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Muerto el bicho se quedó la rabia

Muerto el bicho… se quedó la rabia

Murió Jorge Rafael Videla en la cárcel, sin arrepentirse de sus crímenes, y yo me acordé de, por ejemplo Mario Benedetti, por ejemplo Franco, por ejemplo mi abuelo Gregorio Mariano Romero Albarracín y Campoy con un brazo roto después de una paliza en el piso de una celda en la cárcel de Murcia, años 40, por ejemplo Augusto Pinochet alzando ufano una muleta, y hasta del nieto de Pinochet expulsado del ejército por saludar a la romana junto al féretro del dictador.

Leí los obituarios del monstruo argentino. Leí un hondo obituario en El Mundo, en el que Álvaro Tizón concluye con una frase de María Seoane y Vicente Muleiro, en su biografía El Dictador: “Es una persona intelectualmente pobre, de una gran mediocridad… Parece mentira que un individuo así haya podido perpetrar un genocidio semejante”

El almirante César Augusto Guzzetti razonaba de este modo sobre la subversión marxista y los paramilitares: “El cuerpo social del país está contaminado por una enfermedad que corroe sus entrañas y forma anticuerpos. Estos anticuerpos no pueden ser considerados de la misma forma que el microbio”.

Me acordé entonces del doctor José Antonio Vallejo-Nágera y su búsqueda del gen rojo.
Me acordé de todas las idioteces con birrete, el gen rojo, la homosexualidad como enfermedad, la maldad intrínseca de las drogas, los peligros de la automedicación… y pensé que murió el bicho. Pero se quedó la rabia.

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