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Macanor amaba los zapatos

Macanor, cariño, me alcanzas los zapatos de tacón?
La tía Mari calzaba el 36 y era pequeña, coqueta; suave y tan blanda por fuera que si diría toda de algodón. Y le encantaban los niños, hablar y bromear con los niños, muy cariñosa y tierna, tía Mari, qué risas, un 36, el pie de Cenicienta, esa presa donde bailan y acolmatan el deseo las muchachas decentes hasta que rompen las doce, esa estructura rígida y empinada donde las muchachas lindas de cuento de hadas ascienden su primer cielo hasta que rompen las doce: entonces se decalzan.

Macanor comenzó a fijase en los pies de las chicas antes de ser un muchacho olvidadizo del origen de todas estas cosas que componían sus tribulaciones. Luego empezó a oír voces en su cabeza y supo que todo aquello no terminaba nunca de acabar del todo. Macanor preadolestente ya miraba los pies de las muchachas con la curiosidad obsesiva y mal disimulada de un ontomólogo: cómo te llamas, qué tomas, a qué te dedicas, cuántos años tienes, qué calzas…
Como a un fisioterapeuta secreto o a un forense, a Macanor nunca le ruborizó el deseo de la topografía de las extremidades: donde acaban las extremidades comienzan los pespuntes del alma, ¡ay de los cojos y los mancos: cuánto dolor el de los miembros fantasma!

Una vez tuvo Macanor una novia alta, morena y ágil como un junco. Una novia que en sí misma era una lanza quebrada o una torre a punto de caer abatida por la curiosidad salubre del Maca, cuando el Maca era un niño sin pasado; determinado a descubrir, a medir, centímetro a centímetro, los pies de las muchachas.
En su nariz aguileña tenía la novia de Macanor, en sus pechos pequeños y brindados a la tierra, en sus antebrazos largos y velludos, tenía, y aquella novia fue como una fuente de helados o de frutas, el anticipo, el zaguán, la antesala, el milagro de unos pies que en sí mismos no eran nada, dos remos muertos sobre la cubierta del tiempo, dos raquetas de un esquimal abatido por el frío, pero que unidos eran una cueva, uno horno, un tálamo donde pacer y morir y nacer; y qué más da si mi novia gasta el 36, o el 39, pensaba en la paz del sexo.
Me gustan mucho los pies pequeños y peludos, reconocía Macanor, que en la intimidad no sabía ni le importaba demasiado la diferencia entre cóncavo y convexo. Macanor, que das fuego y vigilas los pies de las muchachas aunque ellas piensen que les miras las tetas, la falda; ¡qué bobas, qué ignorantes estas chicas, si lo que importa son sus pies, sus zapatos!

.-“¡Me has pisado otra vez!, ¿vas borracho, Macanor?”
.-“No, mi amor, tan solo venero tu empeine”.

Llega el verano, deleitaba Macanor

Llega el verano, se deleita Macanor


Macanor, que luchas contra la moda sin saberlo, contra la industria zapatera sin saberlo, contra los pies de gehisa, sin saberlo; Macanor, que buscas el calor de unas pantorrillas rizadas como un nido, como una ola virginal, unos pies cóncavos y ahuecados como una madriguera, una topera, qué delicia el calor de que me ofreces, guapa, tus pelos rizados son mi vida, lamo el rastro de ADN que olvidas en la loza cuando meas en cuclillas, como las muchachas decentes que no se descalzan ni se abren de piernas nunca antes de las 12.

Una vez Macanor tuvo una novia gorda de pies juntos y apretados y dijo nunca más, no hay manera, aquí no hay modo de engendrar una familia. Una vez Macanor tuvo una novia tan fina como una caña, un oboe, y la quiso sobre todas las cosas del mundo, más que a sus antepasados, porque decía “ohooooo” sin saberlo. Macanor le decía mi amor junta los pies, así, estate quieta, y aguzaba el oído y “ohooooo”, el halo furioso de la vida hacía oes desde la boca a la vagina de la novia del Maca; desde la vagina a los pies, y Macanor escuchaba muy atento y susurraba y hablaba con sus padres muertos y con sus hermanos muertos, aprovechando el túnel de milagros que dejan las amantes cuando huyen.

.-Aparta esos labios, mi amor, tus entrañas son mi ouija, te quiero porque me acercas a mi madre, con la que tengo no pocas cuentas pendientes.

El Maca siempre odió a las esteticiens porque afeitaban a sus chicas, las pintaban, las rapaban, “¿No les darán aceite de ricino?, pensaba el Maca (siempre malpensado), mientras esperaba a sus muchachas tomando cerveza en el bar de la esquina, el bar del Dani, y se entretenía, uno no es de piedra, venerando en silencio el claqueo de las muchachas en chancletas de playa. ¡Ya está a quí el verano!, pensaba el Maca.

@MarianoGasparet 2013 Prohibido reproducir sin permiso del autor

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