logo image

Él bebe

La memoria se burla del paso de los años y le confunde los horarios cuando bebe, cuando ha dormido poco y todavía pelea con los tragos de la noche en su cuarto, o cuando el tiempo enrarece y muda caprichoso del viento a la quietud, del calor al frío.

La memoria le alza puentes en la rutina cuando pone la mesa en silencio, cuando se limpia los lentes a la mañana, o cuando mira en el parque cómo un niño deja correr la pelota hacia los coches.

Entonces sucede la memoria y la mesa de ahora cambia de salón comedor a una mesa de hace tres años: su mujer deja caer los cubiertos para mostrar su disgusto porque él ha vuelto a beber.

La memoria también transita las habitaciones de la casa de su hermano, donde vive desde entonces. La memoria le asalta pese a las reformas, pese a los cambios de muebles, pese a las capas de pintura y a los juegos y risas de su cuñada Mabel y su sobrino, que ahora tiene la misma edad que su hijo Mario en el parque, cuando jugaba a la pelota mientras él lo miraba desde dentro del Bar Copes, tras la carta de cócteles en caracteres góticos del vitral del Copes.

Ahora la memoria es un túnel en el frasco de colonia con que se asea ante el espejo. Un túnel hondo mientras se enfría a oleadas la nuca, el cuello, las axilas y oye, al otro lado del espejo, en otro tiempo, la queja metálica de los cubiertos sobre la mesa: su mujer lo espera. Él se baña en agua de colonia y se moja los labios antes de salir a comer algo y fingir alguna anécdota sobre el paseo con Mario por el parque. Su mujer no le mira a la cara, no quiere escucharle, coge al nene, lo sienta en sus rodillas y le da el puré diciendo toma cariño sin un resquicio de ternura porque está enfadada, porque el ha vuelto a beber, a mí no me engañas. La cuchara golpea los dientes de su hijo, que llora.

Lo pasamos bien

 

A este lado del espejo llega Mabel con Roque en brazos y le anima a sentarse a la mesa. Él deja el frasco de colonia y olvida a su mujer y a su hijo Mario en un crepitar de cubiertos. Su hermano hojea el periódico y le mira sentado desde lo alto de su caridad, desde allá arriba de una censura antigua, anterior incluso al día que travesó ese mismo dintel que cruza ahora y se hubo de apoyar en Mabel embarazada de Roque para no caer de bruces. Se ha marchado, balbuceaba, lloraba confuso, se ha marchado.

Su hermano le pregunta qué hizo hoy, si había gente en la calle, si hizo bueno. Él se sirve un vaso de agua y teje un simulacro de cordialidad. Estuvo paseando en el parque y paró a un niño que salió disparado detrás de una pelota. En realidad no había ningún niño en el parque, pero hace muchos años que miente, hace muchos años que los recuerdos y las excusas le lancean la realidad hasta sangrar las imprecisiones, por eso miente. Él mismo se confunde a menudo, por eso habla solo cuando está triste, y cuando bebe.

Mabel da de comer a Roque mientras atiende sus ficciones. Da igual si no es cierto lo que nos cuenta, sólo quiere ser amable. Él sonríe y empieza otra frase cuando el noticiario revive los mejores goles de la semana y su hermano ordena silencio con el mando a distancia del televisor; un momento, un momento, pide silencio mientras sube el volumen. Mabel esboza una sonrisa de disculpa y él calla y bebe sin ganas su vaso de agua.

Ahora el agua desaparece y la vaselina del Loco Palermo es otro gol impreciso en el fondo de una copa de ginebra, dos o tres años atrás, en el Copes. Los hombres bromean, gritan, maldicen y celebran el gol apoyados en la barra. Una señora levanta a Mario del suelo, que tropezó en el parque, al otro lado de la puerta de cristal, y él se pide otra copa y la cuenta porque ya es hora de ir a casa; gracias señora, no ha sido nada, Mario. Descubre a su cuñada mirándole, como recorriendo el puente de su memoria, puede que muy cerca ya del Bar Copes, frente al parque, muy próxima a Mario en el suelo y a él dentro de una copa de ginebra con el gol del Loco Palermo entre vaho y brumas y un resquicio de remordimiento porque Mario ha tropezado.

El pequeño Roque derrama sobre la mesa el plato de comida y él recupera el agua de ahora frente a su hermano. Mabel seca el mantel con servilletas de papel y se ruboriza, por descuidar al niño, por usurpar recuerdos, porque todo se ha manchado, ¡Roque, cariño, mira lo que has hecho! Su hermano farfulla recriminaciones y coge al nene en brazos. Él deja sobre la mesa su vaso de agua y se apresura a ayudar a su cuñada a este lado del Copes, del parque y de su hijo Mario, dos años atrás.

Han terminado de comer y Roque adormece sobre el pecho de su cuñada. Él recoge la mesa, retira los platos con restos de comida y se sienta en una silla. Su hermano dormita en el sofá. La silla rígida es su sitio habitual cuando está bien y decide recuperar una normalidad doméstica de pariente agradecido. Pero cuando está mal, cuando ha bebido o esconde una botellita de ginebra, él se excusa con pocas palabras y se retira a su cuarto. Como antes, cuando volvía a casa por la noche y decía estoy cansado y su mujer le miraba con Mario en brazos. Su habitación de ahora es mucho más pequeña, tiene un armario desmontable de tela, una silla para dejar la ropa y un colchón pequeño pero enorme. En el cuarto fuma cigarrillos incontables y lee los libros que le presta su cuñada, que no entrará en la habitación sin antes llamar a la puerta. Su hermano sí abre la puerta para ver si está. Entonces él esconde la botellita furtiva y abre apresurado un libro. Mabel, no. Mabel da unos golpecitos primero y espera su respuesta antes de entrar para ofrecerle una infusión o devolverle la ropa planchada. Él siempre se echa un caramelo a la boca antes de hablar con su cuñada. Mabel a veces mira el papel del mentolado en la mesilla. Él dice adiós o buenas noches y ya no ve salir de la habitación a su cuñada, sino a su mujer llorando, ¡apestas!, hacia la habitación del nene.

