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Fredo, una historia real (caps. 4 y 5 de 6)

Fermín di Vaggio no era un chorizo, pero se convirtió en atracador de joyerías, casinos y timbas secretas con la misma resolución que algunos años antes había empleado para cimentar su leyenda con el plomo y la chatarra. Fermín daba los palos lejos de casa mientras él y María lo aguardaban chutándose en la cama, o recorriendo el pasillo y fumando como descosidos. El ruido de las llaves en la puerta abría sus ojos y sus corazones.

El Tuerto les arrojaba una papela y se desabotonaba la camisa. Casi siempre había dinero, siempre había droga, normalmente caballo y coca; en el peor de los casos metadona o pastillas. Siempre había que esperar a Fermín, rezar por que llegara ya Fermín, asomarse al balcón y a la ventana en busca de las gafas de espejuelos del italiano. Algunas veces, si tardaba, él reunían los tapones de algodón que habían utilizado antes para filtrar el polvo y los rebañaba con agua limón. Fermín nunca guardaba los filtros que quedaban suspendidos en la cuchara porque lo consideraba una bajeza. Él siempre lo hacía.

Un día el Tuerto no volvió y la vida se hizo mucho más difícil porque ni él ni María estaban preparados para salir afuera. Al Tuerto le cayeron tres años por allanamiento y robo con intimidación de los que cumplió dos. Fueron dos años de urgencias y curas incompletas. Fueron meses terribles de desamor y síndromes de abstinencia. María dejaba que una gota resbalara sobre la aguja, como las lágrimas por sus mejillas, porque habían encerrado a su fratello. Él descubrió en el alcohol y los tranquilizantes una muleta de indolencia contra los remordimientos. María di Vaggio se escapaba porque siempre hay un último recurso para una chica guapa. Desaparecía días enteros y él maceraba su impotencia con vodka y tarnkimazines. Se odiaba a sí mismo por su adicción, por su miedo y por su incapacidad para moverse solo por las calles de los negros. Les robaba a sus padres y a sus hermanos, suplicaba y amenazaba con matarse. Les pedía dinero a sus vecinos y a los conocidos de sus vecinos.

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Alguna vez cogió un bolso o una cadenita, unos pendientes, alguna vez vendió hachís, pero no sabía buscarse la vida en la calle. Nunca había bastante. Siempre había un motivo para estar tumbado, para beber y tomar pastillas, para rezar, para rezar mucho. Había razones para querer estar muerto y para odiarse, aunque odiaba mucho más a los Di Vaggio por haberle abandonado, por haberse olvidado de su amor, y por el falso orgullo y el arrojo con que los dos hermanos afrontaban sus limitaciones de yonquis veteranos. Los Di Vaggio no estaban hechos para ser reyes destronados del mismo modo que él no estaba hecho para la heroína. Siempre había sido un convidado de piedra, “eres un yonqui de mil pesetas, menos mal que tenemos a mi hermano”, le dijo María; y esa frase reverberaba en su cabeza y en su estómago incluso cuando no estaban de mono.

El caballo se le fue haciendo insoportable. Chutarse se convirtió en una rutina odiosa. Había que conseguir dinero, pedir dinero, mentir por dinero, vender algo e ir a pillar a barrios degradados. Había que buscarse venas limpias y confiar en que no le engañaran, en que el material fuese bueno. Y había que luchar con una legión de fantasmas obcecados, sus sueños horribles, sus celos y su impotencia cada vez que María daba un portazo. Su mala conciencia cada vez que iban a visitar al Tuerto a la cárcel; la pedrada en el ojo, las voces en su cabeza: “Eres un yonqui de mil pesetas”. Nel mezzo del cammini di nostra vita mi ritrovai per una selva oscura.

