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Los enfermos de Roberto Bolaño

(Cuadernos del Mejor Hombre del Mundo, 16 de octubre de 1993)

El mejor hombre del mundo andaba con su mujer contando los canales de Ámsterdam, ambos reconciliados y amantísimos, ambos en la montaña rusa que procura la flor del cannabis si no hay un habito adquirido. Podían amarse encima de los puentes y a la luz de los burdeles minúsculos del Barrio Rojo, podían amarse en el cerco que ofrecen los turistas a los bailarines callejeros, podían amarse. Pero el mejor hombre del mundo, ya entrado en el tercer o cuarto espejo de su consciencia, abandonaba los brazos de su mujer y recordaba 2666 de Roberto Bolaño, y pensaba incluso en Lautaro, y en la belleza agreste de Blanes en los 80, donde Bolaño amó a una yonqui que recitaba a Ferrater en catalán mientras hervía la heroína.

Life, Siena, Italia, 1946

Life, Siena, Italia, 1946

La enfermedad, pues, lo rodeaba todo, todo lo atravesaba, era como la claridad y el cielo de Claudio Rodríguez, que se entrevera entre las cosas. El Mejor hombre del mundo era un enfermo cultivado en su enfermedad y en la de sus seres queridos, ya muertos, aquellos que acudían a colmar sus sueños de lecciones de medicina y predicciones, algunas falsas para escarnecerlo o para que no olvidara nunca la humildad. Su mujer era una enferma enamorada de la enfermedad del mejor hombre, empeñada en resarcirle, en rescatarle de su nombre y su apellido como algunos psiquiatras conductistas feroces. Bolaño era bilioso y nunca fue un borracho ni un drogadicto: solamente tenía hepatitis, hijos de puta. Claudio escribió Don de la ebriedad, qué mejor definición de Ámsterdam en aquellos momento con aquellos personajes caminando sobre las aguas. Gabriel Ferrater no quiso defraudar a sus amigos, y se suicidó a los 50. A Lautaro lo protege la biblioteca de Roberto, tal como invocó en La Universidad desconocida. Pero de los enfermos, de la enfermedad no como contingencia sino como origen o destino, pensaba el Mejor hombre del mundo, aún sano en los análisis, aún libre de la dictadura de un diagnóstico aunque el veneno que incubaba fuera, luego supo, su solo cometido, que se podía decir de la enfermedad que no hubiera ya dicho Bolaño, el poeta.

En 2666, Bolaño habla de los enfermos en boca de una voz omnímoda de la que parte el pulso de sus personajes:

“La gente sana rehúye el trato con la gente enferma. Esta regla es aplicable a casi todo el mundo. Hans Reiter era una excepción. No les temía a los sanos ni tampoco a los enfermos. No se aburría nunca. Era servicial y tenía en alta estima la noción, es noción tan vaga, tan maleable, tan desfigurada, de la amistad. Los enfermos, por lo demás, siempre son más interesantes que los sanos. Las palabras de los enfermos, incluso de aquellos que sólo son capaces de balbucear, siempre son más importantes que las palabras de los sanos. Por lo demás, toda persona es una futura persona enferma. La noción del tiempo, ah, la noción del tiempo de los enfermos, qué tesoro escondido en una cueva en el desierto. Los enfermos, por lo demás, muerden de verdad, mientras que las personas sanas hacen como que muerden pero en realidad sólo mastican aire. Por lo demás, por lo demás, por lo demás.”

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Conclusiones del Mejor hombre del mundo sobre los puentes de Ámsterdam bajo los efectos de los porros, él que ya no fumaba, y pensando en Bolaño, y perseguido por su amada, huyendo del rescate, entre otros muchos pensamientos y recuerdos referidos a sus enfermos próximos, aquellos que vomitaban y cagaban y morían con el vientre hinchado y los dientes negros aun habiendo sido los más guapos del mundo. Conclusiones anotadas en su cuaderno.

1.- La mayoría de la gente rehúye de los enfermos.

2.- Las palabras o los balbuceos de los enfermos (las visiones morfínicas añadiría luego en su cuaderno) siempre son más importantes que la de los sanos. (¿Son más sanas quizá?, se preguntaba el Maca; ¿Habría que darle cátedra a los enfermos aunque haya que auparlos entre varios, o poner cuña y sonda a la tarima?)

3.- El tiempo de los enfermos desafía toda teoría cuántica y espiritual, ya sean Albert Einstein en sus postulados más populares aun incomprensibles (E=mc2), o la mismísima Santa Teresa inflada a cornezuelo de centeno sus oponentes.

4.-Los enfermos muerden de verdad mientras los sanos mastican aire.

5.- Toda persona es un enfermo futuro.

Reconcentrado, ya conciliado en su paseo con la humedad de Ámsterdam y con la humedad de su amor, y con Bolaño y Ferrater, el Mejor hombre del mundo se lavó los dientes y tomó sus píldoras y durmió. Por lo demás, por lo demás, por lo demás…

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