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¡Bésame Robin!

Cómo sospechar entonces que los ojos grises de Marc Hercé me empujarían a esta vida
de cubiertos de plástico y barrotes de acero, tanta imperfección de hombres en chándal
y horas muertas. El error no fue lo que ocurrió con Marc, sino haber descuidado su
costumbre de anotarlo todo, haber menospreciado su manía de postrarse en los rincones
para escribirle secretos a Kirk Douglas. Había que ser muy estúpido para separar a Marc
de su cuaderno, para diferenciar entre Marc Hercé y Espartaco; ése fue mi error.

El joven Marc era un chico de la calle pese a sus modales cultivados, su aparente
timidez y su afición a los cómics y las grandes producciones del cine americano. No
era un golfillo, aunque lo parecía. Me gustaba por su delgadez y por sus pantalones
ajustados, por su aire de falsa independencia, porque llegaba tarde a los cafés y por su
manera de chupar azucarillos a escondidas. Pómulos sobresalientes de Marc, todo nariz
y mentón; miraba con ojos de perro abandonado y apuraba colillas húmedas de espuma
mientras se afeitaba una barba de hombre incipiente. Yo lo deseaba en el espejo.

Marc que hablas a media voz y arrastras las erres cuando me pides que te encienda un
cigarrillo, que escribes sobre tus piernas, mon petit journal, y mascas terrones si nos
besamos, si nos gritamos o si hacemos el amor.
No importa cuándo nos conocimos. Puedo pensar que nos presentaron o lo asalté sin
más. Puedo pensar que lo invité al billar o que me pidió fuego. Era el chico menos
inocente de los recreativos. Lo deseé de verdad a través de una ventana de mi cuarto
algunos meses después de haberle reconocido en la oscuridad de la alameda. ¡Ese chico!

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Oí gritos y carreras en la calle. El joven Marc, Robin flacucho de dientes apretados, se
batía a correazos con dos yonquis que querían robar al capitán Toulouse. El capitán era
un borracho bajito y bien vestido que merodeaba por el barrio. Le apodaban Toulouse
porque era francés; se llamaba Pierre. Lo de capitán, lo supe luego, tenía que ver
con su manera de cuadrarse ante los camareros para que le pusieran copas a cuenta.

Marc incorporó con sus brazos de niño experto al viejo Toulouse, lo arropó, le besó la
mejilla y y la cabeza y desapareció con él calle abajo. Lo recuerdo porque me llamó la atención
la agresividad y decisión del muchacho y el modo tierno en que trató a Toulouse.

También porque yo quise ser el capitán aquella noche y porque luego anduve varios
días buscándolo. Mi curiosidad crecía a medida que me adentraba en la otra ciudad, esa
que nace a las sombras de algunos parques y callejuelas, junto al puerto y el malecón,
en la alameda, esa ciudad de noche que convoca a hombres solos en esquinas mal
iluminadas, en lavabos públicos y en bares precisos con timbre en la puerta y ojo de
buey. El ojo que todo lo ve, decía Marc.

Preguntando por Marc supe que aquel borracho era su padre, Pierre Hercé. Y que al chico lo llamaban el Francesito, aunque yo jamás le llamé así.

Marc no era chapero, o al menos no era un chapero al uso. Simplemente no tenía
dinero, quería divertirse y era joven y guapo, si es que con quince años se necesita
serlo. Volví a verlo algunas veces por el barrio. Pasaba horas en el parque o a la puerta
de los billares, leyendo cómics o muy concentrado sobre un cuaderno anillado con un
fotograma de la película Espartaco. Me saludaba de lejos con su mano huesuda, o me
pedía cigarrillos o algunas monedas para un refresco o una partida en las tragaperras.
Apenas nos conocíamos cuando una tarde llamó a mi puerta. Marc al otro lado del
umbral, muy nervioso, gimoteaba y hacia pucheros como un niño. El viejo Toulouse
había desaparecido sin pagar la pensión y él se había quedado en la calle con lo puesto.

