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Fredo, una historia real (3/6)

Al Tuerto lo dejó ciego de una pedrada en el ojo izquierdo un martes de monas en una excursión a Cabo Cope, algunos años antes del caballo. Al Tuerto le compró unas gafas de espejuelos y su propio reflejo en aquellos cristales, ahuecando las manos y dándole fuego al Tuerto, se fijaron a fuego en su mente -yo le he vaciado un ojo a este hombre- y sembraron en su cabeza una oscura premonición. Eran mayores para jugar con piedras. No había razón para jugar con piedras.

Pero alguien tenía que marcar al Tuerto para que su vida adquiriera la dimensión que luego tuvo para todos, para que aquellas gafas oscuras de montura metálica le persiguieran más allá del incendio y el robo e imprimieran una simbología precisa a su miedo y a su sentimiento de culpa. La pedrada confirió al Tuerto su imagen definitiva. El día que huyó de casa con la bolsa y la chupa de su cuñado, con María descalza corriendo tras él para implorarle o matarle, con Fermín di Vaggio medio inconsciente en el sofá, supo que aquella tarde de monas de hacía veinte años todos ellos habían quedado unidos para siempre por el chasquido de la piedra sobre el ojo izquierdo del Tuerto, por la mano roja del Tuerto sobre su cara, por el llanto y los reproches de María, Ma per qué, per qué?, y por la media sonrisa del italiano tumbado en la camilla. Arrivará la morte i haurá e tuoi occi.

Mural en el río, Valencia, anónimo

Mural en el río, Valencia, anónimo

Cuando tantos años después, con el macuto a sus pies, con su vida a sus pies, con María llorando y maldiciendo envuelta en humo y fuego, decidió coger un cigarrillo de la chaqueta del Tuerto, encontró aquellas gafas y volvió a ver su propio reflejo en los lentes de Fermín di Vaggio. Quizá no tuvo elección, quizá ninguno de ellos, nadie, tiene elección. Puede en cualquier caso que el Tuerto se hubiera cernido sobre sus días antes de aquello, antes incluso de que empezaran a pincharse, o puede que el Tuerto fuera tan sólo una pieza más, una rueca más, en el engranaje de sus días.

La heroína jodió sus vidas y construyó sus vidas. La heroína les dio una razón para ser, un motivo para vivir. Los chicos adelgazaban y reían. Los chicos tenían llagas en los brazos y en las manos, se dormían en las comidas en familia con el tenedor planeando sobre el plato, trasnochaban, daban portazos de madrugada, se levantaban a cualquier hora del día o de la noche, moqueaban y se hacían encima. Los chicos miraron el ancho mundo sin pupilas mientras perdían los dientes y los cordones de los zapatos. Los chicos vendían las joyitas de sus madres, escandalizaban a su vecinos y tomaban prestados los coches de sus padres. Algunos sólo robaban a su familia, en su casa. Otros hacían la ruta de las playas en busca de radiocasetes y bolsos al descuido. Los hubo que se lanzaron al menudeo con graves carencias aritméticas. Y los hubo que se lanzaron a la calle a ofrecerse por unos billetes. Sablistas, camellitos, culeros, descuideros, ladrones de cabinas, tironeros, murcigleros, sirleros, putas y chaperos. La moral es una declinación del remordimiento. Cada cual ocupaba su lugar en aquel mundo, pero quizá nadie decidía. Quizá todo dependía de que pasaran las horas y aumentara la desesperación.

