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Pobre Macanor: estrelló a su familia

Por M. Gasparet

No sin esfuerzo asumí algunos límites después de la marcha de mi primera mujer y de mi hija. El alcohol y la velocidad, por supuesto, pero principalmente una sensación de culpa y prudencia paralizante y sanísima, como recién brotada del pecado original. Para algunos puede que toda mi aflicción se resumiera en los escasos escrúpulos de un borracho que acaba con su familia y se ve en la tesitura de mantener, pese a los conocidos, que aquello sólo fue un accidente mal gestionado por una pareja en crisis. Que una niña mejora cualquier resumen de parte ante un juez. Que las mujeres en tensión son ágiles y astutas como zorros en batida. Que al fin y al cabo ella fue quien se marchó. Y que no hay segundas oportunidades cuando las riñas antiguas se confrontan con los pretendientes nuevos. Todas esas razones universales que conforman la pared con que unos y otros protegemos nuestra casa.

Es cierto que la culpa, aunque es siempre la carga más pesada, sólo me alcanzaba o me alcanza a ráfagas. Aunque me abate y me deprime nunca ha podido conmigo del todo. Al principio pensaba que era cuestión de mirar las cosas desde otro prisma más claro o menos rígido, menos sometido a las emociones inmediatas, más relajado; algunas copas y un buen sueño. A fin de cuentas no había por qué explicar nada a nadie porque yo me hallaba a solas en mi cuarto; a veces acompañado si había suerte, o si era a primeros de mes. Ahora, sin embargo, lo veo de otro modo más práctico, más inteligente.
Mi mujer y mi hija se fueron con un conocido después de que, tras muchas promesas a medio cumplir, de vuelta de una barbacoa, yo estampara nuestro utilitario contra el garaje sin mayores consecuencias inmediatas que un esguince en el tobillo izquierdo de la niña y una oportunidad renovada para discutir y retomar nuestra vieja guerra en una última acometida. Fue una tarde larga y preciosa de mayo. El cielo caía tibio tras los tejados como un gato que se posa displicente sobre el alfeizar de toda una vida, mi mujer y mi hija dormitaban en el coche acunadas por el ronroneo del motor y los neumáticos sobre el camino de grava, la noche refrescaba mi cara, y yo disfrutaba conduciendo. Pero toda aquella placidez se hizo añicos contra el muro de nuestro hogar, si bien nuestro matrimonio era ya una carrocería de hierros inservibles mucho antes del muro del garaje.

Aland Band, 1965

Aland Band, 1965

“¡No aguanto más, no aguanto más, no aguanto más!”. Esa frase, en agudos crecientes y desafinados como el estruendo de la trompeta de un gitano en éxtasis, me había perseguido como una avispa persistente mucho antes del accidente y aquella noche se cebó sobre mí hasta hacerme perder la cabeza y la consciencia. Ella y la niña se fueron en taxi al hospital más próximo. “No aguanto más, no aguanto más!”, decía como un loro. Decidí esperar en casa porque no valía la pena discutir y poner más nerviosa a la chiquilla, así que me quedé dormido.

En la distancia todo parecía claro como el agua. O como la ginebra. Una pareja de muchos años; los noviazgos largos no son buenos, decía mi padre; el deseo apagado como la última ascua de una fiesta a la que todo el mundo acudió por compromiso, un embarazo tardío, el cuerpo tantas veces conocido de ambos, las costumbres de un hombre educado en la bebida, su panza y su próstata.

En la proximidad, sin embargo, todo eran aristas y matices. Los sacrificios comunes, las renuncias, las celebraciones en familia, los cumpleaños de la niña, los deberes, los horarios, las clases de ballet, los campamentos, la comunión y su liturgia sin sentido para un no creyente, los amigos que se pierden de no tratarlos, el deporte dejado de lado por las obligaciones familiares, las inconveniencias de unas copas de más, las costumbres secretas, la privacidad, la invitación callada, por ejemplo, de las mujeres que pasean, la de veces que se renuncia a vivir otra vida siquiera unos instantes.
Ahora comprendo que los reproches se habían acumulado en una masa compacta como una piedra de sílex o una quijada de asno. Y que llega un punto en que todo está perdido y da lo mismo quién y cómo empezó la refriega, sino cómo acaba. Es decir, cómo acomodar la memoria para salir indemne de uno mismo. Y en esa tarea –que al fin y al cabo es el sino de los zorros en batida- no hay nada mejor que algún amante o que unos amigos recién conocidos o lo suficientemente educados para no ser demasiado exactos con los recuerdos comunes. También una familia determinada a perpetuar como un tesoro oculto e impreciso la memoria de la tribu. La memoria conveniente, claro, esa que confiere el nudo más eficaz a las ligazones de la sangre. En el caso de mi familia, por ejemplo, no mencionar el nombre de mamá, la amiga de los marineros, ni el taconazo con que papá decidió mudarse al lado más amable de la memoria colectiva, ni el gusto de mi hermano Tobías por pincharse morfina o Demerol en la pierna lisiada, ni los silencios recurrentes de Julián, el mayor de todos, su vacío permanente.