La heroína lo dejó a él, pero no a María ni al Tuerto, que salió del maco con algunas nociones de Derecho Penal y con la determinación de engancharse de nuevo y de hacer valer su prestigio de kie. Todo había cambiado, todo era más grande y más sucio. Había enfermos que querían parecer sanos. Había policías que compraban a los chicos, que abusaban de los chicos. Había mucho polvo y mucho corte. Había auténticas bellezas convertidas en putas viejas. Había sobredosis y sangre y un apeadero sembrado de papel plata e insulinas donde empezaba el barrio de los gitanos.

taringa.net La heroína se le hizo insoportable

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Entre el Tuerto, la droga y él, María quizá no tuviera elección. Él fue arrojado de ese mundo sin dejar de amar y detestar a los Di Vaggio. Fue a médicos y a granjas, se fue a vivir a muchos kilómetros de todo aquello, a iniciar y dejar curas de desintoxicación que no aliviaban el alma ni mejoraban los recuerdos. Se entregó a la autocompasión. Trataba con ex adictos que a veces llegaba tambaleándose y jurando por sus hijos que no habían tomado nada. Trataba con voluntarios y pastores evangelistas que le imponían las manos y la biblia a modo de terapia. Conoció a gente como él, a gente dominada por la intuición de sus propios límites, de su falta de límites, chicos y chicas llevados por la ansiedad, por la enfermedad y por la certidumbre de haberse perdido en una selva oscura. Hablaban, paseaban, tomaban metadona, naltrexona y antabús, sustitutivos y antagonistas, cualquier cosa que les permitiese vivir alejados de la droga y el alcohol unas semanas o unos meses, el tiempo justo para hacer una excepción, para hacerse un homenaje, decían.

Lola era una joven adicta y melancólica. Tenía el rostro ovalado de las bellezas renacentistas, tenía una camada de gatos ovillada en el fondo de unos ojos de lumbre, tenía los pechos pequeños, blancos y peticionarios como dos polluelos hambrientos, tenía notorias carencias afectivas. No solía picarse porque le daban miedo las agujas, pero fumaba y había estado consumiendo lo suficiente como para que ella misma comprendiera que no tenía más remedio que ingresar. Era dulce, entregada, sentimental y rica. Ambos compartían el ambulatorio y el gusto por los libros y los perros. Coincidían en el dispensario y en las extracciones de sangre y se trataban con distancia y corrección. Alguna vez se habían prestado un libro o compartido un café o unos ansiolíticos, hasta que una tarde celebraron la sorpresa de su salud, estaban limpios, llorando en el vestíbulo del analista y besándose con fruición de hambrientos. Si no se amaban, al menos se hacían bien.

Encontró en Lola la misma devoción hacia él que él había sentido por María. Lo atendía, lo escuchaba, lo cuidaba, extrañamente, lo admiraba. Tienes los ojos más tristes del mundo, tienes las pestañas más largas del mundo, eres el chico más dulce y más bueno del mundo. Hacían largos paseos por el río y por la playa con dos teckel de pelo duro a quienes Lola trataba como si fueran niños. El círculo de Lola estaba compuesto por gente sana, amigos jóvenes, primos, un hermano, unos padres, gente amable y confundida, tan determinada a ayudar a Lola, tan decidida a recuperar a Lola, que no dudaron en abrirle las puertas de casa y colmarle de atenciones.

Lo trataban bien, pero lo trataban como a un enfermo, en el mejor de los casos, y como a una persona poco de fiar, habitualmente. Lo atendían desde su cima de hombres y mujeres normales, que comen y cenan en familia, que se besan y se mienten y recelan y dan consejos. Lo trataban con la mezcla de desconfianza y superioridad de los amantes de la caridad, deseosos de escucharle, de abrazarle, de ayudarle, pero nunca de prestarle dinero; deseosos de hallar en él un mínimo signo de debilidad para magnificarlo con dulzura si estaban solos y se sentían generosos, o con brusquedad si estaban cansados, irritados, o si habían bebido. Él agradecía su atención, pero no soportaba su compasión ni su condescendencia. Mientras, los Di Vaggio arrastraban sus cadenas de fantasmas aguerridos todas las noches de su vida. Han detenido a María. Han soltado a Fermín. Han atracado una joyería, una farmacia, una camioneta de reparto de metadona… Él les seguía el rastro en la distancia, llamaba a amigos y conocidos comunes por teléfono, de vez en cuando se hacía con ellos, hacía una excepción, sólo una, y les decía os quiero, ojalá estuviéramos juntos, te acuerdas, María. Pensaba en los Di Vaggio y les deseaba lo mejor o lo peor bebiendo vodka en secreto. Un día decidió volver sin saber por qué, sin otro plan quizá que seguir huyendo.

