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El doctor Guido

Por M. Gasparet

El doctor Guido

(luego apareció el doctor Guido,
me estrechó la mano y se sentó y
encendió un cigarrillo y comenzó
a interrogarme, a susurrar,
a veces no movía los labios,
pero continuaba preguntando;
era como si pudiera hablar
sin palabras, en silencio, con su
mente, o a través de las volutas
de humo, o a través de sus ojos;
era como si me hipnotizara)

“¿Y tú a qué destino obedeces,
sujeto a qué carácter, detrás
de qué padres te excusas o gritas,
qué tipo de familia trazó
el mapa de tu seguridad
o dio pábulo y lluvia a la
honda frondosidad de tu selva,
para hacer bien visibles los lindes
imprecisos de tu territorio,
visibles tus flancos vulnerables
ante el resto de la especie,
reconocible tu debilidad,
tu imborrable sudoración?
¿La agria calidez de la leche
que sirvió de sustento a tu estirpe,
que alimentó tus sueños más tarde,
tus veleidades, tu vanidad,
marca la densidad de tu sombra y
deja a tu paso un rastro indeleble
de animal moribundo, o estimula el
simulacro de la perpetuidad;
la ebriedad de la reproducción?

Amsterdam

¿De qué disimulos te sirves, con
qué engaños te arrullas y duermes, con
qué muletas arrostras tu imagen,
con qué espejos suavizas el mundo,
por qué luces sorprendido a veces,
movido por qué autocompasión,
qué oscuros pozos dan voz a tus
pupilas, qué negro aceite te colma?
¿Huyes de tu propio demonio o
aprendiste ya a vivir con tu sombra,
con tu insomnio y tus simulaciones?

¿Qué rencores, qué remordimientos
exhibes; repasas tu frustración,
azuzas la perrada del miedo
sobre la altura de tu vaho,
sobre la verticalidad de tu
huella, o contra los pies de quienes
te rodean, de quienes te aman?
¿Encontraste ya una conspiración
a tu medida, algún vicio, un tic,
la horma de tu necesidad,
un pretexto para tu necedad?”

(Hablemos de hábitos y costumbres,
hablemos de tu naturaleza
también, continuó el doctor Guido)

“¿Bebes, te drogas, te automedicas,
te atiborras a café, engañas a tu
mujer, eres homosexual, eres
pedófilo, eres jugador, eres
voyeur, eres un moralista ágil,
vas a la Iglesia, estás pagando
la salvación a plazos, el cielo en
cómodas letras dominicales,
o prefieres al incienso y las
velas el olor de los burdeles?
¿Te gusta follar con prostitutas,
te gustan las rameras jóvenes,
te gustan las niñas, cómo fuman
las adolescentes, cómo encienden
sus cigarrillos, con qué cuidado
aspiran el humo, enloqueces con
sus faldas plisadas, sus camisas
blancas, sus tobillos finísimos
sus finas calcetas arrugadas?
¿Merodeas en los liceos o
frecuentas las circunvalaciones?”

(El doctor Guido no me dejaba
contestar, me está probando pensé)

(Hablemos de tus capacidades
y de tus armas para vivir en
paz o simplemente en armisticio)

“¿Dudas o desprecias cuánto ignoras,
lo que no te interesa no vale,
eres pragmático, llamas a las
cosas por su nombre, por tu nombre,
te desentiendes con facilidad
de tus amantes y tus amigos
o tienes la vocación de un asno;
prefieres los perros o los gatos,
brindas y dices los amigos son
como la familia, son hermanos,
son lo único que eliges de verdad,
muchas veces, hermano, otra copa?
¿Cuentas borreguitos en la cama,
cuentas las mujeres con las que te
has acostado, ciento diez, ciento
sesenta y tres, haces crucigramas?

Estas preguntas no son sencillas,
no admiten respuestas binarias,
todo depende de tus porciones,
de la conciencia de tus porciones.

