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Los tres mosqueteros

Aún éramos soldados aquel año. 
Cazábamos gatos y vencejos con escopetas de pinzas y forjábamos una amistad irreductible de cigarrillos y mentoles en las azoteas al descuido de porteros somnolientos. 
Escupíamos y arrojábamos bragas sobre los coches desde una ciudad de antenas y aljibes comunitarios, tendederos de ropa y suelos hundidos de terrazo. Tú eras la vecina del quinto. La pianista nada más. Luego te llamabas Abril y de esa guerra imaginaria apenas quedaron el zurcido de algunas cicatrices, las gafas de Fermín tras la pedrada y el gusto por el humo. El humo siempre.

A ti no te importa lo que digo, no me atiendes casi porque me lo has oído contar muchas veces. No te pongas estupendo, dices, y dejas caer los párpados y me ofreces la plata y el rulito de aluminio antes de buscar tu sitio en el sofá. Pero cuando estamos así, tan bien, tan a gusto; cuando extiendo el papel de plata y lo lavo ligeramente con la llama del mechero mientras tú abres la papela con el cortaúñas o a dentadas; cuando oigo crepitar la plata y apenas te veo el ceño fruncido y la cabeza volcada sobre el cuadradito de estaño, recuerdo que aún éramos soldados y que tú eras la morena del quinto, la vecina pianista en un piano inaudible, ajena a nuestras miradas y a nuestros comentarios.

Luego era verano y Fermín y yo perseguíamos franceses en los puestos de cerveza de la playa. Volábamos en moto hacia la playa, al mar. Hacíamos saltos mortales sobre las olas, bebíamos cerveza, jugábamos al billar y cazábamos franceses en los bares de la Malvarrosa y en los recreativos del barrio, como si fueran gatos o vencejos que abatir con los tacos. Ya te llamabas Abril y me saludabas en la escalera o en el ascensor, y a veces caminábamos juntos hacia el instituto y yo te ofrecía un cigarrillo.  
“Es rubio, April”, te animé. Y tú sonreíste por mi audacia. 
“No me llames April, vecinito”, fumaste con dedos de pianista. 
Ahora que te veo volcar la papela y golpearla suavemente con el índice para no desperdiciar nada, miro tus dedos finísimos en el marfil del plástico y trato de encontrar en el sonido mudo de la bolsita alguna nota insuficiente. Te llevas la papela a la boca, la chupas y la escupes como un chicle fugaz o como una tecla arrugada. Yo preparo un rulito de plata rodeando un cigarrillo con el estaño. Te lo tiendo y desapareces mientras la droga hierve.

(“No me llames April, vecinito”).

El instituto nos unió definitivamente: ya eras April para todos. 
La guerra terminó con la pedrada de Fermín. Con Fermín casi tuerto pese a su risa conciliadora, la mano en el ojo izquierdo, el surtidor de sangre de su ojo en la azotea, el susto y la culpa quemándome por dentro. (Me acuerdo siempre que la droga hierve). La esquina del chopo en el instituto -¿te acuerdas, April?- nos unió con un sabor a cigarrillos compartidos mientras te besabas con mi mejor amigo. Volvíamos juntos a casa –yo te aguardaba a la salida-, pero a veces pasabais veloces, ¡¡Nos vemos!!, a horcajadas sobre la moto. Tú abrazada a la cintura de Fermín. “Chaauuuu”, lanzabas un beso al aire.

Los viernes a la tarde bebíamos cerveza en “Karlitos”, “Burriana”  o “Pasillo”. Había terminado la guerra contra los franceses, como vencejos asustados o como gatos acorralados en los recreativos. Llegabais en moto; Fermín sin casco y con esa manchita roja en el ojo izquierdo de cuando éramos soldados -las gafas de Fermín- y la ciudad era un reverso deslucido de ventanas vivas de luz, comedores minúsculos a lo lejos y ropa tendida en las fachadas.

(Cada una de esas luces es una historia, te digo mientras fumo. Hay muertos y vivos, y familiares enfermos, hay una historia secreta en cada luz).

Llegabais en moto. Fermín sin casco y tú, morena y ágil, con el casco enorme entre tus manos delgadas y fuertes de pianista, besándome la mejilla o dándome un palo en el culo, vecinito, mientras Fermín encendía un trujo.
¿Pillamos? 
Ahora te vuelcas sobre la plata y desapareces. “No te pongas estupendo”, dices, porque no te gusta que hable del pasado. 
¡Pero el pasado está ahí, April! ¡Aguarda siempre como un perro loco. Y a mí el pasado me gusta porque el caballo me pone melancólico! (¿Pillamos más, April?).

El sonido impreciso y lejano de un piano espoleaba mi corazón en la azotea y te alumbraba, la morena del quinto volcada sobre el teclado, como ahora te alumbra la llama que pasas bajo la plata. (Te hundes de nuevo en el sofá). No sé cuando empezó todo esto. Recuerdo que éramos soldados y que tú eras novia de Fermín. Que salíamos de copas por el barrio. Y luego había otros garitos lejos del barrio. Íbamos con el coche del padre de Fermín, siempre los tres, los tres mosqueteros. Nosostros esperábamos en el coche, aparcados en silencio junto a los portales mal iluminados de los traficantes de la calle Progreso, las Casitas, Pelayo o El Chino. También bajábamos al Río buscando negros a la noche, como cuando cazábamos vencejos. Aquello tenía algo de aventura. Yo me quedaba contigo, un poco nerviosos, hasta que aparecía la sombra enorme de Fermín y salíamos pitando,  los tres mosqueteros, al espigón o a la playa, como cuando éramos soldados. 
Aprendimos a no ponernos nerviosos y a vivir nerviosos. Aprendimos las farmacias de guardia y a movernos con destreza por las calles de los negros. Nos llamábamos de madrugada a pleno insomnio y Fermín le robaba el coche a su padre y un reloj, una sortija de mamá, las cazadoras de piel, las joyas, ¿pillamos? Siempre a medias. 
Ahora abres los ojos y reptas hacía fuera desde ese hoyo del sillón donde habitas, buscas otra bola, otra papela, buscas el cortaúñas y sonríes. ¡Sonríes! Yo recuerdo que aquel año aún éramos soldados. También la manchita roja en el ojo izquierdo de Fermín, mientras corre la gota dorada sobre el estaño  (se me hollinan los dedos), y tus pupilas mudas me dicen que Fermín no está (sonríes con la papela entre los dientes), que nunca volveremos a ser soldados ni a tirar bragas robadas como blancas palomas desde el terrado (tocas el marfil de plástico con tus dedos gráciles de pianista para volcar el polvo sobre la plata), que todo aquello ya pasó vecinito  (la droga hierve mientras aspiras), que no te pongas estupendo (cierras los ojos y te hundes en el sofá). 
Pero yo me acuerdo de la manchita roja, de las gafas de carey, de mi amigo Fermín.

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