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Benjamin Clementine, un nuevo origen para el diamante negro

Por Guillermo Castilla

Durante siglos, la naturaleza excepcional de los diamantes negros desconcertó las mentes de la ciencia. Su extraña luminiscencia y altísima porosidad, unido a que solo se habían encontrado en dos puntos del planeta Tierra, América del Sur y el centro de África, los diferenciaba del resto de diamantes. Tras multitud de hipótesis, hace apenas unos años que los científicos concluyeron que su origen no se hallaba en nuestro azulado mundo sino que provenía de la explosión de supernovas, y que acabaron en nuestro planeta tras miles o millones de años vagando por el espacio estelar.

Una anomalía incoherente y original.

Tras escuchar por primera vez a Benjamin Clementine supuse que también existen seres humanos que, como los diamantes negros, parecen surgidos de algún lugar alejado de la gravedad que nos aplasta a diario con voces mediocres y artistas huecos.

Aunque los primeros años de vida de este ¿cantante? ¿compositor? ¿poeta? ¿extraterrestre? no fueron precisamente estelares, su peculiar y enorme calidad artística bien podría haberse engendrado de entre la materia expandida tras el colapso de una gigantesca estrella.

Nacido en Londres, la historia de su infancia y adolescencia podría incluso eclipsar al artista: Es el último de cinco hermanos, fue criado por su abuela hasta que ésta murió y se vio obligado a vivir con sus padres. Tras sufrir incomprensión y desprecio en el colegio, dejó sus estudios y a su familia con 16 años para seguir su propio camino… que poco después le llevó a convertirse en un homeless más de Candem. A los 19 se trasladó a París, donde se ganaba la vida tocando en el metro, en las calles y los bares, componiendo en canciones su lucha por sobrevivir en un planeta que no parecía ser el suyo.

Con 11 años, gracias a un piano que compró uno de sus hermanos, comenzó a fusionarse con este instrumento que le acompaña ahora en todas sus actuaciones y por el que desliza sus largos dedos como una extensión de sí mismo. Su carácter autodidacta y su curiosidad le llevó a sumergirse en la música clásica de Erik Satie, entre otros, y en la exploración de su creatividad. Al parecer, gracias al olfato de un productor que le escuchó en París, pasó del anonimato a editar su primer disco, “At Least For Now”, a principios de este año.

Su voz estremece, la forma de quebrar sus composiciones al recitar sus propios poemas recuerda al incomparable Leo Ferré, y en su estilo al interpretar las letras, abiertamente autobiográficas, recupera al más dramático y expresivo Jacques Brel. A pesar de ser británico, Benjamin Clementine exhala el alma de la música francesa combinada con unas melodías hermosas, a veces conmovedoras, siempre desnudas, envueltas en una visión particular de la música clásica.

Aunque se le ha comparado con otros muchos artistas, como Nina Simone o Antony Hegarty (Antony and the Johnsons), creo que estamos ante la emergencia de una de las mejores voces del panorama musical actual que si destaca por algo es por su singularidad.

Tuve la suerte de descubrirlo a través de uno de sus mejores temas, “Adiós”, en una madrugada de domingo, mientras conducía por la carretera que serpentea hasta la cima del Montgó sintonizando el programa “Peligrosamente juntos” de Pilar Arzak, que Radio 3 emite de 7 a 8. Una hora tan canalla como deslumbrante. Era 23 de agosto de 2015. Creo que “Adiós” es un poema turbulento y esperanzado que condensa su historia. Al escucharla me estremecí… y pensé en el misterio del origen de los diamantes negros.

@Guilletofu

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