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El Little

El Little era delgado, guapo, fibroso, caradeniño, Little; tus John Smith patearon todos los bancos del barrio, todos los culos del barrio, Little; sonreías y perdonaban tus ofensas, aunque tú nunca perdonaste a quienes te ofendían; esa era tu don, ese talento para quedarte con la peña y con las cosas de la peña, para sobrevivir con creces, para convertir la adversidad en un jardín, aunque esta sabiduría innata apenas sirvió para darle brillo a tu nombre cuando aún eras el Little, gorra de béisbol y pantalones ajustados, y no una piltrafa encorvada.

 El Little era el tío más consentido del barrio. Todos bromeaban diciendo que el Little nació en la plaza, o que vivía en la plaza, o que guardaba la plaza, porque ir al colegio nunca formó parte de los planes del Little.  Todos los mayores le conocían y arropaban. Todos le habían ayudado en alguna ocasión, le habían dejado dinero, le habían fiado. Y a todos, sin excepción, había defraudado, aunque todos perdonaban o aceptaban las mentiras del Little, que tenía el instinto y la gracia de convertir una y otra vez su perdón, su rehabilitación pública, en una prueba definitiva sobre la camaradería en el barrio. Tensionaba el Little las ligazones de la vida en sociedad, y lograba invariablemente el Little que sus deudores declinaran la balanza con que habían de juzgar sus pirulas a favor de una convivencia y una familiaridad socavada en origen por un sentimiento compartido de incertidumbre. ¿No desaparecía acaso la gente sin decir adiós, con los pies por delante, o a empellones e insultos, con las manos esposadas a la espalda, ve con ojo, chico, o te darán en la cabeza al meterte en el coche patrulla?

Sólo al Little no parecía importarle demasiado la inconsistencia original de los afectos y amistades en el barrio porque primero era él. Y nadie mejor que el Little convertía esta íntima sensación de provisionalidad, esa inseguridad, la comunal soledad, en un activo para mejorar sus intereses y para hacerse perdonar cuando traicionaba la confianza de algún colega.

Si necesitaba una moto o un coche, si necesitaba un lugar donde dormir o comer porque había discutido con los viejos, si se trataba de pillar o de vender, a la hora del botín, de colocar algún radiocasete o algo de oro, si había que jugarse la jeta con alguien de fuera, alguna banda, o incluso si llegaba la bofia dando hostias y alguien tenía que dar la cara y hacer de turco, el Little siempre se iba de rositas, cuando salía beneficiado, si es que se podía llamar beneficio a aquella feliz miseria compartida.

Claro que recibió pequeñas represalias el Little por su constante descaro y desafío al respeto elemental. Claro que alguna vez lo condenaron al vacío o se llevó algún guantazo. Pero siempre fue agraciado el Little con un indulto de porros y litronas, y entonces bailaba o hacía el robot a modo de compensación colectiva mientras todos reían la agilidad del Little. Bien poco era el precio con que resarcía su egoísmo, salía rentable al Little su primordial falta de escrúpulos.

Dos hechos singulares explicaban la gracia del Little. Primero, ser el más pequeño de una generación perdida de chicos de la calle; quizá la primera generación condenada a defraudar las expectativas heredadas por la primera clase media-baja de la Transición. Y segundo, su irresistible e hipnótica habilidad con los nunchacos.

Y dos acontecimientos dominan la pequeña historia del Little: el  primer concurso de gogós de la discoteca más emblemática de la ‘ruta del bacalao’ en Valencia, y la desaparición de 200 gramos de coca de la casa de El Vidriero, aunque puede que la cifra esté hinchada porque tampoco es fácil que nadie le fiara tanto a El Vidriero.

En el barrio, pese a los muertos y desaparecidos, aún hay muchos que recuerdan al Little, que tantos años después de su época dorada, sigue haciéndose perdonar las faltas de entonces. Jo, el Little, qué  hijo de puta era, me dejó a deber tal o cual cosa, y Jo, el Little, cómo manejaba los nunchacos, constituyen dos frases repetidas en su memoria, su singular epifanía veinte años después de su época dorada

A primeros de los 90 el Little escogió su lugar en el barrio. Hasta entonces había sido el pequeño de los nunchacos, el hijo de los porteros, el más malo de la clase. Frecuentaba a los chicos del colegio, salía con ellos, escuchaba música punk, era rockero, era mod, era uno de la banda que, además, entraba y salía en el círculo de los mayores, en el banco que los mayores ocupaban en la plaza, con una presteza beneficiosa para todos: conocía a los camellos, le fiaban, les cambiaba las joyitas de las madres o algún reloj por un poco de droga, pon un poco más, no seas rata, que luego cortaba y revendía a los chicos de su edad. El Little proveía de hachís y speed a toda la banda.

