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Javier Cercas pide a gritos una película quinqui

(Las leyes de la frontera, Literatura Mondadori, 2012, novela)

Las leyes de la frontera es un libro tierno sobre una realidad amarga y probablemente olvidada, si no desconocida, entre quienes nacieron después del 80 o el 85. Tras ese curioso ensayo sobre la transición y el golpe de Estado del 23-F que es Anatomía de un instante, Javier Cercas vuelve a la novela para contar una de las partes feas, la parte chunga, diría, de la España de la transición y el desarrollismo: la historia de los delincuentes juveniles de los 70 y primeros 80, la vida corta de esos chicos salvajes de clase baja y media baja abocados a la marginación, la reclusión, la enfermedad y el olvido porque nacieron o se situaron al otro lado de la frontera.

Javier Cercas

Nunca presumieron de haber corrido delante de los grises, pero eran conocidos en las comisarías de barrio y cruzaban de acera cuando veían un coche patrulla. No iban de manifestación ni se interesaron por los prolijos y manidos debates políticos o filosóficos del momento, pero vivían arrostrados por un anarquismo implacable sin pretensiones. Preferían las rumbas torpes y pegadizas de los Chichos, los Chunguitos y las Grecas a Freddy Mercury, los Rolling, o Bob Dylan. Poco o nada tenía que ver con este lumpen la canción protesta.

Maduraron fugazmente a la luz de los billares y fueron los reyes temidos y adulados de los recreativos y los coches de choque porque eran violentos y atrabiliarios aunque podían resultar amables o audaces. Eran medio analfabetos y machistas, eran los malos de la clase, los más duros, los que podían protegerte o sirlarte el bocadillo o unas monedas en la puerta del colegio. Hacían novillos o directamente no iban a la escuela, esnifaban pegamento, fumaban porros, y fueron los primeros en emborracharse, en tomar bustaids (bustakas, los llamaban en mi pueblo), centraminas, dexidrinas, mescalinas, tripis y micropuntos.

Luego llegó la heroína y aprendieron a pincharse y a atiborrarse a rulas (rohipnoles, tranxiliums, búprex…) antes de desaparecer en fila india, delgaditos y sin dientes, como recién salidos de un campo de exterminio escondido en algún punto de los arrabales.

Tuvieron su particular elegía en el cine gracias a directores como José Antonio de la Loma (Perros callejeros; Yo, el Vaquilla; Los últimos golpes de El Torete), Eloy de la Iglesia (Navajeros, La estanquera de Vallecas, Colegas, El Pico I y II), Carlos Saura (Deprisa, deprisa) o José Luis Sánchez Valdés (De tripas corazón), y murieron de sida y sobredosis en cárceles, hospitales y baños públicos. Fueron protagonistas de rumbas horribles y leyendas urbanas para toda una generación de chiquillos ávidos de conocer el otro lado de la frontera.

Berta Socuéllamos (Ángela) y
José Antonio Valdelomar (Pablo) en ‘Deprisa, deprisa’

En esta novela Javier Cercas recupera ese tiempo de tejanos prietos, melenas y camisetas ajustadas para hacer buena literatura con los capitanes del mundo quinqui. Es una historia entrañable para quienes conocimos aquella época, una novela que restituye la pésima calidad de esas películas precarias, casi documentales, en las que los actores y protagonistas eran reclutados en los suburbios: el Pirri, José Luis Manzano, el Vaquilla o el Torete, entre otros tantos desgraciados. Cuenta la historia de tres personajes, el Zarco, Tere y el Gafitas; los dos primeros dos quinquis sin remisión, y el último cualquier muchacho de clase media de la época que cruza al otro lado de la frontera durante el verano del 78.
La novela tiene visos de investigación periodística sobre esas vidas cruzadas, se lee de un tirón y mantiene la tensión y la intriga gracias a una estructura de monólogos a partir de un entrevistador desconocido que pretende descubrir la verdadera historia del Zarco, “no lo que contaron los periódicos de él”.

Subrayo algunos elementos de una novela que pide a gritos una película por su sutileza y realismo, porque no depara en el recurso fácil de los detalles escabrosos, porque es la historia que pudimos vivir cualquiera de quienes fueron o fuimos adolescentes en los 80: la historia de amor entre Tere y el Gafitas, la fascinación de este chico bien por ese mundo donde él fue un invitado fugaz y temeroso, la tensión del triángulo de chicos tan distintos, la alusión a una canción de Chet Baker (I fall in love too easy) y las metáforas relacionadas a una serie de la época (La frontera azul) que dio nombre a -por lo menos- dos barrios marginales, uno en Burjassot y otro en Lorca: el Liang Shan Po.

También un par de frases del autor que parecen aforismos:

En un momento dado el Gafitas, ya lejos de aquel verano salvaje, dice: “La gracia de todo esto está en que uno es joven cuando uno es joven, y en que es viejo cuando es viejo; o sea, en que uno es joven cuando no tiene recuerdos y en que es viejo cuando detrás de cada recuerdo encuentra un mal recuerdo” (pág. 188).

Y más adelante: “Las mujeres son así: convierten sus intereses en sentimientos, siempre lo han hecho y siempre lo harán, al menos mientras sigan siendo más débiles que nosotros” (pág. 321)

Suscribo ambas, con la salvedad de que estoy convencido de que las mujeres son más fuertes que los hombres, y más malas, si es que existe la maldad en abstracto.

Las leyes de la frontera merece la pena, aunque quizá no sea tan buena como Soldados de Salamina (son historias muy diferentes). Se lee fácil, es entretenida, es delicada, y te hace pensar en aquellos otros, tan pobres, tan ilusos, tan desgraciados, tan olvidados, que un día llegaron a fascinarnos o interesarnos.

Sólo un reparo: en un momento dado el Zarco parece un calco de Juan José Moreno Cuenca, El Vaquilla; un recurso que quizá permita fijar la historia y darle realismo, pero que ciñe las layes de la frontera que cada uno, a su modo, ha conocido o transitado siquiera como asombrado espectador. Otro aplauso agradecido a Javier Cercas.

PD: Zarco es el segundo apellido de la chica de ‘Deprisa, deprisa’

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