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Las memorias del maldito Art Pepper

(Una vida ejemplar. Memorias de Art Pepper. Art y Laurie Pepper, GLOBALrhythm, 2011)

Art Pepper llegó envuelto en un papel  de regalo de mano de mi amigo Daniel Tomás (0ctubre de 2012) y, en ya en los primeros párrafos, en las fotos que acompañan el volumen de ‘Una vida ejemplar’, a veces bello, a veces ultimado con el saxo alto como una cruz, Art Pepper pasó a formar parte de mi mitología; hermoso como mi padre, puedo pensar, cobarde y arrojado como yo mismo, puedo pensar, heroinómano como tanta gente a la que he querido; vulnerable, mentiroso, charlatán, honesto, genio.

Hacen falta unos buenos pulmones para tocar el saxo alto. Pero es necesario el soplo de los ángeles para tocar como Art Pepper. Sergio Moreno me grabó un CD, yo lo busqué en Google y Art se convirtió, digo, en la banda sonora de muchos momentos de gratitud.

Su última mujer, Laurie Pepper, escribió sus memorias a partir de entrevistas minuciosas, concienzudas, tenaces, porque nadie es capaz de recordar de forma ordenada y porque Art ya estaba enfermo. Ella misma cuenta el trabajo que le costó contar la vida de Pepper: a él también se le solapaba el tiempo en pliegues, lagunas, socavones y remolinos de la memoria: escribimos de derecha a izquierda, pero recordamos en círculos y a dentelladas de caballo loco, querido Art.

El volumen lo acompañan muchas críticas de música de la revista Down Beaty,  recortes de prensa la época, opiniones de sus amigos, sus conocidos y sus contemporáneos. Sus actuaciones, sus álbumes, sus detenciones, son revisitadas desde ángulos suficientes como para poder afirmar: este soy yo, o este es mi hermano, es mi padre, porque en aquella época te detenían y encarcelaban por posesión, por nada, porque la justicia es un algoritmo.

El libro emociona, es directo, frases cortas, sin metáforas, pura exhibición. Nadie habla de un modo tan despojado de sí mismo, y menos tratándose de un genio a la altura de Art Pepper.

Billy Holiday (Lady sings the blues, Tusquets, 2010), por ejemplo, es más cuidadosa, mucho más selectiva con sus memorias. Incluso William Burroughs (1914-1997) parece un drogota adaptado a su lado; ¿quizá eras consciente, Bill, de que tu misión era apadrinar a una generación cuando publicaste ‘Yonqui’ (1953) o ‘El almuerzo desnudo’ (1959)?.

Art habla de música, de jazz,  porque su vida era el saxo. Pero su cotidianidad, sus miedos, sus miserias, no forman parte del artista reconocido, sino del genio en soledad. La mayor parte de las horas la más luminosa de las estrellas no soporta el fulgor de su destello.

Si hablamos de Art podemos decir: era un blanco virtuoso del saxo tenor en un mundo jazzístico de negros, era un buen tipo que se metió en problemas; fue un enfermo, fue heroinómano, fue libre. Si Art habla de sí mismo, sin embargo, te cuenta que de pequeño soñaba con ser un genio y que, de mayor, en las sesiones terapéuticas del centro de rehabilitación Synanon, gritaba: “¡Tú a mí no me das órdenes! ¡Tengo más arrestos en el dedo meñique que todos vosotros juntos! ¡Porque yo soy un genio! ¡Soy un puto genio!… ¡Yo he vivido la vida a tope! ¡No he tenido miedo de ir a la cárcel! ¡Soy la persona más fuerte que habéis visto en vuestra puta vida!”.

Pero cuenta más cosas Art. Tantas, y con tanta vehemencia, que cómo  escucharle sin pensar en uno mismo. Amaba a su padre, marinero, estibador, traficante de armas para el ejército de Pancho Villa, tuerto, lejano, tierno. Amaba sobre todas las cosas a su primera mujer, Patti; no tanto a la segunda, la mediocre Diane. Y encontró la paz en Lauire, al final de su vida.

No he leído a nadie que hable del caballo como él: la primera vez, esnifada; más adelante con un cuentagotas y un ‘jeep’ (el filamento de un billete de un dólar enrollado para ajustar la aguja), las jeringuillas; Dios mío, todo el mundo compartía las jeringuillas.

Tampoco he leido a nadie que confiese su parte fea sin atenuantes: violó a una chica como soldado destinado en Inglaterra por calentorra y la chica le pegó una gonorrea; quería a su hija, pero nunca quiso ser padre ni pudo ocuparse de ella; dejó pudrirse a un amigo con una sobredosis porque ser consumidor era delito y no quería volver a la cárcel; dejó que Diane se enganchara para que, al menos, no le molestara cuando iba a ponerse; robaba; mentía; engañaba.

‘Una vida ejemplar’ resulta tan verosímil, sincera  y detallada en la relación de anécdotas  y pasajes que no hay modo de resumirla. La relación con sus padres, sus mujeres, sus reclusiones en la cárcel, su egoísmo, sus complejos: al genio del jazz Art Pepper le gustaban sus tatuajes, sobre todo una caravela, pero le avergonzaba su abultada barriga (le habían extirpado el bazo). El genio del jazz nunca delató a nadie, pero se buscó la vida como un ratero para chutarse ¡hasta 12 gramos al día! Patético un robo con su perrito Bijou saltando, corriendo y ladrando a todo el vecindario.

El viejo y castigado saxo encontró un remanso de paz en su última mujer y biógrafa, la joven Laurie. Es tragicómica su incipiente relación porque ambos estaban desintoxicándose y debían cumplir un estúpido protocolo para hablar, salir, besarse, amarse. Pero son muy, muy hermosas las fotos de Art y Laurie, ya recuperados.

Es un libro bello para amantes del jazz, para nostálgicos de los 50, para devotos de la literatura, para diletantes malditos. Art habla de sí mismo sin contemplaciones. Y sus fotos con Laurie son un puerto franco en el que a cualquiera le gustaría fondear.

La vida, tantas veces, acaba peor.

Laurie Pepper

Pero comparen las fotos: es un hecho que el amor, si no mata, cura

Y ahora cuidado con esta canción, amigos, os hará llorar:
Sweet Lorraine</strong>
Chet Baker (en la imagen) y Art Pepper

P.D: “No creo en Dios, pero sí que creo en la heroína o la cocaína” (pág. 486)
P.D: Resulta tierno pensar en la paciencia y el amor de Laurie cuando Art Pepper, el genio, rodeado de drogotas aduladores, se dejaba envenenar una y otra vez. El válium le sentaba fatal, le producía paranoias, pensaba que había perdido una papela de coca y revolvía toda la casa, hasta levantar el suelo, buscando un gramo inexistente. Laurie lo amaba, no cabe duda.

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