Escaleras interior

No te preocupes, nada humano
nos es ajeno, has venido al
lugar adecuado para cambiar
tu percepción de las cosas, para
aprender a amar tus miserias,
para cultivarlas incluso, sin
temor, para darle una buena
patada en el culo al barquero y sus
verdades. Rearemos tu historia,
aplicaremos los cambios que te
plazcan, limpiaremos tu memoria
y limpiaremos también de la faz
de la tierra a tus enemigos;
a tus amigos también: a todos.
Ya sabes, lo que sé de moral
lo aprendí del fútbol: decide tú
si te basta con participar o
si eres de los que quieren ganar
a toda costa. La verdadera
victoria no refulge como el oro,
como la plata, como el bronce;
el único triunfo perdurable
es el que procura la unicidad
como medida y como pálpito.
El sentimiento de totalidad
es una dulce levitación
sobre la avidez de la carne:
todo deseo es resistencia
insensata a la putrefacción.
El hombre, un ser para la muerte,
pone coto a su carroña con
esposas devotas y amantes
púberes, con colonias y afeites,
con gimnasios y coches y coñacs.
Pero lo cierto es que todo es uno
y lo mismo: polvo en suspensión
y carne vestida de Armani.
La unicidad como medida
te ofrecerá otra perspectiva.
Serás más feliz o más cínico,
el orden no altera el producto: el
hombre es una ameba para el hombre

Pero volvamos a la victoria:
depende de tu cuenta corriente,
de tu capacidad para hacer
pasar por virtudes tus vicios,
de tu capacidad para imponer
tu bondad, aunque sea a tiros;
crece en la humillación de tus
rivales, en sus comisuras, en
su manera de felicitarte o
de callar, en el imperceptible
temblor de sus labios, como hojas
trémulas, sobre el motor de la
sierra, o sobre los golpes del hacha.

No hace falta que respondas aún.
Primero has de contarnos algunas
cosas, no hace falta que entres en
detalles, somos profesionales
y no nos interesan los chismes;
la privacidad es sagrada, y nos
hacemos cargo de que hay asuntos
que es preferible pasar por alto.

Trabajamos con una terapia
combinada. Están las sesiones,
psicoanálisis, sueños, aguas
termales, algo de régimen y
de deporte, todo eso. Luego
está la medicación, nosotros
usamos nuestras propias pastillas,
drogas personalizadas, es muy
importante que sigas la pauta.
Luego hacemos terapia de grupo,
meditación, yoga, imposición
de manos. Digamos que te abrimos
los canales y te reajustamos
los chacras para que tus flujos de
energía funcionen. Esto es
muy serio, es científico, nada que
ver con los comedores de tofu.
Finalmente están los electroshocks,
y las microtrepanaciones, la
palabra lobotomía tiene
connotaciones peyorativas,
simplemente se trata de hacer
punciones minúsculas con láser
para estimular y potenciar
las áreas del cerebro que nos
interesen, o para bloquear
o modular el sistema neural
en determinadas zonas. Suena
un poco fuerte, pero funciona y
no deja ningún tipo de marca,
ni acelera la alopecia,
ni crecen las orejas, ni engorda.
Ajustaremos tu córtex frontal
con tu sistema límbico: a veces
la amígdala es como el camión
de la basura: ¡ay las emociones!

Resultados probados en un mes.
Una vida nueva en tres meses.
Un pasado distinto en un año.
¿A quién le interesa el alma? “

(Instituto de Acción Directa,
Feuerbachplaz, Amsterdam,161072,
Profesor A. Guido)

Tu madre

No tuve madre, nos abandonó,
no me acuerdo de ella, no pienso
en ella, dicen que era hermosa
como el mar, misteriosa como el mar.
A mí me gustaba pensar que un
buen día nos arrojó a la playa
de la vida a mis hermanos y a mí y
luego se fue sin más, volvió donde
nacen las olas, quizá. Mi padre
jamás hablaba de ella. Sólo una
vez nuestra abuela nos enseñó una
foto, nos hizo besar una foto
antes de morir; que me entierren con
ella, dijo, y falleció a las pocas
horas, así que cómo podría
hablar de mi madre sirena o
de mi madre retrato uncida a las
manos retorcidas de mi abuela,
rígidas como garras atadas
por las cuentas de oro de un rosario,
mi madre que era bella como el mar,
dada a la tierra y la putrefacción
de la carne: no pudo escapar
a la corrupción de la muerte aquel
retrato tan bello de mi madre.

