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La palabra hambre, la palabra amor

Billie Holiday, Lady sings the blues, Memorias, Fábula Tusquets, 2010, 228 pags

“Mamá y papá eran un par de críos cuando se casaron. Él tenía dieciocho años, ella dieciséis y yo tres”.
En Lady Sings de Blues, las memorias de Billie Holiday, el eterno retorno a la miseria, que tantas veces señala el camino de los genios, proviene más de una reconstrucción de la lectura que de la autobiografía con que Eleanora Fagan Gough (Baltimore 1915, Nueva York 1959) da cuenta de su paso por la vida.

No hay un atisbo de autocompasión (sí narración descarnada) en su autobiografía, pero resulta imposible conocer lo que Billie Holiday quiso dejar escrito de su vida y no sentir admitir cuán afortunados los nacidos al otro lado del incendio.

Lo que más llama la atención de estas memorias, conforme vas descubriendo los jalones de una niña violada a los diez años, que se mete a prostituta a los 14, y que patea la calles de Nueva York y el bronco sur, y el norte, y luego Europa acompañada de otros grandes de los años dorados del jazz como Lester Young, es su sensibilidad desnuda y clara.

Escribía muy bien Billie Holiday, sabía dónde colocar esa frase, esas pocas palabras, que despachan un pedazo de horror y de asombro con el disimulado descuido de quien tira un papel arrugado a la acera.

Dividido en 24 capítulos con el nombre de otras tantas canciones, Lady Sings The Blues atrapa al lector desde las primeras páginas. Vivió en la miseria, sus padres eran dos críos, su madre una fregona, ella peleó en la calle, fue encerrada en un reformatorio y gestionó la abyección con una simpleza y una bondad arrolladoras. Estando entre rejas, por ejemplo, una encargada marimacho se encaprichó de ella, y Lady le dio cuerda porque –escribe— “yo sabía que esperaba seducirme cuando saliera. Albergaba la esperanza de que fuera amable con ella y no le dije lo contrario. Ella tenía sus motivos para ser amable conmigo. Pero cualquier tipo de sentimientos es mejor que ningún sentimiento”.

Billie Holiday

Le tomó el nombre prestado a Billie Dove, una actriz de cine mudo que le fascinaba, porque Elenora era muy largo, porque Nora –como la llamaba su abuela— le parecía horrible, y porque su padre empezó a llamarla Bill “porque yo era un marimacho”.

El recuerdo de su violación le perseguiría a lo largo de su vida, como el de la muerte de su bisabuela, una ex esclava analfabeta, aquejada de hidropesía, que se había pasado diez años durmiendo en una silla hasta que un día le rogó y le rogó a su pequeña Elenora que le permitirá dormir acostada. La niña extendió un amanta en el suelo, se acostó junto a ella y las cuatro o cinco horas despertó atenazada por la vieja: tuvieron que romper el brazo del cadáver para liberarla.

Era una chica valiente y decidida, guapa, aunque un poco hombruna, determinada a mejorar su vida y la de su madre, pese a los meses de reclusión, pese a la tiranía de su prima, pese a la marginación racial, pero siempre fue consciente de dónde partía y cuál era su lugar en un mundo de blancos: por eso se metió a puta, para comprarle un restaurante a su madre, a la que enseñó a leer y escribir mientras se buscaban la vida en Harlem. De esa época cuenta una anécdota tierna: cómo le emocionó, ya salía de giras agotadoras y mal pagadas, ver a Ma leyendo una carta de Louis Armstrong en la que este se despedía diciendo “Fríjola y arrozmente tuyo”. En una de esas giras junto a su querido Lester Young ganó sus primeros 1.000 dólares ¡jugando a los dados!, dinero con el que su madre pudo abrir Mom Moliday’s.

Sobre su carrera musical, Billie Holiday subraya el éxito y la conmoción que supuso Strange Fruit, una canción basada en un poema de Lewis Allen y convertida años más tarde en un best seller por la escritora Lillian Smith (1897-1966) que le estremecía hasta el vómito cada vez que la interpretaba.

En Hollywood fue novia de Orson Welles. Amaba los Cadillac, los sombreros y la ropa elegante. En una ocasión se le estropeó el coche y un señor se ofreció a ayudarla, arregló la máquina y la invitó a un country club donde su presencia, una negra, fue motivo de una pelea en la que el mismo hombre que había hecho de mecánico se empleo a fondo: era Clark Gable, quien “soltó una carcajada cuando le dije que lo reconocí por los puñetazos”, escribe.

En el libro repasa su carrera de éxitos y excesos, aunque no repara demasiado en el infierno de la adicción. De este asunto apenas hace referencia a las veces que entró en prisión por tenencia, al remordimiento que le produjo que su madre se enterara y al absurdo de una legislación coercitiva de la que fue muy víctima: “Los consumidores de drogas son enfermos. Y nos encontramos con que el Gobierno persigue a los enfermos como si fueran criminales, diciendo a los médicos que no pueden curarlos, procesándolos porque tienen un poco de droga, encarcelándolos.”

Lady presintió la muerte de su madre tras una actuación en un teatro de Washington. Su entonces marido, Joe, le preguntó si estaba loca. Ella simplemente contestó: “Sé lo que digo, y a partir de este momento más te vale ser bueno conmigo, porque eres todo lo que tengo”.

Yo no conocía a Billie Holiday antes de leer Lady Sing the blues. El suyo es un jazz antiguo, lento, difícil a veces, cómodo y nada cómodo al mismo tiempo, pero oyes esas viejas grabaciones, y lees sus memorias, y de algún modo crees entender –y es suficiente el premio— por qué su sueño dorado era “tener una gran casa en el campo en la que cuidar perros extraviados y niños huérfanos”. También resulta irrebatible coincidir quizá con quienes aseguraban que nadie como Billie Holiday cantó la palabra “hambre”, ni la palabra “amor”.

“Ni todos los Cadillac y visones del mundo –y he tenido unos cuantos—pueden remediarlo o lograr que lo olvide”, escribió. Murió sola.

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