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No lo hubiera hecho quizá de estar sereno, de estar en sus cabales, de no haberse mirado en el espejo con la chuta puesta, de no haber visto el reflejo repetido de su propio demonio. No lo hubiera hecho de no haber necesitado un exorcismo para, si no redimir su pasado, al menos intentar el absurdo de congraciarse con su resentimiento, o de profundizar en su resentimiento; nunca lo sabría.

Preguntó en las esquinas y en las barras de los bares por los Di Vaggio o alguien le informó sin más: la imprecisión de este detalle refleja más la presencia constante de los hermanos en su alma y en sus madrugadas que cualquier forma de indiferencia. En la calle decían que habían estado un tiempo desaparecidos pero que ahora vivían alquilados en la planta baja de uno de los edificios contiguos al puerto. No le costó encontrarlos. María estaba sola, esperando a Fermín, como siempre. Se miraron y sonrieron en silencio y se abrazaron, que fue el único modo que encontraron de gestionar su ternura o sus conversaciones pendientes.

Se besaron en la mejilla, mi Fredo, qué bien estás, qué alegría. Se mintieron, tu también te ves bien, tan guapa como siempre. Siguieron con educada precisión el protocolo del respeto, sí estoy bien, casi no me pongo, disculpa el desastre. María estaba muy delgada, enferma quizá, pero en todos sus movimientos, en sus ojos, había un brillo especial, una alegría contenida, un entusiasmo mal disimulado.

Los Di Vaggio ocupaban un garaje acondicionado como vivienda. Tenían una ducha de poliéster, dos habitaciones y un saloncito separados con paredes de pladur. Tenían una cocina minúscula con un infernillo y un frigo repleto de yogures y zumos concentrados. Tenían dos sofás viejos con un montaña de ropa, una mesa de ping pong, y un viejo sillón de dentista donde el Tuerto reclinaba su cansancio de yonqui viejo y los restos de un orgullo incomprensible mientras se pinchaba.

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Habían pasado una mala racha, una muy mala racha. Habían sido unos meses muy malos. Fermín había estado postrado, chutándose buprex y tomando metadona para aguantar. Diluía las pastillas agitando la jeringuilla como si fuera una coctelera, con paciencia, con determinación, con impotencia también, y se inyectaba uno, dos, tres búprex , dos y tres veces al día. Luego dormía y esperaba, confiado en su recuperación y en las innumerables veces que se había sobrepuesto en situaciones similares, confiando en su naturaleza de hierro. María le estaba hablando de la salud del Tuerto, cuando éste abrió la puerta de casa. Fermín Di Vaggio abrió sus brazos de halcón o de águila, su brazos de cristo lanceado, y lo zarandeó con entusiasmo, lo besó en la cara, en la cabeza, lo levantó en peso.

Por su aspecto y por su fuerza nadie hubiera dicho que había estado enfermo. Poeta, mi querido Poeta, qué bien te ves, se nota que estás limpio, nosotros aquí andamos, mucho mejor de lo que parece por esta pocilga, he estado en el dique seco una temporada, pero ya sabes, el Tuerto no se rinde porque donde al Tuerto no le alcanza la salud le sobran los cojones. Cuéntanos dónde has estado, qué has hecho, nos dijeron que estabas muy bien, siguiendo un tratamiento y todo eso, que bien estás, Poeta, ¿ya no te pones, verdad, quieres?

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