Le invité a pasar y a sentarse, le dejé ropa y dinero, le ofrecí mi casa y mi ducha, y
agradecí su desamparo.
Desde el primer beso Marc asentó las bases de una sexualidad rayana en la prostitución.
Se abría de piernas o me ofrecía su espalda con la misma indolencia con que se
procuraba las copas o una cena en los tugurios del puerto los viernes por la noche. Se
dejaba tomar con una urgencia áspera, casi despectiva, lo que derivaba invariablemente
en una voluptuosidad abrupta, rápida y silenciosa. Al principio me excitaba la mirada
gris y mortecina con que Marc Hercé hacía el amor. Ahora sólo recuerdo la aversión
y violencia de los últimos tiempos. Nos hicimos amantes sin saberlo, de venir a casa a
comer o a ducharse, de compartir el sofá, la mesa y las colas de los cines, pero dudo que
nos uniera algo más que su propia necesidad.

Lo dejé colarse en mi casa y en mi vida a cambio del placer inconfesable que me
producía alentar su vocación de huérfano. Había deseo y sexo. Cómo no tratándose de
un chico joven, de un regalo casi para un hombre solo y entrado en años como yo. Pero
ambas emociones apenas mejoraban el gozo que me producía la entrega absoluta de
Marc Hercé. Yo le ofrecía algo más que mi casa, mi comida, y mi cama. Ese tipo de
cosas él hubiera podido conseguirlas fácilmente con un paseo a la noche en el malecón.

Yo le ofrecía la ficción de vivir en familia y tener afecto, y él sabía que eso no se paga
con dinero ni con sexo. Marc me correspondía con devoción y piedad, que eran las
expresiones más próximas al amor de que era capaz.

Al principio me gustaban su acento y su indolencia. Yo trabajaba todo el día y Marc
me esperaba en casa. Se pasaba el día tumbado, fumando cigarrillos, escribiendo en su
diario y leyendo cómics. Somos Batman y Robin, me recibía con un beso. Somos Jules y
Jim y acabaremos en el fondo de un río, le contestaba yo.

'Somos Batman y Robin'

‘Somos Batman y Robin’

En poco tiempo nuestra vida en común degeneró. El servilismo con que Marc pagaba
mi compañía se hizo tan explícito que sus caricias y adulaciones comenzaron a
irritarme. Sin embargo, cuanto más displicente me mostraba yo, mayores eran sus
atenciones. A la determinación de apartarlo de mi vida se sobreponía siempre el temor y
la angustia de perderle. Marc era consciente de mi debilidad y se regocijaba con nuevas
muestras de ternura que acumulaban entre nosotros un poso de rencor. Fue así como
renovamos las cláusulas de una relación viciada hasta aceptar una convivencia corrupta.

Yo le exigía un tributo cada vez mayor por no echarle de mi lado. Y Marc se sometía a
mis caprichos y me pagaba con una sumisión obstinada, que era el modo que tenía de
castigar mis malos tratos. Date la vuelta Marc; me haces daño; date la vuelta y calla;
eres malo; me gustas, Robin.

Si me apetecía algo lo pedía o lo insinuaba y él hacía lo imposible por satisfacerme.
Si tenía hambre, ahí estaba Marc saliendo del horno. Antes de que pudiera tener sed,
Marc volcaba la cubitera, descorchaba un vino o se lamía los dedos larguísimos de
insecto con restos de cerveza helada. Si me apetecía pasear, los brazos de escoba de
Marc Hercé vareaban las perchas del armario para alcanzarme una chaqueta. Si estaba
cansado, Marc me invitaba a reposar los pies sobre su halda de niño esclavo. Él se había
de adelantar siempre a mis deseos; eso también era parte del tributo.
Somos Batman y Robin y acabaremos en el fondo de un río, me besaba.

Cuando las atenciones domésticas de Marc dejaron de interesarme, la maldad desnuda
fue el único sostén de una vida en común en la que no había otra motivación que la de
comprobar hasta qué punto podíamos hacernos daño y permanecer unidos. He visto
al capitán borracho en un portal; no me digas eso; le lancé una moneda al suelo y se
arrastró a por ella; ¡cállate, viejo marica! ¡Date la vuelta, puto!

A veces Marc Hercé sufría la mordida de sus accesos de tristeza. Entonces me vencía.
Parecía enloquecer, Marc. Se hacía un ovillo con sus manos de niño araña y lloraba
hasta empapar los edredones. No comía, no se levantaba, permanecía muy quieto,
abrazado a Espartaco y susurrando frases en francés, como un sumidero que revienta al
otro lado de la cama.

.-Il était mon père; il était mon père; arrosons les fleurs du mal.