Tu hermano Julián

Recuerdo sus rodillas vencidas,
sus hombros, sus brazos doblegados,
por la sospecha de pensamientos
luctuosos sobre el futuro,
por el peso de la anticipación,
la culpa de la clarividencia,
esa infausta, terrible cualidad
de adivinar, de saber cosas
que luego suceden sin remedio.

El accidente de Tobías fue
una premonición de Julián.
Lo devoraba la fiebre y dijo:

“¿Qué te pasa en la pierna, a ver,
date la vuelta, que ha pasado?”

Tobías obedeció. Luego fue
el accidente. Se columpiaba
entre dos muros y una pared
le cayó encima, eso es todo.
Ninguno volvimos a hablar de
aquella pregunta sin sentido
de Julián porque si es terrible el
azar aún es peor el destino.

Ahora aquel azar, el muro sobre
la pierna de Tobías, la amputación,
los meses posteriores de hospital,
conforman el destino y nada hay
extraño en su cojera, o en ver
su pierna de plástico apoyada
sobre la pared del cuarto, junto a
las perchas donde papá colgaba
su sombrero y su chaqueta como
una prolongación de sí mismo,
de su ubicuidad, de su poder;
donde papá colgaba –digo- el
enorme, implacable cinturón,
que le sirvió para enseñarnos
modales a Tobías, a Julián,
a mí, y a la dulce Uma -primero-;
que le sirvió de pasaporte al
otro lado -después-; nadie en su
juicio debería menospreciar
la inobjetable versatilidad
de una buena correa de cuero,
su legado de chasquidos, zas, zas,
la banda sonora del domador,
tampoco el aullido de una perra;
aquel hombre pensaba que mamá
había vuelto… pero era Uma.

Tobías se orinaba en la cama,
a veces por no pedir ayuda
para levantarse, por vagancia,
por orgullo, o por necesidad,
si ninguno hacíamos nada
por darle la bacinilla cuando
nos chistaba en medio de la noche.
Nos hacíamos los dormidos y
Tobías susurraba el nombre de
Julián o el mío: ¡Macanor,
Despierta!, ¡Macanor, Julián! ¡Me estoy
meando a chorro, hermanos, me orino!
Nuestro hermano nos susurraba
con determinación, con sigilo,
para no despertar a papá,
para que no golpeara a Uma.
Julián y yo nos hacíamos
los dormidos y el pobre Tobías
callaba y mojaba las sábanas.
Eran bromas de pequeños: siempre
nos hemos querido muchísimo.

Pero este tipo de recuerdos
te alcanzan luego por sorpresa.
El sentimiento de culpa es el
precio de la clarividencia, me dijo
una vez Julián. Y sentí más
pena por él que por Tobías y sus
sueños mojados. Saber el futuro es
una condena o una bendición del
diablo: la culpa mece tus sueños.
Yo lo supe más tarde y por eso
compadezco más a Julián que
a Tobías o que al desgraciado
de mi padre, aquel hombre solo
que un día decidió despedirse
con un golpe de tacón en una
silla, prendido de la lámpara
su sombra pendular era enorme,
como la de un buitre leonado,
como un fardo de patatas era
mi padre, como un adiós os quiero
trazaron en el suelo sus botas.

Él también se meó encima aquella
mañana y nunca más, desde aquel
día, volvimos a escatimarle
la bacina a Tobías por las noches.

Fue Tobías el más valiente de los
tres. Hizo de su pierna una percha
y golpeó la hebilla de papa
hasta que el hombre cayó al suelo
como un saco de paja mojada.

Tu hermano Tobías
Tobías era agresivo como
suelen los cojos. Renqueaba y
maldecía y tenía los brazos
enormes y las espaldas enormes
como un condenado a galeras.