Su mujer dormirá otra vez con Mario y él la evitará por la mañana hasta salir de casa. Tal vez al mediodía ella le haya perdonado. O tal vez su mujer se irá a casa de su madre y volverá a la noche, y le hará la cena, y no se enojará si ha tomado un par de copas porque está un poco arrepentida de su huida. Él a veces prefiere que le dure el enfado y desea que la luz esté apagada y que su mujer se haya ido a dormir con Mario. Entonces se acuesta con una botellita de agua llena de vodka o ginebra. Su botella.

Ahora también esconde una botella en el armarito de tela o bajo el colchón. ¡Pero no está su petaca improvisada! ¡No está!

Su hermano abre la puerta y le grita. ¡¿Quieres esto?! ¡¡No tienes remedio!!

Oye cómo Mabel coge a Roque al otro lado de la pieza y huye hacia su cuarto. Su hermano cierra de un portazo y desaparece.

¡Puto borracho!, repite el pasillo.

Mabel y su hermano cuchichean alterados al fondo de la casa.

¡No grites, por favor!

¡Grito lo que me da la gana en mi casa, es un alcohólico!

Roque despierta y rompe a llorar. El llanto de su sobrino es igual que el llanto de Mario en los brazos de su mujer, dos años atrás.

¡Has despertado al nene!

 

Mi amigo Chinavsky piensa en su descendencia

 

Él no duerme y piensa demasiado. Ve a su mujer dormida tras los párpados enrojecidos y agrietados después de acostar al nene, que despertó con el aliento del padre que regresa. Su mujer gimotea y le da la espalda. Él aprovecha para dar unos sorbos silenciosos y tomar un caramelo de mentol y pensar nunca más, lo prometo.

La casa de su hermano está llena de recuerdos en la noche. Lo dice el frigo con su memoria de motor averiado y la cisterna de un vecino, y la luz del rellano que late en la escalera. La noche vierte una tos ahogada y le recuerda que tal vez ha de levantarse a darle las medicinas a Mario, a ponerle el termómetro a su hijo Mario, al que no ve, a apuntar la temperatura en la libreta, y a llevarle a urgencias si vuelve a tener 39,5 como a la tarde, cuando bajó al Copes un momento porque el nene dormía y me había quedado sin tabaco, o fui a la farmacia porque no sabía que había más jarabe en el cajón. ¡No tienes remedio!, has dejado al nene solo. ¿Dónde estabas, joder? ¡Eres su padre!

Roque ha despertado a este lado de su vida y su cuñada se dirige a la cocina a por agua. Él apaga el cigarrillo y oye los pasos de Mabel deteniéndose al otro lado de la puerta. Mabel recorre a tientas el pasillo. Él se levanta de la cama y sale afuera, al pasillo, al cuarto de aseo pequeño, que es el suyo, aunque no tiene ganas, realmente. ¿Tienes insomnio? ¿Te preparo una infusión, vale? Toma un par de valiums. Los ojos de Mabel parecen ojos maltratados por recuerdos y pensamientos que no le pertenecen.

Las primeras luces le alumbran el sueño dulce y despreocupado de los narcóticos. Soñó que su cuñada besaba a su hijo Mario, que era él dos años atrás, cuando aún tenía un trabajo y una casa, y un vicio que esconder. Todo ha ido bien, no se me nota, estoy cansado ¡Eres su padre, joder!.

La memoria le escuece en el esófago, que es como una botella vacía. Enciende un cigarrillo y comprueba, una mañana más, que le falla el pulso, que las manos se le escapan, que la sábana está fría porque ha sudado mucho, porque, sí, tiene unas ganas horribles de dar un trago aunque ésta es el última, lo juro. Pero su hermano le encontró la botella y le sorprendió buceando en el mar de recuerdos del colchón de ahora, borracho, no tienes remedio, toma un par de valiums.

Le duelen las piernas porque los huesos le piden un trago a gritos. Le cuesta levantarse. Oye a su cuñada en la cocina. Roque chapurrea y ríe a la mañana. Va al baño y siente como el aire se le queda a la puerta de los pulmones, que le queman. No va a pedir dinero, piensa. No va a pedir una copa en un bar y decir otra vez que se olvidó en casa la cartera. Tampoco bajará al Copes ni dirá he pasado mala noche, ponme un carajillo, mañana te pago. Solo va a lavarse la cara, sólo va a asearse un poco. El agua fría le alivia un segundo, pero el agua fría no calma su sed ni sus calambres ni su miedo tan crecido. Coge la colonia y se empapa los labios. El sabor le quema la boca, la lengua, el paladar, la nariz, que arde en cada aspiración. Se observa apoyado en el lavabo con la botella de colonia pegada a la boca y recuerda el portazo sordo de aquella mañana, el llanto de su mujer esparcido en la escalera y a su hijo Mario, de la misma edad que ahora tiene el primo Roque.

La colonia le nubla la vista y el recuerdo mientras llaman a la puerta. Abre con los ojos anegados. Su cuñada, a este lado de la memoria, le tiende un billete cabizbaja.

Comentarios cerrados.