El speed y las anfetas pegaban con fuerza porque eran baratas y comunales, porque procuraban el rito de la fraternidad y cierto halo de trasngresión, aunque el Little, claro, fue más allá y empezó a chutarse aquella mierda. Lo cierto es que nadie se pinchaba speed, a nadie se le ocurría una estupidez así aparte de al Little, que imitaba a los yonquis del barrio con un dominio sobre la aguja y sobre sus brazos sólo comparable a su habilidad con los nunchacos.

El gusto por la aguja apartó al Little de la mayoría de los chicos de su edad, de sus amigos del colegio, y lo entregó definitivamente a los mayores, que bebían litronas y trapicheaban mientras celebraban los giros mortales del Little, o reían a carcajadas sus excepcionales golpes fallidos.

Un viernes, el Little redondeó su leyenda gracias a un concurso de gogós en el que participó como espontáneo. Los participantes rivalizaban en vueltas precisas y ensayadas sobre seis grandes cilindros de metal levantados para lo ocasión por un casa de refrescos: rifaban unas  jarras de agua de Valencia. El Little, abajo, en la pista, sacó sus nunchacos y comenzó a bailar como un loco. Los giraba sobre su espalda, los hacía dar vueltas sobre su cuello y sus piernas y los lanzaba al aire para recogerlos después en cuclillas. La gente hizo un corro en torno al Little, que jaleado por los colegas, se quitó la camiseta y subió a los bafles. Cuatro seguratas fueron a por él, y el Little bailaba y saltaba de un bafle a otro para impedir que lo zafaran. Parecía el mismísimo Bruce Lee en pleno éxtasis, guiñaba los ojos el Little y saludaba rozándose la punta de la nariz con el pulgar. La gente enloqueció y el dueño del local pidió a los porteros que le dejaran hacer. El DJ superponía unas pistas sobre otras sin que El Little  perdiera ni una sola vez el ritmo. Más bien al contrario, aquella comunión tribal entre un chico de barrio, descamisado, apenas tocado por una gorra de bésibol, con el rictus acerado de la droga, y una masa de gente enloquecida, se convirtió en uno de los carteles promocionales de la ruta. Ganó el concurso por aclamación. Le hicieron fotos al Little con las gogós, abrazando y metiendo mano a las gogós, le invitaron a copas, le regalaron unas pirulas, le pidieron que volviera. Fue la mejor noche de su vida, la noche en que el Little triunfó sobre los bafles haciendo lo que mejor se le daba: imponerse a todos y huir de todos con una elegancia tocada de pobreza y artes marciales.

El resto de la historia es previsible y apenas serviría para ensuciar la imagen del Little. La droga, la heroína, algunas detenciones, alguna paliza. Una tarde el Little aprovechó que El Vidriero estaba en el baño para salir corriendo con 200 gramos de coca. Estaba tan nervioso que se dejó los nunchacos en el hueco del sofá donde minutos antes habían estado fumando base con un botijo. No hubo represalias, no hubo un ajuste de cuentas, no hubo nada sórdido en el final de la historia del Little. Sólo mala suerte. Al salir a la calle un coche patrulla vio corriendo a un chico con pinta de yonqui y lo detuvo en el mismo momento en que el vidriero salía de su casa, con el corazón desbocado y aquellos nunchacos legendarios, dispuesto a aporrear la cabeza de su amigo por hijo de puta.

El Vidriero vio cómo lo cacheaban, cómo le encontraban la bolsa, cómo lo esposaban y lo metían en el coche. El Little sonrió al Vidriero en el momento exacto de bajar la cabeza con rapidez para evitar que el madero que lo introdujo en el zeta le golpeara con la puerta. Tenía antecedentes y le cayeron seis años, demasiado tiempo encerrado cualquiera. Hace poco un amigo del barrio me dijo que lo había visto por la calle, pero que no quiso saludarle porque estaba tan mal, tan delgado, tan encorvado, que nadie hubiera reconocido en aquel hombre derruido a caradeniño.

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