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El capitán

Te he encontrado algunas veces, Capitán, y no sé si me ignoras adrede o no me recuerdas.
Pero yo nunca olvido una cara si en esa cara unos rasgos dan luz a mis tribulaciones.
A veces te lavaba la ropa o te daba cigarrillos o unas monedas si acompañabas a mi hermano
en vuestras correrías, en vuestras andanzas, en vuestra nada.

Nunca pensé, Capitán, que tú le sobrevivirías,
que tú olvidarías quizá su nombre y el mío,
porque aun siendo mucha la gente
que pasa por la vida de un hombre,
no hace tanto de aquello, no hace un año,
y me sorprende que me des fuego así,
con educación reposada, con indiferencia,
porque aun siendo verdad que yo sólo te lavaba la ropa,
te daba cuartelillo, pero no a ti, claro, sino a mi hermano
cuando ibais juntos a ninguna parte,
aún siendo verdad que algunas veces nos tendimos la mano
y conversamos de cosas triviales,
yo siempre pensé en el frío de las aceras,
y en la humedad y en la lluvia y
te compadecía, pobre Capitán,
que se gana la vida vendiendo pañuelos,
vendiendo mecheros, vendiendo La Farola,
el periódico de los mendigos decentes,
el Capi conoce las mejores esquinas contra el relente, los mejores cartones;
y yo le decía a mi hermano,
mira el Capitán
tu podrías, tú podrías, yo te alquilo la casa y te ayudo.

También estaba el Chema, el amigo de los gallegos,
aquellos que casi se matan en el coche y tenían un bebé rubio precioso,
uno con barba y pelo largo que de joven fue yonqui,
pero ya no, ya no, ahora sólo fuma porros y pasa las horas en la esquina del Mantecas,
donde sirven litronas a un euro,
y paquetitos de jamón curado envasado al vacío a un euro,
donde fían, donde todos merodeabais a los gallegos
porque abrían las puertas del coche y ponían música:
el Taxista loco paraba a descansar y pegaba unas caladas, unos tragos.
Un día el Chema murió porque tenía hepatitis,
y yo pensé pobre Chema muere porque tiene hepatitis.
Y otro día hospitalizaron al Dani por un lunar,
por un lunar en la espalda hospitalizaron al Dani mientras yo le lavaba la ropa.
El Dani que no se hablaba con su madre,
que no se hablaba con su hermano,
que no se hablaba con nadie y frecuentaba la esquina del Mantecas
y cogió a mi hermano en asilo,
y traía a mi casa una bolsa pestilente y me decía:
“Maca, tu hermano está empantanao, yo le digo que se mueva,
pero está empantanao, Maca”.
Qué podía hacer yo sino darle la razón al Dani,
sino darle la ropa limpia e invitarle a cervezas,
y darle unas monedas y ser agradable
porque compadecía su miseria y porque, principalmente,
quería que asistiera a mi hermano.

Carlos, El capitán

Carlos, El capitán

Un día, el Dani, que era alto y gordo y barbilampiño
y tenía un lunar en la espalda y una familia que no le hablaba,
y una perra pastora que se llamaba Uma, un cruce de pastor alemán y mastina;
un día, digo, aquello que crecía en la espalda de Dani como un hongo o un volcán,
no era un lunar sino un cáncer, y entró en el hospital,
y en la calle, en la esquina del Mantecas,
todo el mundo supo que el Dani había muerto, así, sin más,
como mueren los hombres.
Mi hermano decía: “Eso no es un herpes, Dani, ve a que te miren eso”.
Y luego el Peter pronunciaba su nombre, Dani,
y brindaba al aire con un botellín de cerveza,
y resultaba fácil pensar que esa salva de espuma era una porción del océano,
o una ola gigante, un tsunami,
algo lo suficientemente grande como para honrar la muerte de un hombre joven con carcinoma,
algo lo suficientemente grande como para honrar la muerte de un amigo,
de un hombre aquejado de hepatitis,
o de un hombre helado de frío.

Hoy, Capitán, te he pedido fuego y me has dado fuego
y no has visto en mí a Macanor, el Maca,
el que te lava la ropa y te invita a cervezas y te da cigarrillos si vas con Mariano.
Pero pensándolo bien, Capitán, tú ya nunca volverás a ir con mi hermano,
así que no, no hace falta que me reconozcas, basta con que me des lumbre,
porque los hombres mueren y no son felices.
Ni Césares locos, ni déspotas sanguinarios, ni titanes, ni protagonistas de la Historia. Simplemente mueren y no son felices: algunos de cáncer, otros de hepatitis, otros de frío,
o por accidente de tráfico.
No me dice nada tu vida, Capitán.
Pero me sorprende que vivas porque alteras el orden natural de las cosas, de mis cavilaciones, de mi imaginación.
Me sorprende que vivas y que no me reconozcas, Capitán, aunque tampoco me importa demasiado.
No sirve de nada mi amor por mi hermano para aliviarte del frío, es verdad; ni siquiera lo pretendo: es más, no sé si volvería a lavarte la ropa, a invitarte a un café, o a darte conversación, ahora que ha muerto mi hermano
y tú y yo nos miramos con un cigarrillo y un muerto entre los labios.

Os conocía por vuestros nombres y apodos, Capitán; los gallegos, el Peter, el Dani, el Robaperas, el Matías, el Taxista, el David,
porque asistíais a mi hermano, y le acompañabais,
y bebíais juntos. Os tenía aprecio.
Y si he de decir la verdad
no era sólo un aprecio proporcional al calor que pudierais procurar al hermano del Maca,
aunque el calor de mi hermano fuera nuestro único nexo:
el amor no es siempre una ecuación.
Y no digo con esto, Capi, que ahora no esté dispuesto a lavarte la ropa o a comprarte un bocadillo si tú me lo pides.
Es sólo la sorpresa de verte,
Capitán de los bancos que jalonan la Gran vía, la Vía Augusta,
Capitán de los bancos que emergen como raíces de las plataneras centenarias,
Capitán que sirves de testigo a los coches,
a los semáforos donde te buscas la vida ofreciendo la utilidad de tu mercadería, tus pañuelos, los mecheros, La Farola.
Pero está la sorpresa de mirarte a los ojos
y que me des lumbre, y nos miremos, y no digas Macanor, Maca,
tu hermano se fue.

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