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Algunas tardes

Cultivamos esa íntima

devoción por la tristeza

que hace adictos a los hombres

al brillo azul de algunas tardes

anegadas de gin tonics

y combinados de ron.

Ya adultos maduros febriles

cazadores de sueños ovillados

en los pliegues de los días dormitamos

al arrullo de pequeños chismes

sobre amantes casuales y esposas fieles.

Amamos el alcohol por su inasible rebeldía

por su desbordamiento por su manufactura

de hombres apostados en las barras de los bares

donde cada trago es un paso de vuelta

a la juventud perdida

jardín espeso de promesas al alcance de la mano.

¿Que mejor edén qué mayor gratitud

que la de esta ilusión inocente

que la de esta sucesión de horas veloces

a lomos de neurotransmisores lentos

como mulos azotados trago a trago?

¿Qué mejor regalo

si la tristeza es mi modo de amar

mi respiración

que la bebida alumbre el milagro

de una mujer morena

delgada sombra desconocida

de ojos neurasténicos y uñas sucias

que brindas al sol de una lámpara humeante

y bailas a punto de desfallecer entre mis brazos?

Elegimos ser héroes fugaces,

héroes feraces de sueños inconclusos

y vicios caros

crecidos por el leve tintineo de una copa

este cáliz

de música alegre

para muchachas tristes.

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