Llegué a compadecerme de Marc y de mí mismo. No llores flacucho, no es nada, ya
pasó, sólo un pequeño incendio sin importancia; somos Batman y Robin; somos Jules
y Jim; éste es el tributo que pagamos, que tenemos que pagar, Marc, porque el capitán
te abandonó y yo te dejé entrar en casa, y fuimos felices algunos días ¡Bésame, Robin!

Marc Hercé se entregaba como un autómata. Reclamaba mi calor con la avidez tibia
de sus piernas trémulas como bombillas viejas. Yo lo poseía apretando con fuerza su
vientre de muchacho y él me respondía con laxitud y silencio. Parecíamos querernos
algunos días: comprábamos cómics e íbamos al cine.

Marc halló en los accesos de tristeza y en el suplicio un modo de dominarme o de
extremar la perversidad que nos unía. Se mortificaba para lograr mi compasión y mi
cariño. Todo fue a peor. Si le gritaba o le humillaba, Marc se encerraba en el cuarto
de baño con Kirk Douglas y se hacía pequeños cortes en los brazos y en las piernas
hasta que iba a buscarle, a pedirle perdón. Una vez se escorió mi nombre a fuego bajo
el ombligo y tuve que llamar a un médico porque las heridas se le infectaron y cogió
fiebre. Si le amenazaba con echarle a patadas o con desaparecer, Marc se flagelaba con
un alambre hasta que yo acudía a socorrerlo, a vendarle las heridas. No sigas, Robin.

'Somos Jules y Jim'

‘Somos Jules y Jim’

Los últimos días Marc perdió todo contacto con la realidad en busca de la redención del
tormento. No necesitaba excusas para castigarse. A la vuelta del trabajo siempre había
nuevas cicatrices, nuevas marcas y más y más paños manchados de sangre a los pies
de la cama o en el baño. Llegó un punto en que para salir de casa me veía obligado a
esconder los cuchillos de cocina y las hojas de afeitar. Me veía obligado a encerrarle en
el cuarto, a besarle y a dejarle allí sobre la cama, abrazado a Kirk Douglas. Por favor,
Robin, no te hagas daño. Puse candados en todas las puertas y ventanas de casa, le
llamaba varias veces por teléfono para saber cómo estaba y comencé a buscar excusas
para salir antes del trabajo, para no ir por las tardes, para salvar a Marc Hercé de sí
mismo. Él interpretaba todo aquello como una señal inequívoca de que nos amábamos.

No sé cuánto tiempo estuve fuera aquel día. No sé cómo logró desatarse ni de dónde
sacó aquel cúter. Cuando volví a casa, Marc Hercé se desangraba sobre la cama. ¡Ya
has vuelto, Batman! Me fascinaron la voracidad de sus últimas pupilas, los pómulos
hambrientos de Robin en sus últimos minutos. Apenas le desaté ya era un cadáver. No
valía la pena llamar a un médico. Marc Hercé se derramó entre mis brazos. No sabía
qué hacer, cómo actuar, pero sentí miedo y quise librarme de él. Lo envolví en plásticos
y lo llevé a la bañera. Utilicé un hacha común y un cuchillo de cocina. Nunca me
pareció tan grueso y pesado Marc Hercé como la madrugada que lo metí a trozos en una
maleta vieja y lo despedí en la boca de un contenedor de basura. Volví a casa, lo limpié
todo cuidadosamente y quemé su ropa mientras me bebía una botella de whisky. Pasé
algunos días muy nervioso. Perdí el apetito, no conciliaba el sueño, echaba de menos al
Francesito. A las pocas semanas, cuando empezaba a recuperarme, la policía llamó a mi
puerta. Les acompañaba el viejo Pierre, tambaleándose. Los recibí tranquilo, no sabía
nada de Marc, no lo había visto en meses. ¿Su cadáver descuartizado? Qué terrible
noticia, inspector. ¿Una copita, señor Pierre? Registraron mi casa de arriba abajo y
no hallaron nada de él, ningún rastro que pudiera hacer recordar a Marc Hercé. Salvo
una pila de cómics: Los cuatro fantásticos, La Masa, Capitan América, Batman, y aquel
cuaderno anillado con esa mirada severa, implacable, de Kirk Douglas en la película
Espartaco.

@MarianoGasparet 2013 Prohibido reproducir sin permiso del autor

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