logo image

Fredo, una historia real (Capítulo 1/6)

El rostro ovalado y las piernas firmes y la grupa alta y los ojos manga de María Di Vaggio, cuando María Di Vaggio era una adolescente de brazos limpios y pupilas generosas, confirieron a sus recuerdos un remanso de gratitud, pese a Fermín y pese a sí mismo. La última vez que la vio hacía mucho que ambos habían perdido la inocencia, que ambos habían perdido su amor y su juventud, así que no dejaba de resultar extraño que la imagen de María di Vaggio hubiera mejorado con el tiempo hasta convertirse en un bálsamo contra las heridas compartidas; la prueba de su expiación, pensaba. Su ruptura fue violenta porque la degeneración acumulada era una cuenta con muchos números rojos y porque todas las rupturas lo son, pero esto lo comprendió cuando ya nada importaba demasiado porque hacía mucho que Maria di Vaggio dejó de ser la protagonista de sus emociones: del amor absoluto a la sorpresa del desencanto, de la decepción a la frustración, del dolor de estómago a la indiferencia, como un ave de paso, un ave rapaz.

Si echaba la vista atrás podía concluir que las primeras semanas no fue del todo consciente de lo que sucedía porque le embotaban los sentidos el miedo y la urgencia de escapar. También porque el consumo de vodka y tranquilizantes resultaban refractarios a la melancolía. Con los meses,  a muchos kilómetros del incendio y del robo, con la Policía y el Tuerto como preocupaciones acuciantes, tampoco tuvo tiempo de añorar a Maria di Vaggio con mayor precisión de la que le procuraba su propio despecho. Di Vaggio descalza, llorando y maldiciéndole en italiano delante del edificio en llamas. Un San Miquele iracundo. Además, aún estaba Lola, la dulce y entregada Lola, tan amable, tan enamorada, tan vulnerable si el sexo era rápido y desprovisto de ternura, o y si él pasaba la noche fuera.

Luego fue el tiempo de una informe tranquilidad no exenta de ráfagas de culpa que sofocaba repasando los momentos peores de su vida en común o bebiendo hasta la extenuación. Además, tenía que ser cauteloso, no precipitarse, colocar el material, fiarse del viejo  Jeremías. Estuvo en varias ciudades y conoció a otra gente, a otras chicas, a la joven Dana, y a Sara, y luego a Dolz, y creyó descubrir la amistad, hasta donde llega la amistad, en el avaro Jeremías. Fueron dos o tres años en los que el fantasma de los Di Vaggio se debatían entre la transparencia y el reproche. María era tan sólo un efecto secundario de sus resacas, de sus demoledoras resacas porque, aunque no existen demasiadas diferencias entre unas mujeres y otras, quería pensar, todas el mismo reto alcanzable, una entrega condicionada a cierta sumisión, esa predisposición natural a supeditar las emociones, esos pliegues de la carne y del alma, ese demonio entre las piernas, María Di Vaggio y su espada de fuego imponían su ausencia a las verdades de su vida los días de resaca. Fue luego, muchos años después, ya sobrio, estabulado en una vida de lujo sin estridencias y en la rutina de los poemas y los cuentos y los largos paseos con el moloso, cuando María Di Vaggio, “Mai nessuno colmará il vuoto de la tua scorpanza”, se instaló de nuevo en su vida como una segunda respiración.

Paisaje interior / Antonio Teruel

Paisaje interior / Antonio Teruel

María Di Vaggio volvió como una premonición oculta en vaharadas de coco una mañana de domingo en el parque de los chopos. Uro el moloso jugaba con un tronco a sus pies y él leía el periódico mientras se mojaba los labios con un Bitter cuando el Tuerto apareció abatido a cuatro columnas sobre el capó de un coche patrulla. Debió de moverse o fue quizá el corazón al galope lo que precipitó la agitación del moloso, la sacudida de la mesa y el Bitter derramado sobre el periódico como la sangre del Tuerto sobre el escudo del Cuerpo Nacional de Policía. Entonces la olió. Él tranquilizaba a Uro mientras el cadáver de Fermín Di Vaggio se empapaba con una sed antigua cuando el tarareo de la gravilla del parque de los chopos le trajo un inconfundible olor a champú de coco. No vio a la muchacha pasar el paño sobre la mesa, ni sacudir y doblar el periódico, ni acariciar al perro con resolución. Tampoco hizo nada por contener la alegría del moloso cuando levantó a la chica en vilo . No escuchó la risa de la camarera, ¡Grandullón!, ni la oyó cuando le preguntó si le traía algo, ni la vio marcharse abrazada a una luna vieja. Tan sólo advirtió ese olor cristalino de un verano de hacía quince, veinte años quizá, cuando no existía otro horizonte en su vida que la melena castaña de María Di Vaggio, su pequeño pueblo. La heroína.

