcánico y sucio. Imaginó que aquel humo provenía de los peores momentos de su vida. Olía mal, olía a infierno. Nada parecido, por ejemplo, a cuando calientas la heroína.

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