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El gran Gatsby, podríamos empezar por el final

Por Mariano Gasparet

(El Gran Gatsby, Francis Scott Fitzgerald, Debolsillo, 2012)

Es difícil saber qué hacer con Gatsby, qué decir de Fitzgerald, porque uno entra en su historia como quien emprende la primera visita a un museo: todo reverencia hacia una iluminación que no llega. Pero por qué no hablar de El Gran Gatsby y de Francis Scott Fitzgerald ,y de Zelda aullando de tos y miedo en su locura más real, atrapada sobre la escalera en llamas de su último sanatorio, cuando ahora todo el mundo, los diarios, los festivales de cine, las editoriales, los suplementos culturales llevan a Gatsby prendido en las fauces.

La primera vez encontré a Firzgerald en una colección de sus cuentos completos de Alfaguara que me regaló un amigo. Luego descubrí en los dominicales la muerte de la pobre Zelda y anduve nutriendo con detalles imaginados una particular mitología. Más tarde -ya había leído muchos de sus cuentos sin resolver nada- un tipo me habló de un libro de culto, El desencantado, de Budd Schulberg (Acantilado, 2004), que a modo de biopic literario pretendía la angustia y la enfermedad del Fitzgerald irrecuperable sin más resultado, creo, que el aplauso de los amantes del boato, la pedantería y el último grito: aquella novela era, en mi opinión, decepcionante.

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Con este anfiteatro y depués de saber que la celebridad británica V.S. Naipaul había roto con unos amigos porque mantuvo que Fitzgerald y Hemingway “no valían nada, nada, nada”, qué demonios hacer con Gatsby.

Zelda y Scott

Zelda y Scott

El gran Gatsby ya dividió a los críticos en su primera edición, antes de ascender la cima de los reconocimientos estupefacientes. El gran actor Leonardo Di Caprio dijo que todo el mundo tenía derecho a interpretar a Gatsby, y yo, que no he visto aún una película que todo el mundo tacha de fallida me dije que ahora era buen momento para hablar de una de las obras cumbres de Fitzgerald.
Me gusta mucho El Gran Gatsby. Fitzgerald eleva en Gatsby el grueso del iceberg que permanece oculto en la literatura de Hemingway. No me reconozco en los ambientes ni en una trama bien trazada pero poco sorprendente. No me dicen nada los detalles de la suntuosidad de las fiestas de Gatsby y ni siquiera creo que su historia de amor con Daisy y escalada a la celebridad pecuniaria y social resulten conmovedoras. Pero resulta imposible no admirar al bueno de Nick, el testigo fiel, y advertir desde las primeras páginas que aquello va a acabar irremediablemente mal, tristemente como suele.

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Nick pudiera ser el propio Scott Fitzgerald o cualquier lector avezado, pero sólo el autor, y por ello El Gran Gatsby merece un lugar destacado en la biblioteca, es capaz de poetizar la desesperanza ineludible, el zarpazo sutil, con párrafos tan profundos como los que prodigan la novela.

Fitzgerald repara en los detalles para convertirlos en instrumentos de la emoción: “El viento se había calmado, dejando una noche brillante y ruidosa, y un sordo rumor de órgano, como si los cargados fuelles de la tierra estuvieran soplando a las ranas llenas de vida” (pág. 25).

También frecuenta felices introspecciones: “Me sentía dentro y fuera, encantado y repelido, a la par, por la inextinguible variedad de la vida” (pág. 40).

Y describe una sensualidad perfecta en su irresolución: “Todas las semanas había escrito cartas firmando ‘con todo cariño, NIck’, y todo lo que podía evocar era que, cuando cierta muchacha jugaba a tenis, en su labio superior se formaba un ligero vello de sudor”.

Las últimas páginas son de una belleza estremecedora: tanto, que podría recomendar honestamente empezar la novela por el final. “Y mientras me encontraba allí, reflexionando sobre el viejo y desconocido mundo, pensé en el asombro de Gatsby al advertir, por primera vez, la luz verde al final del malecón de Daisy… Gatsby creía en la luz verde, el orgiástico futuro que, año tras año, aparece ante nosotros… Y así vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado”.

Puedo pensar, por citar algunos nombres de la época apilados en los estantes más próximos, en Dos Passos, Hemingway, Steynbeck o Arthur Miller… muy agradecido por sus retablos sobre la “gran tragedia americana” del ese o del oeste, de la ciudad o del campo. Pero quizá nadie penetra como Fitzgerald. Acaso la entrañable Carson McCullers , quien decía escribir “mejor que Hemingway y que Faulkner”. Y por supuesto, aun de un modo más sutil, Raymond Carver.
Faulkner era Dios. Del resto, también de Fitzgerald, seguiremos hablando.

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