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El insomnio es un don, es gratitud

El insomnio es una bendición, es un don, es la flor de un esqueje condenado a la sed y la infertilidad que se hace enorme y una luz irradia que continúa más allá del arbitrio de sus matas.
Muy por debajo empuja el sol tus suelas e imprime a tus huellas el peso de la insignificancia, dos centímetros si hay barro, la nitidez de un holograma en un piso fregado, o la nada perceptible en una sombra combada. Y esa luz que circunda tu nudez, tu poquedad, los ángulos de tu misericordia, la escala que confiere al sufrimiento un tono mate, cotidiano, como el tálamo de una levedad sin sobresaltos.

Los charcos, cuando son espejos triturados bajo el caucho de una rueda, te rebañan los tacones y motean las perneras. Y la sorpresa, esa luz, te hace levitar y te convierte en santo, aunque hayas pisado todas las mierdas del mundo.
El insomnio es una multiplicación de la vida que confiere a la vigilia su exacta dimensión, tan diminuta.

Primero es una molestia, cuando al descanso hay que llamarlo a voces o implorarle píldora a píldora, trago a trago. Luego es una complicación porque ni los gorriones, ni la EMT, ni los despertadores contiguos, ni los cláxones, ni los gritos de los niños camino del colegio comprenden el milagro del silencio cuando se le necesita.

Finalmente es una condena a la estupefacción del sol y su muestrario; la soberbia sorda de las piedras, de las rocas, de la vejez que te acompaña en cada minuto, en cada segundo: “Recuerda, amor, marcesibles son tus labios, tus afectos, tu familia”.

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Pero detrás de cada insomnio, detrás de cada ejecución, hay un acto y un sujeto, quizá varios, que permanecen como las hojas perennes, como los recuerdos (sólo) perennes, como la levedad.

Entonces, y habrán de pasar algunos años, el insomnio se convierte en una bendición que multiplica tus días, que te brinda el don de una ebriedad aparecida, que te concede otra vida por las noches.

Amo mis sueños, amo mis pesadillas por encima de todas las cosas, amo esa puerta en la madrugada. Buñuel quisiera resucitar para pasar 72 horas soñando y minutando el aleteo. Yo quisiera soñar para poder encontrarte de nuevo. Soluciono problemas cotidianos, discuto, paseo, puedo preguntarle a algunos muertos, adivino el futuro.

El insomnio es una bendición, es un arma cargada de misterio porque conduce a una conciencia autómata, limpia de dicterios.

El mejor hombre del mundo adivinó algunas cosas importantes en la vida de sus otros, su familia, con los sueños. Por ejemplo, algunas idas, algunos vicios, algunas necesidades. Fue discreto, y aunque ello le procuró la certeza del sufrimiento y la enajenación, todo transcurrió tal como fueron sus sueños.

Tu padre muere, y se cumple tu sueño. Tu madre muere, y tu sueño se cumple. Tu hermano muerde los limones y eriza los brazos, y se cumple. Es malo, en cualquier caso, caer en la superstición, porque a veces yerras. Y, más aún, porque si aciertas nadie querrá compartir nada contigo. Pero es grato conciliarse con el insomnio y la multiplicación geométrica de una vida limitada al dictado de la carne, los pulmones, el corazón, este sudario.

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Ahora, ver más allá de las palabras no te hace sabio ni te libra de las incoherencias. Cómo advertir la gravedad con anticipo aun no atreviéndote, “Yo veo, yo amo”. O cómo anticipar una traición, “¿Cómo pudiste?”. Pero uno se perdona porque tampoco hay margen. El mejor hombre del mundo no avisó a sus padres de que iban a morirse. Tampoco advirtió que había que tener más cuidado con el polvo. Son incongruencias que no hay que pasar por alto, aunque el destino, y ahí toda anticipación es un absurdo, sea inflexible en sus revelaciones.

Los muertos se recuperan con el tiempo, físicamente. Son más jóvenes, más fuertes, más brillantes que en la hora de su muerte. Y en esto hay quizá un capricho de la conciencia que la estadística convierte en ciencia. Lo saben todos los que sueñan. Un muerto mejora con los años. Anteayer llegaron algunos frecuentes, elegantes, concisos, misteriosos. Unos tíos carnales querían matarse y hubo que separarlos: la violencia es asquerosa. Luego apareció un amigo muy recuperado. “¡Qué bien estás!”. Él sonrió, fumaba, se arremangó y mostró dos carrerones azules desde el bíceps a la muñeca, violeta como la flor de Lis al atardecer es tu piel erizada, violeta como los picos de los Alpes en verano, como las crestas de las olas si anochece, como “el Mediterráneo vinoso” son sus brazos, como algunas tormentas. Las venas excitadas son tan bellas como una cordillera.

Es difícil después no andar apesadumbrado, pensando en la libertad del hombre, quitándole hierro a todo aquello, cada cuál con su muerte hace lo que guste, claro.

Entonces vino otro. Alto y fuerte como un torre. Cauteloso como un sabio. “En este lado no te creas, es muy complejo, muy difícil, nada grato. No tan cómodo como pensáis allí entre los vivos de ese rato”, dijo, y sugirió silencio. Le acompañaba un hombre muy atractivo, cuadrado, castaño, resuelto hasta la insolencia: era la muerte, la misma muerte, la que elige y decide cuándo vas al otro lado. Y le dijo: “Contigo todavía no había hablado” –sonreía el hijoputa- “Quizás seas el próximo”.

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