El recuento de las bajas podría resultar ilustrativo, pero resulta burdo e insuficiente a la hora como de resumir hasta qué punto influyó la heroína en sus vidas. Luis el loco era militar y pagaba su vena y la de Ana pasando hachís vestido de uniforme para evitar registros. Lo detuvieron poniéndole una pistola en la cabeza y fue el primer muerto de sida. Adela pasó años poniéndose a cuenta de sus novios innumerables. Era morena, miraba la vida envuelta en una belleza asiática y la violaron los gitanos pero no podía denunciarles porque tenía que seguir subiendo al barrio; un día desapareció, puede que debajo de las ruedas de un coche en Madrid, puede que no. Al Chema lo pillaron haciendo el hombre araña y pasó unos meses en la cárcel. Luego entró en un banco y volvieron a cogerlo. Deli se metió a puta en Murcia y un día volvió recuperada el tiempo justo para reconciliarse consigo misma y para que un cáncer oportunista se hiciera el dueño de su cuerpo devastado, su familia le besaba las manos. Cati se quedó en un váter apenas unos meses después de abroncar con cariño a Fermín Di Vaggio, “Como no te dejes ya las tonterías te vamos a tirar de las orejas”, decía. El Quillo perdió un trabajo fijo en Renfe, y perdió a su novia a punto de casarse, y perdió las botas con espuelas de su abuelo; al final cambió el caballo por el alcohol como tantos otros. El Nano se salió volando por la pista de una carretera secundaria mientras volvía de Cartagena: no hacía falta aguadar el resultado de la autopsia para saber que conducía drogado. A Juan El Largo su familia lo dio por imposible, así que lo mantenían con una pensión a cambio de que se mantuviera lejos de los padres. Mariano llegó a dejarlo, pero un tumor en la vejiga y dos riñones colapsados devolvieron a su rostro la belleza y la serenidad que no tuvo en vida. Matías… Matías infectó a Mariano, se confundieron de jeringuilla, eso es todo. El recuento de las bajas podría ser ilustrativo si la vida, cualquier vida, incluso la vida previsible de los yonquis, pudiera resumirse en términos patológicos, en términos epidemiológicos, sociológicos, o incluso narrativos. El recuento de las bajas podría ser ilustrativo, pero resulta interminable, agotador e insuficiente para comprender, para conocer, porque las desgracias colectivas o extendidas atenúan falsamente la singularidad de los sufrimientos individuales, el dolor. Eran buenos chicos y malos chicos, eran tiernos, eran depredadores, eran gentuza, eran hombres que pasaban por hospitales y cárceles y centros de acogida y morían acompañados o solos. Los hombres mueren sin ser felices.

Paisaje interior, Antonio Teruel (1995-989

Paisaje interior, Antonio Teruel (1995-989

La heroína se convirtió en el único cometido y en el principal vínculo de todos ellos. Había cariño, había lazos de fraternidad, de vecindad, de camaradería, había conocidos comunes y años de colegio, había compañerismo y alegría y aventuras y pasiones que siempre giraban en torno a una misma rueca, un solo émbolo. Hervía su amor sobre una cuchara, en el interior de un vaso para lavarse los ojos y en los tapones de latón de las botellas de agua. Se acariciaban los pies, los tobillos, los codos, las muñecas, las ingles y los muslos en busca de venas vírgenes, limpias, minúsculas, profundas, insospechadas. Se arremangaban las perneras y las mangas, o se quitaban los zapatos a modo de saludo. Se besaban en portales oscuros y tras las puertas metálicas de las farmacias de guardia, mientras Fermín iba a por unos gramos o a por unas chutas. Se pinchaban heroína, morfina, búprex, metasedín, codeína y jarabe para la tos. Se ponían también cocaína para poder moverse, para andar de pie, para ir a pillar. Se atiborraban a tranxiliums, trankimazines, perduretas, sosegones, valiums y rohipnoles; cualquier cosa para estar tranquilos, para ir a pillar. Se querían y se ayudaban a ponerse.
El dominio del Tuerto sobre el barrio y los chicos se deterioró como su salud, pero hubo un antes y un después de la detención del viejo. A Jeremías le cayeron seis años por posesión de objetos robados y el Tuerto, muy enganchado, se vio abocado a formas más expeditivas de conseguir dinero. El negocio había dejado de ser suyo. A los barrios llegaron los gitanos, los moros y los negros. El pueblo estaba infestado de yonquis. Todo se hizo más violento.

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