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¡Qué feo eres, mi amor!

(Di su nombre, Francisco Goldman, Sexto Piso, 2012)

“Bueno, Hell-Ha, mi amor. No hay recuerdo feliz que no esté infectado. Se trata de una cepa de virus que ha saltado de la muerte a la vida y que se mueve vorazmente hacia atrás a través de todos los recuerdos, obligándome a desear que ninguno de ellos, mi propio pasado, hubiera ocurrido jamás, pero soy como un guardia que todo el tiempo se queda dormido en la puerta de la cuarentena dejando así que los reclusos pasen a tropel. Aun así mis versiones pecan de parciales por mi soledad (…)” (pág. 179)

Daniel Goldman (Boston, 1954) es un reconocido periodista, profesor y escritor que el 25 de julio de 2007, las fechas son muy importantes cuando se exorciza el dolor, perdió a su joven esposa, Aura, en una playa en Oaxaca (México). En Di su nombre el viudo, el hombre solo, homenajea a su mujer y da rienda a su duelo en uno de los libros más bellos que sobre la pérdida, ese género transversal en el arte y la vida, he leído desde que Mortal y rosa, de Francisco Umbral, me sacudiera el corazón con un fogonazo de lucidez y gratitud y miedo.

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Nada he conocido nada mejor a Mortal y rosa, en cuanto a aullido inteligible e inteligente se refiere, vaya por delante. Pero con Di su nombre he comprobado, comprendido, que hay un género más allá de los géneros donde el hombre se hace afín a su materia, a su levedad, a base de honradez sobre palabra, que no es poco.

Di su nombre no es un libro corto, son 429 páginas en la preciosa edición de Sextopiso, lo cual obliga a valorar con una pátina añadida de respeto y asombro “una historia tan triste que únicamente la belleza puede redimirla” (Richard Ford).

En su extensión cabe aguardar la cadencia que conduce de la futilidad de una anécdota a la expresión descarnada: quiero decir, probablemente es más fácil acercarse a lo inasible (el lenguaje es limitado) en pequeñas porciones que en toda una novela en la que el motivo único es el duelo, pero en la que el autor incursa en detalles o explicaciones o momentos prosaicos. No importan tanto los momentos en que Goldman recuerda cómo conoció a Aura, sus dudas, su talento, sus gustos, sus miedos, la ternura con la que ésta le llamaba feo: ¡Qué feo eres, mi amor!. Pero es llamativo que esos mismos resquicios de cotidianeidad sean el puente o el túnel hacia lo más hondo de su dolor. Umbral resulta más descarnado, menos condescendiente con sus propios recuerdos, más visceral. ¡Pero qué coño! Aura era la mujer de Daniel Goldman y está muy bien, es incluso instructivo y muy sugerente, que el autor repare en aspectos triviales, aunque nada emocionantes, como su relación con su suegra y con el resto de la familia de Aura, sus relaciones posteriores con otras mujeres, o el modo obsesivo en que leyó cuanto había sobre el duelo y la muerte para sobrevivir a su propia tragedia.

Daniel y Aura

Daniel y Aura

En algunos momentos de la novela Daniel Goldman ve a su mujer muerta, habla con ella, sueña. Y todo esto lo cuenta con la sinceridad y el amor de a quien ya nada le importa porque lo ha perdido todo; menos su propia vida. Este tipo de complementos pueden incluso inquietar a quien, desde las primeras páginas, comprende el tonelaje de emoción que lleva entre manos. Pero nadie que haya sufrido una pérdida ignora este tipo de detalles, a veces truculentos o inquietantes, como parte misma de la tierra arrasada del alma: “arden las pérdidas”, que dice Antonio Gamoneda

Di su nombre es un libro bello y profundo, despiadado por honesto porque la vida y la muerte no entienden de piedad, que se enmarca en un género único, el de la pérdida sin matices, por la inquebrantable valentía de sus páginas.

“Cada segundo que pasa en el reloj, todo lo que hago o veo o pienso, todo eso, se compone de cenizas y fragmentos calcinados, son las ruinas del futuro…” (pág. 213)

“Cada hora, un paso hacia ti” (pag. 236)

He aquí un grito de amor sobre el que sólo cabe manifestar gratitud, asombro y respeto.

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