logo image

El pez libro

(A Lydia del Canto)

 

Nunca hubieran imaginado los marlines,

las cornudas gigantes, las barracudas, las

rayas y mantas, los fletones, predadores

pelágicos acosados tanto más por la

belleza axial de sus cabezas, sus aletas,

que por el precio de su carne en el mercado,

de la sorpresa negra de sus ojos al

conocer la luz del sol y el hedor de las

cubiertas, donde obedece la muerte

por asfixia o ensartados al grito alegre

de los hombres que se entregan a la orgía

de la sangre.

También en los ríos o en los lagos, donde el

pez tigre lucha su destino con los bagres,

cuántos destazados y entregados a la

minuciosidad de los taxidermistas en

su empeño ciego contra la putrefacción,

contra el único sentido de la vida.

Nerelorco

 

Hemos visto peces de 1.200 libras

y hasta 14 pies de largo domeñados

y sojuzgados por la zafiedad. Los hemos

visto ascender de la oscuridad abisal

para acabar convertidos en objetos

decorativos en las tiendas de turistas.

Espadas, aletas, dentones voraces

de la nada suspendidos como trémulos

reclamos de cantinas portuarias, donde

los pescadores celebran con el vino y la

cazalla de la casa hasta caer rendidos

la pesca del día, su sino de náufragos.

De la gélida abisal inmensa noche al

grito azul del cielo sobre el lomo verde

de las aguas, donde una gota de sangre

se huele a una milla de distancia, bogan

aguzados por la punzada del hambre, en

el océano, la mar, a contracorriente,

río arriba, para vivir y desovar,

según los preceptos de la especie, de la

perpetuación, en los estuarios y en las

bahías del Mediterráneo, o en las

cálidas aguas de los Mares del Sur,

donde encienden el día los corales.

Ludmila

Hemos hallado la oquedad de sus cráneos,

sus mandíbulas serradas y perfectas, su

último grito perlado con barnices, en

las mesas de dentistas amantes del éter,

en los escritorios de almirantes beodos,

y en los despachos impolutos de la curia.

Cabezas de escualos, pirañas disecadas,

como pisapapeles, como ceniceros,

como souvenirs para veraneantes en

chanclas, enrojecidos por el ciego sol de

la ignorancia. Tintoreras, marrajos, congrios,

sin vida perennes, en estantes repletos

de barquitos de concha o fletados en el

interior de una botella: “Recuerdo de …”

 

Tan sólo el pez libro se salvó del escarnio

y la extinción porque aprendió a nadar sólo,

a vivir sólo, a cazar, a recordar y

reproducirse pero huir, huir, huir.

A no fiarse siquiera del canto sutil

de las sirenas, de las amables corrientes,

mucho menos del gorgoteo de la espuma

en la superficie agitada por bestias

pestilentes hundidas hasta las corvas en

cubas de carne muerta en salazón: argucias

de exterminadores patanes, de enemigos.

 

El pez libro es consciente de su miedo, es

consciente de sus limitaciones, sabe que

la muerte aguarda y esparce su simiente,

sabe que vivir es una contingencia, es

un azar bello y triste como la danza de

la posidonia, como el esqueleto de los

pecios, como la paz de los náufragos que

se rinden a las profundidades de la mar.

 

El pez libro compadece y desprecia y odia a

quienes por no conocer el dolor se creen inmunes.

Y dan consejos. Y creen que su prepotencia

es una virtud. Y sin conocer apenas cuan

grande es el océano, juzgan la dimensión

de tus carencias, de tus dudas, de tu amor

y se dejan atrapar por hombres armados

de arpones y redes, marineros borrachos

de sangre.

El pez libro es distinto a todos ellos,

aprendió que la soledad es un milagro,

es gratitud.

 

Vive en aguas frías pero no teme, ya no

teme, acercarse a la orilla o ascender

los ríos y adentrarse en lagos y pantanos.

Son supervivientes y esquivos, son voraces,

son omnívoros aunque tienen predilección

por las nécoras y las gambas medianas y

el olor a sal de las muchachas púberes

que entregan su inocencia bajo las aguas.

 

El pez libro no duda, en caso de necesidad,

en atacar a los delfines, en comerse

los unos a los otros. No les conmueve el

llanto de los manatíes, ni los juegos de

los niños, ni las predicciones de los astros.

El pez libro aprendió a huir y ya no teme.

Deje su comentario