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Aún éramos soldados

Por M. Gasparet

La tarde crece en un cielo rebañado de ventanas
como espejos.
Aún éramos soldados aquel año de rodillas heridas
y sandalias polvorientas,
de balones de goma y escopetas de madera.

Aventurábamos el suelo gris de la derrota
en los cantos rodados del colegio
y en el terciopelo que alumbra
las butacas de los cines.

Robert W. Kelley (1920-91)

Robert W. Kelley (1920-91)

Galopábamos hacia el crepúsculo de la juventud
sobre un estribo de meriendas en familia.
Luego hubo cien inviernos de lluvia enrejada,
de amores quebrados e hipodérmicas.

Conocimos la deserción de las milicias de la infancia
y enterramos a nuestros seres queridos
como a muñecos precipitadamente inservibles
antes de despedir a los amigos
o de agradecerles en silencio
el pan de los años mozos,
el secreto de la inocencia desvelado,
el significado completo de la palabra traición,
su fecundidad geométrica.

Aprendimos a convivir
con los caprichos de los muertos
y su manía de aparecerse a hurtadillas en la noche
para recordarnos de quiénes somos tributarios.

Fundimos nuestra vida
en el crisol de los años,
pero aparecemos vestidos de domingo
en el reflejo oblicuo de los charcos,
en la sonrisa redonda de los niños,
o en algunas fotos como nichos
sobre un dominio de alacenas.

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