Él y El Tuerto fueron más que amigos. Auténticos fratelli. Se conocieron por María y forjaron una amistad irreductible mucho antes de que Fermín di Vaggio se convirtiera en el dueño de la calle. Los Di Vaggio habían llegado con lo puesto urgidos por la desaparición de un padre del que nunca se hablaba. María volvía loco a medio instituto y el Tuerto era un tipo duro de oficios imprecisos y rentables. Fermín di Vaggio quería ser millonario, el quería ser poeta y María alimentaba los sueños de ambos haciendo oes con un pitillo desde lo alto de una adolescencia luminosa. ¡Mi cuñado Dante Alighieri!, le abrazaba el Tuerto.
La primera vez que vio al Tuerto se llamaba Fermín. Era moreno, marmóreo, cejijunto, delgado y deparaba una amabilidad poco creíble tras un apretón de manos y un chasquido a la luz de los billares. María fue a pedirle tabaco y le presentó como su fidanzato.  La segunda vez que lo vio se llamaba caro figlio, su mamma le pellizcaba el mentón y el Tuerto era un hermano protector y un cuñado receloso que susurraba en italiano a sus espaldas. Luego fue la amistad creciente y la pedrada en el ojo. Y la droga. Y una pequeña sociedad de jóvenes adictos y delincuentes comunes y policías corruptos. Nadie hacía nada sin rendirle cuentas a Di Vaggio.
Hacían bromas sobre la mafia y reían. Se besaban en la mejilla y reían. Sé que fuiste tú, Fredo. Me partiste el corazón. Y María le llamaba mi Fredo, mi caro Fredo, y él se enfadaba y reía. Cualquier cosa era un motivo para quererse. Fermín Di Vaggio era un líder antes de la pedrada y antes incluso del cobre y el plomo. Por supuesto, mucho antes de la irrupción del viejo Jeremías y de la droga. Era recto sin parecer brusco, complaciente sin resultar adulador, prudente pero determinado, implacable sin mostrarse avasallador. Tenía talento para hacer dinero, olía el dinero. Revender cobre y plomo era cosa de gitanos con carrito hasta que Fermín dio un toque industrial al negocio. Alquilaba furgonetas y se desplazaba cien y doscientos kilómetros en busca de bobinas de cable, catenarias, rieles; en busca de obras y almacenes incluso. En los primeros años María y él no tenían nada que ver con los tejemanejes del Tuerto. Tan sólo disfrutaban de su fama, de su apellido, y consumían en medio centenar de pubs y restaurantes a cuenta de Fermín Di Vaggio. Ambos querían al Tuerto. María lo amaba con una entrega sin matices. Y él le profesaba una admiración rayana en el idealismo. Aún no conocía la envidia ni el resentimiento.
El Tuerto lo llamaba cuñado, fratello, Dante, Poeta, Fredo y le proporcionaba las historias magníficas que él tendría que escribir algún día. Fueron pocos los mejores años de su vida. Luego llegó el viejo Jeremías y la felicidad primera dio paso a una euforia feroz, una euforia enlodada de dinero y ebriedad, una euforia efímera marcada por la droga. En pocos años pasaron de la inocencia al desasosiego, de la prepotencia a la necesidad, de la salud a la enfermedad también.

Un santo no es suficiente

Un santo no es suficiente

Jeremías siempre fue viejo, un viejo sin edad. Ya lo era 20 años atrás, cuando del negocio de la droga no conocían otra cosa distinta del enriquecimiento vertiginoso, la emoción de la clandestinidad y la adulación de jóvenes ansiosos y dóciles. En esos primeros años todo el  mundo los buscaba, los agasajaba y quería, menos la policía;  aunque todo el mundo esperaba algo a cambio, un poco de dinero, un poco de diversión, unos gramos, principalmente la policía. Jeremías era alto, flaco y apergaminado, bebía como un cosaco y frecuentaba los peores tugurios porque llevaba media vida dedicado al contrabando de tabaco y porque era un putero irredento. Regentaba un estanco familiar donde a la clientela de toda la vida se sumó pronto una legión de chicos secos como la rabia; donde había quienes hacían cola en el mostrador y quienes pasaban raudos al sotanillo; donde los habanos y el rubio americano que llegaban del puerto entre cajas de pescado y redes pestilentes comenzaron a lindar con techos falsos donde escondían televisores, radiocasetes, relojes, alianzas, medallitas de la virgen… Fue Jeremías quien enseñó al Tuerto que el polvo daba más dinero que el cobre, no ocupaba sitio y generaba una clientela entregada. Luego fue Fermín quien enseñó a los chicos del barrio a sumar con decimales y a que un limón es mucho más que un potenciador del sabor.

» Todos los capítulos de Fredo

Comentarios cerrados.