Tenía las muñecas abiertas y
escupía con la precisión de un
arquero, de un francotirador.
Le dolía el muñón, le dolían las
muñecas y lucía con orgullo
la correa de nuestro padre.
A veces nos sacudía, a veces
restañaba la correa como un
rayo, a veces la utilizaba
para practicarse torniquetes y
pincharse morfina o demerol,
si el dolor era muy fuerte, o sólo
por darse el gusto de olvidar.
Tobías se hizo novio de Isabel.
No sabemos cómo una mujer
limpia y joven y hermosa pudo
entregar su corazón a un cojo.
Pero llegó Isabel y un manto
de paz y de amor convirtió nuestra
selva en un jardín, en un oasis,
así de bella era la mujer
de mi hermano Tobías: blanca y
hermosa como una ola en la noche,
como una prolongación de mamá.

Isabel

De Isabel recuerdo: la longitud
de sus piernas perfectas, la paz de
su voz en una casa asolada
por la penumbra y el silencio,
su silueta las tardes de abril
detrás de las sábanas tendidas.

Isabel nos hacía crepes, nos
hacía guisos y nos zurcía
la ropa: desde que la conoció,
Tobías no volvió a escupir,
no volvió a quitarse la pierna de
plástico para ajustar sus deudas
con nosotros, con el mundo o con
papá, si había bebido mucho.

De Isabel recuerdo: su paciencia,
su ternura, su amor por Tobías
y su prudencia si alguno de
los tres volvía drogado a casa.

También recuerdo que tenía
el pecho pequeño y firme como
la cabeza de un polluelo hambriento,
o como un pan de leche, qué sé yo,
era la mujer de mi hermano.

Tu padre

Mi padre hizo lo que pudo, me
imagino que fue duro para él
perder a Mamá, la amiga de los
marineros, la desesperada;
cuidar de los tres y cargar con mi
abuela: no era un mal hombre, yo
lo vi llorar tantas veces, cuando
Tobías perdió la pierna, cuando
atracaban los buques y el puerto
era un jolgorio de tiovivos,
tómbolas y tabernas llenas de
putas y hombres jóvenes de paso.
No me gusta que le pegara a la
perra, que atizara a Tobías
con la correa si mojaba la
cama, pero entiendo que Tobías
obtuvo su recompensa el día
que su prótesis fue decisiva
para descolgar de la lámpara
el cuerpo oscilante de papá.
Prefiero no seguir hablando de él,
a mí me gusta imaginármelo
oscilando como el amuleto
de un zahorí sobre una mina
de oro, o un gran pozo de agua.

Macanor

Yo no quiero ser más Macanor.
No quiero pensar que mi nombre
da un sentido a mi pasado, a las
cosas que me gustaría no haber
vivido, a la gente que se fue,
a mi maldad, tan mal destilada
pese al paso de los años, pese a
mis hermanos, pese a Isabel,
pese a que papá se marchó y
pese a que Tobías es feliz y
a que Julián también parece si
no feliz acostumbrado a que
el tiempo es sólo eso, un rumor,
un vaho, un sueño, unas libras de
carne suspendida donde una vez
hubo un gran baile o un grito.
Yo quiero ser otro, un hombre que
destila y conserva sólo la
respiración del mundo, un hombre
en armonía, un hombre en paz,
yo quiero volver a los momentos
bonitos y construir con ellos
mi morada, no quiero ser Maca
el memorioso, ni Macanor el
deshollinador, ni mucho menos
Maca el enfermo, el débil, el loco.
¿Verdad que me entiende, doctor Guido?

Instituto de Acción directa

Macanor, túmbese y descanse.
Yo le proporcionaré lo que me
pide: otra vida en sus zapatos.

(Macanor María Sepúlveda,
varón, 40 años, 69 kilos,
ingreso voluntario en régimen
completo, tratamiento completo,
da su consentimiento. Seis meses
prorrogables a un año. Firme aquí,

Macanor, túmbese y descanse.

Mamá es dulce como un ángel,
canta mientras padre mueve el leño
en el fuego y abre una botella
de vino de Burdeos. La abuela
duerme en su butaca, junto a la
ventana, con las agujas y los
los ovillos sobre el halda. Yo
leo a San Agustín de Hipona,
Las confesiones, y mi padre me
sirve una copa rebosante.
Tobías e Isabel fueron a
hacer footing en el parque de los
chopos mientras Julián pasea a
Uma más allá de los almendros.
Mi nombre es Macanor y esta
noche cenaremos en familia.

Feuerbachplaz, Amsterdam,161072.

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