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Los hermosos restos volvieron a elevarse

Por M. Gasparet

(Quemar los días, James Salter, Salamandra 2010, 446 páginas)

James Salter (Nueva York, 1925), escritor desde 1956, se encaramó a pulso a la tarima de los grandes escritores contemporáneos con siete novelas y algunos guiones memorables, aunque en España su obra ha sido publicada en contadas ocasiones. Me aproximé a Salter por un artículo de Muñoz Molina, a quien desde ahora debo otro motivo de agradecimiento: el norteamericano es un autor a quien hay que per-seguir porque la huella de su recompensa es honda y da sentido a las horas.

En Quemar los días, Salter prueba de nuevo cuán indisociables resultan la vida y la literatura, como hicieran antes, entre muchísimos otros –y cito adrede por la altura de su escritura-, Agustín de Hipona en sus Confesiones, Chateubriand en sus Memorias de ultratumba, el bueno y apaleado de Voltaire, o tantas veces Curzio Malaparte (La Piel, Kaputt), Ernst Jünger, Vasili Grossman, Francisco Goldman, Paul Auster o, de este lado, Ruano, Pla o Umbral.

La diferencia con aquellos es que, con la excepción evidente San Agustín y Umbral (Mortal y Rosa), o de algunas veces Goldman en Di su nombre (reseñado en esta sección), James Salter entreteje con la vida cotidiana una profundidad poética sin parangón. Ese es uno de sus logros principales.

De hecho, algunos párrafos, algunas frases, resultan auténticos versos, hallazgos inmutables, si bien la precisión, la sutileza, la elegancia y el recurso a los contrastes para mantener atrapado al lector son, muy por encima de la lírica, la impronta de Salter.

James Salter

James Salter

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El apunte es oportuno porque 446 páginas de autobiografía conllevan porciones ineludibles de vida, de recuerdos, que si bien son importantes para el autor pueden resultar un punto lentos o tediosos para quien se asoma. Y eso que, como apunta John Irving en la solapa de Salamandra, la vida de Salter es y ha sido tan rica, tan intensa y tan deliciosamente rememorada en este libro que “ningún hombre que sea remotamente sincero consigo mismo puede leer Quemar los días sin envidia; ninguna mujer igualmente sincera negará que la vida de Salter es profundamente romántica”.

Estudiante de ingeniería en West Point, piloto de aviones de caza, ex combatiente en Corea, viajero perspicaz, curioso pugnaz, guionista del Hollywood dorado y habitual de escritores, dramaturgos, actores, productores, directores, aristócratas y marginales de ambos lados de Occidente, James Salter convierte Quemar los días en un retablo sorprendente y un punto mágico de personajes y anécdotas que todo el mundo hubiera querido conocer, convivir.

Por sus páginas desfilan con intensidad dispar personalidades como su compañero de secundaria y beatnick legendario Jack Kerouac, Hemingway, Fitzgerald, Henry Miller, Irwin Shaw, Malraux, Cheever, Romain Gary y Jean Seberg, Norman Mailer, Moravia, Visconti, Thyssen, Fellini, unos jovencísimos Robert Redford, Roman Polanski y Sharon Tate; Nureyev, Nabokov, John O’Hara, Cyril Connolly, Naipaul, o su muy amigo y editor Ben Sonnemberg.

Polanski y Sonnenberg

Polanski y Sonnenberg

La estructura del libro no es lineal sino memoralística, de tal modo que muchos de estos nombres aparecen y desaparecen para volver en capítulos posteriores a lomos del río de los días. La editorial Salamandra ha tenido el acierto de adjuntar una lista onomástica de hasta 13 páginas, lo que en sí mismo da una idea de cuán generosa ha sido la vida (y esta obra) de James Salter y hace de Quemar los días, además de un libro muy interesante, una obra de consulta y de cómoda relectura.

La concepción de la vida como obra es el milagro al que se refiere el autor en no pocas ocasiones. Así apunta (pág. 374): “Escribir sobre alguien a fondo es destruirlo, consumirlo. Supongo que eso también es aplicable a la experiencia: al describir un mundo, lo extingues, y en un libro de memorias gran parte queda reducida a escombros. Las cosas se capturan y al mismo tiempo se despojan de vida, para nunca volver a estremecerse o a emitir luz”.

Quemar los días. Quizá éste párrafo baste para comprender por qué James Salter no repara en su separación, o con cuanta dificultad y dolor concentrados aborda la muerte de su hija. Sobre la imbricación entre vida y obra, literatura y respiración, el autor –por ejemplo- recuerda la década de los sesenta, la bohemia en Nueva York, las veladas con la aristocracia de South Mountain Road, de donde “la Callas acaba de marcharse”, el paso de sus estaciones y su vida, y de todo aquello que “era un augurio de lo que estaba por venir, el tiempo todavía lejano en que los hermosos restos volverían a elevarse y yo escribiría sobre esos días”. Es decir, la escritura en el recuerdo es elevación y destrucción, Eros y Tánatos.

Salter es lírico como Carver, quizá menos violento y despojado, aunque mutila en dos frases como el autor de Catedral. Por ejemplo, sobre su padre:

“Conmigo era amable y afectuoso, pero el trato no era ni mucho menos íntimo. El mundo infantil no estaba a su altura y los deportes le traían sin cuidado. Aunque nunca sentí falta de amor, sino falta de interés. Es posible que mi madre sintiera lo mismo” (pág. 28).

