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Adorábamos el fuego

Éramos zagales municipales en sandalias de plástico. Éramos soldados en cangrejeras emboscados tras el esparto. Recogíamos maderas de las casas y robábamos los andamios de las obras para hacer una hoguera enorme, la más grande de todas. Primero por San Juan. Luego los fines de semana en los botellones de clase, en el espigón de la farola junto a los chicos del pegamento, o en los cuartos de baño donde comenzaba el ritual de la madurez. Más tarde fuimos adictos al fuego.

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Nos llenábamos de piojos y ronchas perfectas como las manchas de Rochard. Yo hubiera destrozado el armario ropero, lo hubiera hecho añicos, y le habría quitado las patas a las mesas y habría tumbado la puerta a hachazos con mis manos de niño para hacer la hoguera más grande de Águilas. Todavía ando alimentando aquella hoguera que todo lo devora, que todo lo consume porque la espada de su llama agita cielo y convoca el arco iris.

Vigilábamos las maderas agolpadas en medio del Placetón, desde la ventana, porque existía el peligro de que la quemasen los chiquillos de otros barrios. Había que ir armado. Con palos, con estacas, con antorchas preparadas para la noche de San Juan, o para el Día de Todos los Santos. Por si venían a quemarnos, o a raptarnos, o a llevarnos. Era permitido también por las madres andar medio desnudos, mugrosos, y la piel cosida a astillas y las rodillas remedadas de costras.

Había que levantar aquella pira de muebles inservibles y vigas carcomidas porque era una enseñanza muy grande para la vida. Había que alimentar esa montaña de trastos y preparar el fuego, y colocar un muñeco en la cima, y sentirse muy orgulloso de todo aquello. Aprendimos tan bien aquel juego que ahora no sabemos divertirnos si una llama. Levantábamos piras con ferocidad miliciana, para que ardieran. Luego aprendimos quemar al vecino, a la mujer o a los hijos, o a nosotros mismos, uno a uno, o mejor todos juntos.

M. Gasparet

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