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El rey de la cocaína

(El rey de la cocaína. Mi vida con Roberto Suárez Gómez y el nacimiento del primer narcoestado, Ayda Levy, Debate, 2012)

Este libro de memorias podría ser una novela de hampones mayúsculos o un reportaje tendenciosamente conspiranóico de no ser porque se trata de una historia terrible y real, escrita (o al menos dictada, qué sé yo), por una persona de carne y hueso, Ayda Levy (Riberalta, Bolivia, 1934), en la que narra, con pelos y señales, fechas, citas, nombres, fotografías, su vida con quien fuera conocido como el rey de la cocaína, don Roberto Suárez. El estilo, a veces cándido o preso de la impostada ingenuidad de la autora, una hija de ricos hacendados latinoamericanos en un país mísero, redunda curiosamente en la veracidad del relato.

Ayda habla de su marido y de sus hijos con amor, explica las razones del rey, disculpa sus crímenes pese a que lo reprende desde el sótano de una educación católica y privilegiada de la alta sociedad boliviana.

Portada del libro

Portada del libro

Pero cómo no preguntarse sobre la veracidad de toda la historia cuando, amén los detalles, las fotos, las pruebas, las notas de periódicos de medio mundo reproducidas, en apenas 220 páginas confluyen altos mandos de la DEA dispuestos a descuidar buena parte de los cargamentos de coca que ellos mismos compraban; agentes de la CIA promotores de golpes de Estado; el ex presidente del Banco Ambrosiano Roberto Calvi –que un día apareció ahorcado en un puente de Londres–; el ex oficial de las SS Klaus Barbie, más conocido como el carnicero de Lyon y uno de los personajes claves en la formación y el entrenamiento de buena parte de los escuadrones de la muerte latinoamericanos, ex nazis y legionarios reconvertidos en mercenarios; el ex dictador boliviano Luis García Meza; un joven y ambicioso Pablo Escobar; los Gambino y la Camorra napolitana; y los hermanos Raúl y Fidel Castro, además de ministros corruptos y espadones a sueldo elevados un día a próceres de la patria, otro día caídos en desgracia como forajidos y reclusos.

Ayda Levy y Roberto Suárez

Ayda Levy y Roberto Suárez

En sus memorias, Ayda Levy cuenta cómo surgió el primer narcoestado, en Bolivia, gracias a una confluencia de intereses entre la alta sociedad del país, la CIA, el apoyo de la Junta Militar argentina, el asesoramiento del ex oficial nazi, que entonces se hacía llamar Klaus Altmann y la friolera de cinco millones de dólares.

Con el gobierno bajo su control, la connivencia de la DEA y de otros golpistas, como el general Noriega, Roberto Suárez se convirtió a primeros de los 80 en el primer exportador de sulfato de cocaína a los laboratorios de Colombia. Ayda excusa a su ex marido, quien dedicaba parte de sus ganancias a obras sociales y pensaba pagar la deuda externa boliviana vendiendo coca al por mayor. Roberto Suárez estaba convencido de que Colombia había sido bendecida con la hoja de coca “por la gracia de Dios” y que ya estaba bien de permitir que los gringos se aprovecharan de sus materias primas: “Los gringos siempre tienen un doble discurso y manejan una doble moral. Te doy solo dos ejemplos para comprobar la veracidad de lo que te estoy diciendo –le dijo a su esposa– : los cigarrillos de la Philip Morris y las armas de Smith & Wesson matan a más gente que la cocaína”.

El rey de la cocaína llegó a establecer hasta seis rutas distintas para la exportación de coca, creó sus propios laboratorios para conseguir el ansiado clorhidrato en medio de la selva amazónica y se valió para enriquecerse de las luchas civiles entre subversivos marxistas y paramilitares de derechas, unos y otros financiados por los hermanos Castro y la CIA, mediante las ingentes plusvalías que procuraba la coca de don Roberto.

Cuando la lucha contra el narco prevaleció sobre la estrategia contrarrevolucionaria en la agenda de Washington, el rey de la coca cayó en desgracia y se convirtió en un prófugo.
Finalmente pactó su encarcelamiento por un delito menor y se hizo construir su propia cárcel hasta salir en libertad.

En los detalles, las memorias de Ayda Levy enganchan desde la primera página: los fastos; el pastor alemán, Lobo, que Klaus Barbie regaló a su marido; el tigre Kayán, alimentado con leche y chocolates por los hijos del matrimonio; las visitas de Pablo Escobar a la casa familiar – “Ay don Roberto, que yo no me voy de aquí sin que me regale uno de esos gaticos”–, su detención –junto a su amado hijo Roby– y el bloqueo de sus cuentas en Suiza y posterior liberación gracias a la intercesión del banquero de Dios.

Resulta difícil no conmoverse con el retablo que cuenta Ayda Levy, sus temores e imprecaciones al Todopoderoso en un mundo de corrupción y lujo como los que reflejan Bryce Echenique o Vargas Llosa, aunque lógicamente (ni lo pretende) sin el talento literario de estos. Este libro no tiene desperdicio y alumbra con crudeza la delgada línea que separa el bien del mal, la normalidad del horror, la ley del crimen.

@MarianoGasparet 2013 Prohibido reproducir sin permiso del autor

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