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Fredo, una historia real (2/6)

La heroína era una droga exótica y el nombre de algunas canciones legendarias. Al principio llegó al pueblo en bolsitas minúsculas en los neceser de algunos turistas pudientes, niños ricos aventajados en ejercicios básicos de papiroflexia. Pero en pocos meses ocupó por entero a los mismos buscavidas que hasta entonces se habían dedicado a traficar en tabaco y marihuana. Así se hizo Jeremías con el negocio. El viejo avaro nunca había querido saber nada del hachís porque aquello le parecía cosa de moros y legionarios. Pero olvidó sus prejuicios cuando comprendió que un gramo de aquella canela terrosa y amarga se cotizaba más que el oro y le convertía en un hombre atractivo fuera de los burdeles, entre jovencitas sanas de familia bien. Antes del caballo el Tuerto y Jeremías ya habían trabajado juntos. El avaro le prestaba un vallado para ocultar el cobre y las radiales y Di Vaggio le ayudaba a revender los depósitos de su oficio de perista. El viejo le presentaba a policías corruptos y el Tuerto presionaba a sus acreedores. Di Vaggio le acompañaba a distribuir tabaco y el avaro le instruía en los límites de la codicia. Pero las tornas cambiaron a medida que el polvo fue ocupando las inversiones del viejo. Jeremías necesitaba al Tuerto, a los amigos del Tuerto, a los conocidos del italiano, para ampliar su cartera de clientes y dar a conocer en los bares de copas la ebriedad perfecta. Y Di Vaggio se dio cuenta de que su papel en aquella sociedad crecía en paralelo a la ambición del viejo. Se olvidaron de la chatarra, entre otras cosas, porque todo el mundo empezó a chutarse. Se puso de moda. Era algo transgresor, un vicio caro para elegidos sin miedo. El Tuerto y sus amigos monopolizaban el secreto y presumían de su somnolencia y de su pericia de practicantes nocturnos. María y él veían todo aquello como algo exótico. Había algo hermoso en ser delgado y llevar una insulina en la chaqueta. Los chicos se iban a mitad de la fiesta para encerrarse en un coche y volvían a las horas con los ojos brillantes y caídos; Ojos de gato, decían. Y las chicas bailaban abrazadas y se dejaban querer entre risas flojas. Los más jóvenes advertían los signos del secreto con satisfacción: el filtro de un cigarro sobre el inodoro, un paracaídas de plástico en el lavabo, una manchita roja en la camisa del Tuerto. Aquel verano los puestos de hippies incorporaron a su muestrario pendientes con forma de cucharilla, balanzas romanas minúsculas, espejitos con tubo, pequeños botes de vidrio con tapón de rosca y estuchitos forrados de terciopelo con jeringuillas de vidrio fin de siècle para coleccionistas. Antes de que todo aquello mostrara su parte más fea, el Tuerto les puso su primer pico.

La Isla del Fraile / Antonio Teruel

La Isla del Fraile / Antonio Teruel

Fue un 16 de octubre, María cumplía 18 y un amigo del Tuerto había traído de Amsterdam cinco gramos de polvo blanco tailandés diluidos en una botella de plástico. Los chicos se arremangaban y se desprendían de sus cinturones. Los chicos pinchaban directamente en la botella para extraer un centímetro de agua bendita. Los chicos sonreían, cerraban los ojos, se dejaban caer en los sofás, se rascaban, bailaban y hacían cola en el lavabo para vomitar la fealdad del mundo. Cuando María y él entraron a casa, el Tuerto llevaba una jeringuilla encima de la oreja y cocinaba una sopa minúscula. Cuando María y él dijeron adelante, el Tuerto chascó la lengua y los miró detrás de sus gafas oscuras. Siempre recordaría aquella primera vez porque las náuseas y la certidumbre de que quedaría atrapado para siempre dentro de sí mismo llegaron a asustarle. Pasaban las horas y aquella sensación de placer y malestar, lejos de remitir, iba a más. No oía bien, pero la música y a las palabras del tuerto tenían una textura desconocida y sumamente agradable. Le costaba mantener abiertos los ojos, mantener cerrados los ojos, estar de pie, estar sentado, sudaba, vomitaba, tenía ganas de fumar, de beber algo dulce, y miles de hormigas le lamían el estómago mientras el Tuerto decía: “Mi cuñado Dante asciende a los cielos”. Era difícil mantener la atención, pero siempre recordaría aquella vez porque entonces supo que había gente hablando dentro de su cabeza.
Nel mezzo del cammin di nostra vita mi ritrovai per una selva oscura.
Antes de que se diera cuenta María dormitaba en un sofá el sueño más dulce del mundo. Antes de que se dieran cuenta, había una razón para ser felices los viernes por la noche. Luego todo cambió.
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