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¡Os quiero tanto a todas!

Hubo noches de placer y agradecimiento de su soledad. Hubo chicas, algunas chicas locas, golfas, putas, buenas chicas hambrientas y dúctiles como bacterias, como virus, como él mismo, pensaba. Mujeres que fueron únicas o prescindibles almas contra el aburrimiento de unas horas, mujeres contingentes con las que podría, sin embargo, haber compartido unos meses, unos años, o una vida incluso, porque si somos todos unos hijos de puta qué.

“Si soy una hija de puta qué”, le dijo una de aquellas mujeres de su vida a modo de resumen de su desamor a quemarropa, de su implacable modo de olvidar. Y Macanor no pudo más que confirmar que el amor es una eventualidad a veces necesaria, azar y biografía, biología también, dicen. Prevalece el instinto de la perpetuación, aunque los hijos de puta no deberían perpetuarse. Y opera la casuística fútil del tiempo y el espacio, aunque manda el deseo como una troqueladora que te hace viruta, si admites, que al menos hay dos tipos en tu cabeza, a veces tres o cuatro, devanándose contra las hoces del deseo.

Lucien Freud

Lucien Freud

Jan Saudek

Jan Saudek

Dónde vives, dónde trabajas, por dónde te mueves, la edad, la posición social son vectores, claro. Pero el azar es su mecano.
Algunas madrugadas, al volver de fiesta, cierta paz le sobresaltaba a tientas mientras daba vueltas en la cama.
¡Os quiero tanto a todas, chicas! ¡Sois tan lindas en mis recuerdos, tan amables todas, incluso las que ya no estáis, que sufro por vuestra lejanía con un dolor grato de ron y diacepam!, se decía en el centro mismo de su habitación y de su vida, a oscuras como boca de lobo.

Era tan largo el amor y tan corta la vida, y el sexo tan leve, que le resultaba fácil dar vueltas en la cama y pensar en ellas, en todas ellas, una por una, e imaginar cómo hubiera sido si aún estuvieran juntos, si pudiera acostarse con todas de nuevo, una vez más, dos veces. Por eso a veces estaba con alguna y se sorprendía, y se espantaba, de pensar que era de otra ese calor, ese olor, y se mordía los labios para no huir aullando en medio de la noche porque resulta muy complicado dormir con tantas mujeres a la vez.
Entonces Macanor las odiaba un poco a todas, chicas, porque es insufrible y cansado estar con tanta gente en una sola cama, y encendía la lamparilla, y resultaba que estaba sólo, y buscaba a tientas la cajita y hacía clic: “Ese amargor bajo la lengua sabe igual que vuestros besos, zorras”.

Entonces dormía Macanor a trompicones hasta que la luz de la mañana, o una pesadilla, o el ruido de las obras le zarandeaban, y se decía a sí mismo otra vez, otro día, me duele la cabeza y me arden la boca y el estómago con el fuego del infierno. Si el amor es contingencia, por qué duele. Si el amor es contingencia porque duele.

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