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Ma

Ma hizo de la tristeza su guarida,

“angosta es la casa de mi alma”… recitaba párrafos enteros de Las Confesiones,

Ma. Desconfiaba de los hombres y las fotos, Ma.

Los hombres desaparecen por ensalmo o de cáncer, es lo mismo,

las fotos congelan a muertos futuros

¡y tantas veces el futuro te alcanza, Ma!

Quienes la conocieron de cerca aventuran que cuando nació

ya debía de ser Ma “una mujercita perdida en el fatigoso edificio de su

personalidad”,

aunque ésta es una broma no exenta de fascinación hacia Ma,

que hablaba de ese modo atildado: “Los niños son andamios precarios,

inútiles en su delicadeza para abarcar, siquiera como proyecto,

la porción de tristeza y dolor que les depara la vida”.

¡Cómo eres, Ma, qué cosas dices!, reíamos todos con un entusiasmo forzado

ante la certidumbre de que Ma sabía lo que decía.

Fue la propia Ma quien dio rienda suelta a esa leyenda sobre su tristeza, su miraba abisal, ojos grises y verdes y azules, impreciso el color de sus ojos,

aunque resulta imposible explicar cómo y cuándo quedó varada al otro lado.

Podemos recordar cosas, anécdotas. Pero en modo alguno el momento exacto, o

el motivo o la circunstancia precisa en que Ma se entregó al desistimiento.

Podemos recordar, por ejemplo, una tarde en la pérgola,

tomábamos té y manzanilla, y merendábamos las galletas de manteca

que le traía su nuera, la quería como a una hija.

¡Eres tan exagerada, Ma, tan melodramática!, le dijo Isabel para calmar uno de

sus llantitos recurrentes, tan buena Isabel.

Ya hacía dos años del ictus y lloraba Ma,

se derramaba,

se orinaba de nervios y alegría,

tan sólo ver a sus hijos atravesar el jardín de ‘Dulce Hogar’.

Siempre he sido así, le contestó Ma,

de niña ya era una niña triste

y cuando cumplí los dieciocho

la tristeza vistió de largo; sonrió Ma a su hijo.

¡Esa extraña lucidez después de un ictus!, pensó Manuel,

a quien Ma había dormido tantas noches leyendo la antología de José Agustín;

sintió Manuel por un segundo la soledad inabarcable de su madre.

¡Mira que te gusta Goytisolo, Ma!

Es difícil saber en qué momento, digo,

Ma pasó al otro lado

porque el repaso rápido de los recuerdos conocidos de Ma,

y Ma siempre había contado la historia de su vida al nene,

no permitía dilucidar un cambio brusco,

una ruptura,

entre los días azules

y la implacable melancolía

en la que recalaba Ma, sentadita, un poco encorvada,

atenta al canto de los jilgueros;

Yo amo los perros y los pájaros.

¡Pero un perro da mucho trabajo, Ma!

¿Cómo fue la vida de Ma, entonces?

Ma no vivió la guerra, pero sufrió la victoria,

¡Ay, rojica, rojica!, le acariciaban las monjitas. Ma fue a la escuela de las

cagonas; así la llamaban porque acogían a niños de cero a 13 años en el mismo

aula donde proliferaban como hongos los pañales sucios y las caquitas

sorpresivas entre las cordilleras de España o el listado de las preposiciones.

Lució Ma un vestidito precioso el día de su comunión; enseñaba una foto en

blanco y negro y todos reían porque que tenía de pequeña la mismita cara que

Manuel.

Estudió enfermería y obstetricia en Granada; allí aprendió a fumar Winston los

días de fiesta, aunque el tabaco la mareaba y nunca acababa los cigarrillos.

Enterró a su madre un seis de enero; mi regalo de Reyes, decía, y se miraba

las manos; qué hicieron aquéllas manos el día que su madre se

fue, aquel seis de enero. Había fotos en casa del entierro. Fue mucha gente,

presumía incluso.

Se casó con un buen hombre, muy enamorada, cuando ya estaba embarazada

de Manu, y el nacimiento de su hijo fue el día más feliz de su vida; y eso que

casi me muero en el parto, con la de niños que he ayudado yo a traer al

mundo!, reía Ma.

¿Qué más le pasó a Ma?

Nada. Nada.

Trabajó e hiló,

llevó la casa,

superó con tesón los momentos difíciles, claro.

Su marido murió de cáncer, aquel mazazo.

Pero Ma tiró adelante con su tristeza de hormiguita peleona,

¡Por mi hijo -decía- por el nene!, mientras se enjugaba las lágrimas.

¡Hazlo por mí, Ma, hay que seguir!, besaba Manuel a su madre en los ojos y las

manos.