La primera vez que mis hermanos llamaron puta a mi mujer, lo recuerdo muy bien, me sentí incómodo, bebí y callé. Un poniente implacable ascendía del asfalto como una segunda respiración y la densidad del calor paralizaba el baile de las hojas en el campo de los chopos y despojaba de sentido a las sombras de los árboles. Yo les dije a mis hermanos que María se había ido con la niña a casa Eduard; al fin y al cabo un conocido de casa a quien Tobías juró matar alzando como una lanza su muleta antes de descorchar la segunda botella de vino. Mi cuñada Isabel, que es muy sentimental, se fue llorando a su cuarto y todos, excepto Tobías, permanecimos en silencio. Yo volví a agradecer en secreto que Isabel se hubiera enamorado de Tobías pese a su genio, su cojera y sus medicinas y dejé de pensar en María.

La segunda vez que mis hermanos llamaron puta a la madre de mi hija me sentí reconfortado y bebí. Volvíamos del juzgado donde el juez, la juez para ser exacto, le dio la custodia de la niña porque el abogado de María alegó que yo era un borracho irrecuperable: pidió una pericial toxicológica, echó mano de mi historial médico y contó incluso lo de mi ingreso en la clínica del Dr. Guido en Amsterdam. Yo no podía refutar nada de aquel juego sucio así que lo menos que podía era asentir cuando Tobías gritó puta nada más subirnos al coche de Julián. Al llegar casa Isabel volvió a encerrase en su cuarto mientras mis hermanos abrían unas botellas. Mi cuñada como he dicho no aguantaba la violencia y eso lo respetábamos todos, lo agradecíamos en el fondo.

La tercera vez que mi mujer fue llamada puta a causa de nuestro divorcio, y esa fue la última, era yo quien lo decía a gritos frente a la casa de Eduard con una botella de ginebra entre las manos que acabó estampada contra su ventana, como nuestro utilitario aquella tarde. María salió y me reprochó que hubiera despertado a la niña: nos gritamos un poco pero tan sólo recuerdo que luego Isabel y Julián me metieron en la ducha antes de acostarme.

Pero con el tiempo casi todas las heridas cicatrizan y uno aprende tanto como quiere de sus marcas de vida, sus hologramas cerrados o abiertos, sus mapas del alma. Yo, por ejemplo, un día comprendí que me llamo Macanor y que siempre, mucho antes incluso de haber conocido a María y de haber engendrado a la niña, he sido un desalmado. Tampoco tuve tiempo para otra cosa. Y esa enseñanza me acompaña desde entonces como una liberación. Mentiría si dijera que he dejado el alcohol, pero es cierto que no he vuelto a rebasar los límites de velocidad ni si quiera a conducir borracho. Es más, he aprendido a beber en estricta soledad porque conozco el límite de la prudencia, que es el reflejo que prefiero de cara a hacerme un hueco entre los hombres. Mentiría si dijera que he perdonado a mi ex mujer, pero digo la verdad si admito que, cuando la veo, cuando voy a por la niña por ejemplo, me allano en la puerta de la casa de Eduard y pienso que nos dimos unos pocos buenos años, unos pocos malos años, y que al fin y al cabo ha pasado tanto desde aquello que sería absurdo no admitir que María sigue tan poco apetecible, quizá menos, que la última vez que nos entregamos a un amor ya domiciliario: la pasión a partir de los siete años de convivencia es ingenuidad, droga o adulterio; esta es una de las verdades que me ha concedido la prudencia. Mentiría también si afirmara que no tengo nada de qué arrepentirme, si bien es tan imprecisa y tan larga mi sombra que me he acostumbrado incluso a querer en pequeñas dosis mis defectos; de otro modo no hallaría el modo de soportarme. También mentiría si suscribiera la verdad que sobre todo este asunto de mi vida con María y con la niña mantiene a pie juntillas mi familia, pero no soy quién para importunar con mis matices y recovecos de beodo veterano la fraternidad de los míos, su ayuda y su cariño. Tobías no mató a Eduard con su muleta, aunque quizá en este punto ha sido más cosa de la casualidad, nunca se han cruzado, que de la determinación y el genio de mi hermano. Eduard se porta bien con la niña, la lleva a ballet y al instituto y le paga los cursillos de verano. Julián me ha duchado alguna que otra vez pero es reservado y lo suficientemente inteligente como para no remover ciertas equivocaciones porque sólo le pace disfrutar de su sobrina y no tener que ducharme demasiado. Isabel no ha vuelto a llorar por todo esto, aunque otra cosa muy distinta y dilatada es su vida con Tobías. Y yo pienso que las cosas están bien así, con un poquito de culpa y de prudencia por mi parte. La suficiente como para sólo beber agua o refrescos cuando como con la niña, o si asoma mi cuñada.

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