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Emboscados

En la Islandia primitiva, al hombre en conflicto (de ordinario a causa de

un atentado capital) le quedaba el recurso de emboscarse para siempre.

Éste era un acto de huida, de acorralamiento social y moral, por más que

el emboscado ansiara o se viera impelido a esta posibilidad de salvación

personal y espiritual. Si bien el emboscado conserva el atractivo del arrojo

y el valor extremos, también conlleva la preeminencia del miedo llevado a

su consecuencia última, cuando en el diálogo habitual del hombre con sus

temores el miedo impone su monólogo.

“La situación del hombre en sociedad, que es la circunstancia del animal

doméstico, arrastra consigo el destino del animal de matadero” (Ernst Jünger).

 

¡Pero en el rebaño social se esconden lobos, personas de una libertad

irreductible, prestos a contagiar su naturaleza de modo que el rebaño se

convierta en horda! Ellos son emboscados también, fieras en un bosque

de alquitrán y estrellas de neón, sujetos anodinos marcados a fuego por

su propia intemperancia, por sus carencias, privados de patria, excluidos

de la masa en el seno de la masa devienen individuos abocados al

aniquilamiento y a la resistencia autómata en una lucha sin perspectivas.

Yo os conozco. Yo os envidio.

 

 

Sempre per una selva oscura

 

Hay cientos de lobos asustados, arrojados, revestidos de padres, de

hermanos o de enfermos seniles con el pan nuestro de cada día bajo el

brazo. Llegamos a conocerlos por crímenes inauditos (¿cómo un crimen

puede ser inaudito a estas alturas?), por su marginalidad radical desde

países lejanísimos o en nuestra propia casa,

en el salón de casa mientras leen el periódico

emboscados en la selva de la droga y el alcohol

o en el escarnio de la locura anegando sus ojos de

corderos inciertos. Apenas ocupan unos días, una mancha de tinta en la

sección de sucesos, o unos minutos de telediario, unos juicios fugaces de

sobremesa o, en la cafetería, una anécdota. Ladrones de bancos que estrellan

autobuses EMT, “rambos” huidos al monte después de asaltar chalets como

rebaños, caníbales homosexuales con estudios superiores, niños soldado de

lengua negra convertidos en líderes guerrilleros que secuestran hospitales

(¡niños que fuman junto a un Kalasnikov, como recién salidos de un book

de adopciones!), padres que apalizan a sus hijos, presos lejanísimos tras los

muros de aquí al lado, enfermos irrecuperables y recuperados, padres.

Están junto a nosotros y viven con nosotros en recortes y hojas sueltas,

en fotografías marchitas por el tiempo y en revistas ajadas que atesoras,

que escondes y relees y escrutas y guardas cuidadosamente;

esa liturgia, ese orden sagrado con que clasificas los pedazos de papel, ese extraño culto

inconfesable por historias comunes (¡comunes!) que conmueven algo muy

adentro, mientras aguardas en silencio tu momento, el momento de huir. De

huir al bosque.

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