Puede que fuera el ictus lo que permitió a Ma cruzar al otro lado,

donde la inocencia vuelve como una punzada abrasiva:

Ma tumbada en la cama, su bracito estirado, la boquita torcida,

otra vez la ambulancia a la puerta de casa, el trabajo de los camilleros, Ma izada

sobre las sábanas.

Se recuperó muy pronto de aquello Ma. Recobró la movilidad casi por completo y

se reencontró con la vida después de algunos meses ensimismada en un bucle

del tiempo.

Perdida en su infancia, Ma llamaba a su madre y confundía a Manu con un

antiguo novio: su hijo le seguía el juego, ¡qué risas!

Se creía universitaria y pedía que la despertasen temprano para estudiar un

examen.

Fumaba a escondidas y demoraba horas en el baño. Se pintaba como una

colegiala.

Se volvió coqueta, inocente, llorona,

más cariñosa aún, encantadora y precisa en el detalle de recuerdos

desaparecidos de la memoria de la casa.

No era difícil entonces para su hijo y su nuera concluir que, así en perspectiva,

Ma había sido feliz, incluso a veces muy feliz.

Fue una niña querida y mimada en un tiempo difícil,

una adolescente sensible y retraída, lo decía ella misma,

y una esposa tradicional dedicada a su familia.

Pero tampoco dudaban de que, pese a aquella ternura ilimitada,

o precisamente porque la única secuela notable del íctus fue la exacerbación de

la ternura, Ma acabó desengañada de la vida y pasmada de sí misma.

Manu buscaba motivos para explicar aquella forma de mirar, el color de sus ojos.

Se preguntaba si aquella tristeza domesticada e implacable tenía que ver conque

papá la engañó, aunque eso sucedió hace tanto tiempo…

y Ma le perdonó, y fueron razonablemente felices

o al menos se cuidaron mutuamente.

¿Quién sabe entonces? Nadie. Nada.

Lo evidente, por las conversaciones de Ma,

por sus cosas, sus cuentos,

es que tenía tantos recuerdos,

tantos fantasmas,

que el pasado le desbordaba los labios y le empapaba las perneras tan sólo

tropezar con un conocido, o sentir a sus espaldas la voz de su hijo requiriéndola,

Ma, qué guapa,

Ma, qué bonitas flores, ¿las recogiste tú, Ma? Qué ganas teníamos de volver a

verte. Ma, no llores o no vendremos, Ma!

Voy yo a cambiarla, decía Isabel.

A Ma le fascinaban las estampitas de los Santos,

recitar los Diez Mandamientos,

No comentarás actos impuros, reía,

y la galletas de manteca.

Ahora Ma siempre está presente,

dolorosamente presente,

cuando su hijo ha bebido y, a los postres, Isabel vuelve a sacar sus galletas,

cómo le gustaban a Ma, recuerdan con una manita bajo la barbilla para evitar

que caigan las migas.

No vale la pena recordar cómo se fue Ma porque su hijo, el nene –bromea Isabel

mientras le sirve más galletas–,

se pone triste

y vuelca más hielos, o baja a por tabaco y tarda mucho en subir siempre con un

mentol en la boca, sus mentoles.

Ya has bebido demasiado, Manu, por favor, no te pongas más.

La noche que Ma se fue Isabel fue la primera en enterarse porque siempre tuvo

insomnio. Era madrugada. Llamaron por teléfono. Isabel tuvo la sangre fría de ir

a la cocina a preparar tila antes de despertar a Manu.

Los detalles de esas horas tampoco servirían para explicar

cuándo y cómo Ma se mudó para siempre al otro lado,

aquella tristeza.

Isabel cree,

o al menos así lo piensa a solas cuando prepara sus galletas de manteca,

que hay algo genético en todo esto,

y eso que a Manu nadie le gana a alegre y parrandero, piensa;

algo así como un virus que un día se activa de repente,

e Isabel mira a su marido en silencio mientras Manu lee

y garabatea su cuaderno;

que nadie está salvo de pasar al otro lado

aunque hay gente que no conoció el dolor y se cree inmune, piensa.

¿Quieres café, nene?

Un carajillo, mi amor;

y algo muy dentro de Isabel,

Dios mío,

vierte el ron en la tacita,

Manu, tú no,

su marido se parece tanto a Ma;

Manu, tú no,

se recompone y entra en el salón soriendo. Manuel levanta la cabeza de su letra

minuciosa: “Angosta es la casa de mi alma”.

Diálogos (2)

  1. antes dice:

    Conocí a Ma y la adoré. Me adelantó la vida, apostó, se lo debo todo y más allá. Deberle tanto!!!

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