Sobre la primera visión del sexo femenino, a través de una ventana con amigos (pág. 35): “Se quitó el sujetador, la perdimos de vista y al cabo de un momento volvió, desabrochándose el sujetador. No cruzamos una sola palabra. Aguardamos en absoluto silencio. Era el crepúsculo. Aquel rectángulo iluminado y vacío ejercía mayor atracción que cualquier escenario. Como en un acto de obediencia, la mujer regresó. Yo no me cansaba de mirar pero, como supe desde el primer instante, no podía retener lo que estaba viendo”.

Sobre la muerte de su hija (pág 333): “Nina, mi hija, sobrevivió, pero doce años después su hermana mayor, Allan, murió trágicamente. Nunca he sido capaz de escribir la historia. Llegado a cierto punto, no puedo seguir. La muerte de los reyes puede recitarse, pero no la de un hijo. Fue un accidente eléctrico. Ocurrió en la ducha. La encontré desnuda en el suelo, con el grifo abierto. La palpé buscándole el pulso y apresuradamente la saqué en brazos, las piernas colgando a un lado, la cabeza inerte al otro. Pensando que se había ahogado, le practiqué respiración artificial desesperadamente, oprimiéndole con fuerza el pecho y luego echándole una bocanada de aire tras otra. Nada. Insistí. Llegó una ambulancia. Alguien dictaminó su muerte. No podía creerlo”. Casi cien páginas después, James Salter cuenta que tenía un ejemplar dedicado de Colette, Paraíso Terrenal, y añade: “Era el libro preferido de mi hija, y fue enterrada con él”. ¿Con qué libro se puede enterrar a un hijo? Sólo esa frase, esa confesión, da la talla de la honestidad de estas memorias.

En algunas páginas su instrucción en West Point se hace abrumadora (aunque nada que ver con el Leoncio Prado de Vargas Llosa). En otras páginas el lector querría estar junto al joven James Salter en un caza porque sus descripciones te elevan al fondo del cielo. Luego está la parte menuda de la Historia, la intrahistoria, como un goteo continuo y refrescante o abrumador, estimulante en cualquier caso. Por ejemplo, la de Corinne Luchaire, a quien violaron 41 hombres de la honrosa Resistencia francesa por haber sido amante de Göring (pág. 310). O sobre la solícita querida de John Huston, que llevaba chicas al afamado director (pág. 316). O sobre la sucinta y muy sugerente reacción de Fitzgerald cuando el otro gran beodo universal publicó Fiesta: “Ernie lo ha conseguido” (pág. 328). O sobre los problemas del duque de Windsor, un eyaculador precoz que “nunca había conocido la gloria masculina derivada de dar placer a una mujer” y que, para colmo, “se casó con la mejor felatriz de Europa” (págs. 400 y 401).

Quemar los días es un libro magnífico por muchos motivos. Está la memoria notarial del autor y su vida generosa. Su honradez a la hora de quemar la vida en la pira de la literatura. Y sus párrafos selectos, capaces de elevar al infinito, muy por encima de donde vuelan los bombarderos y los cazas, la ceniza de los días.

Quemar los días, Salamandra

Quemar los días, Salamandra

Algunos versos del poema que escribe Salter

“Era en los campamentos donde uno sostenía en la palma de las mano los delicados tritones rojos hallados en los lechos de musgo espeso, aprendía canciones soeces salidas de bocas jóvenes, oía opiniones extrañas y descubría las estrellas”. (pág 32)

“Yo no recordaba esos detalles, simplemente formaban parte de mí. No flotaba a la deriva hacia ellos, sino que constituían la propia nave”. (pág. 59)

“Es posible que me hayan llegado unos pocos retazos de lo que significaron sus vidas, pero las cosas de verdad, el espíritu y el carácter, las ambiciones, las relaciones matrimoniales, las dificultades, la suerte de los amigos… de todo eso no conservo nada”. (pág. 62).

“Al mismo tiempo está la exultación de saber que la historia empieza con la infancia de uno, que todo alrededor, los edificios, el parque, las mansiones, los museos, es una especie de decorado, el fondo de algo mucho más importante: la propia existencia de uno. Esta existencia, este papel protagonista, es lo que en realidad constituye la ciudad: es la verdadera ciudad, la ciudad del recuerdo y el triunfo, imperecedera, indiferente a las lágrimas. El hotel en ruinas en la ladera, abandonado hace tiempo o derribado, las pistas de tenis cubiertas de hierbajos, las vallas caídas: todo eso carece de importancia. No auguró nada, ni torció la menor hebra del destino de uno”. (pág. 63)

“Las ciudades, como las mujeres, son tiernas con los vencedores… De esos tiempos su cara parece, por encima de todas las demás, la que ha permanecido”. ( pág. 100)

“Yo deseaba experiencia de vida y un corazón que me anhelara”. (pág.114)

“Y aunque ciertos lugares se han desvanecido, ella sigue donde siempre ha estado, y situó cuidadosamente su historia en el sitio que le corresponde, por delante de las demás”. (pág. 117)

“En una de las cartas que me mandó ponía: He recorrido un largo camino desde que nos separamos, y lamento cada uno de los pasos”. (pág. 136)

“Como obedeciendo a sus deseos, por fin me había entregado a la vida que ella siempre había imaginado para mí, pero para nosotros dos ya era tarde. Los años en que podíamos habernos unido habían quedado atrás”. (pág. 144)

“Él me hizo eso sin saberlo, del mismo modo que una mujer que cruza la calle aplasta corazones bajo su tacón”. (pág. 210)

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