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Macanor pasea con su hijo

Él era un hombre, un hombre como tantos, se arreglaba un poco, cogía el bus, iba al trabajo, abrazaba los periódicos del día después de besar a su mujer y hacía paseos largos los fines de semana. Bebía cerveza hasta coger el sueño, se afeitaba y hablaba consigo mismo despierto y a veces también en sueños.

Se hablaba a sí mismo y a veces se rascaba el antebrazo o miraba el reloj mecánicamente, sin intención, mientras el sol se ponía, mientras amanecía. Por dentro es difícil comprender por qué un hombre, una mujer, se entregan o emprenden ciertos tics, ciertas manías; quizá de niño, quizá sus padres. Su aspecto físico no llamaba la atención, su mundo interior quién sabe. Había sido tantas veces sometido al escrutinio de psicólogos, psiquiatras, barmans, echadores de cartas, charlatanes, rufianes, dietistas, monitores de gimnasio; los amigos le decían no te comas la cabeza, ponnos otra. Ponnos otra.

Pero si pensaba en sí mismo; si pensaba en sí mismo aparte de los años, del trabajo, de su mujer, del nene, cómo quería al nene, él no era nada; tan sólo dos, tres palabras, al principio era el verbo y el verbo se hizo carne, cuando se miraba en el espejo, al orinar, al regreso del trabajo. Heroína. Cáncer. Ictus. Tres palabras.
Nunca fue heroinómano, nunca sufrió un carcinoma, nunca conoció la frontera que separa este lado de la vida de la zozobra de un infarto cerebral. Pero esas tres palabras dieron luz a sus obcecaciones, a su insomnio, mucho antes de que tuviera conciencia de sí mismo, antes de su mujer, antes del nene, porque muy a su pesar adivinaba el futuro. Las admoniciones. De niño adivinaba. Ahora solo veía el porvenir si bebía o se ponía.

Por ejemplo, un adulto con muleta y guantes, la comisura de los labios un poco desvaída de un vecino, una mujer con pañuelo, un chico o una chica imitando a un ángel caído a la puerta de los cines: hallaba señales donde la mayoría veía inválidos, chicas árabes, vecinos rígidos en un ascensor, mendigos, qué sé yo.

Escalera interior, A. Teruel

Escalera interior, A. Teruel

No le gustaba el dolor, prefería la cerveza y un paseo con el nene. Ven, mi nene, hace frío. No se regodeaba en el dolor, ni exigía un tributo por conocer cierto ángulo del dolor, como afirmaron quienes un día dijeron que le amaban, o como le insinuaban incluso sus seres queridos de ahora con ánimo revocatorio; como afirmaba el doctor con celo terapéutico. Ven, mi nene, que te ponga la chaqueta, mi nene.

“La vida es como un caballo que a veces se resiste, que quiere volver a la cuadra, o que quiere parar a comer o a buscar a una hembra en celo, tú has de embridarlo y llevarlo al presente, al futuro inmediato, vive el presente, y toma anafranil, deprax, fluoxetina, alprazolam, conduce tu al caballo que llevas dentro”. Y él agradecía y comprendía estas reconvenciones, y las compartía, e incluso sonreía al terapeuta la metáfora del caballo mientras recogía las recetas. El caballo es un animal fuerte y frágil, pensaba.

Le entristecía hasta la estupefacción o la ira que el lógico y sano empeño de pasar página y mirar hacia adelante requiriera levantar un muro de piedra cuando la verdad desagradable asoma. No cojas eso, nene, no.

Y más aún le irritaba el statu quo de la piedad: una persona con cáncer es digna de compasión; una persona con sida también pero no merece el mismo aprecio si le han contagiado en un hospital o “si se lo ha buscado” por yonqui o por maricón; un toxicómano que no supera su vicio, su enfermedad, tampoco se merece demasiado porque ha dejado pasar “tantas ocasiones y oportunidades” de rehabilitación, etcétera, etcétera, etcétera, hasta las profundidades abisales de los postres en familia, bla, bla, bla, exhibía su bondad una camada de lobos, una plaga de langostas, una plaga de…
Amén. Vamos, peque, tú no serás así, mi peque.

No pensaba en estas cosas desde el púlpito de las buenas intenciones, sino en un paseo con su hijo por el río, o mientras le ponía la ropita, lo lavaba. Pero intentaba ser coherente. ¿Cómo serás tú, mi nene, tendrás mi demonio dentro, mi amor, o serás fuerte y lista como mamá?

Bañaba al nene y recordaba a su hermano en el lavabo. Había compadecido el dolor de la abstinencia, el lacrimeo, la diarrea, el hambre extrema en todas las células del cuerpo, en los rincones del alma, en su hermano, en sus amigos; luego en mucha gente. Ven, mi nene.

Vio a las mejores mentes de su generación… ¡No, no, no, Allen Gisbert, viejo marica!

El gran Ginsberg en pleno vuelo

El gran Ginsberg

Vio a personas a las que amaba perder la salud, perder la autoestima y ganar por merecido el desprecio de la masa que bebe y miente y engaña y se cree con derecho a juzgar, mientras aquellos otros, siempre aquellos otros, perdían peso y perdían la dignidad, esa cualidad de la reputación. Sí, mi amor, qué gustito el agua caliente.

Nunca se hubiera ocupado del tema (o quizá sí) de no haber caído su hermano: el nene era idéntico a su hermano. ¿Pero quien era su hermano? Un supermán rubio de ojos claros, con taras, defectos, como él mismo, como cualquiera de nosotros. Como tú y como yo. Pero no como el nene, eso no, ¿verdad mi amor, que tú no?

Pero, pero, pero… en el trayecto de su hermano hacia el último abandono y hacia la muerte conoció en él unos grados de generosidad, de estoicismo, de llana alegría y humor sencillo y de amor y empatía sin aristas que no había visto, ni por asomo, en muchas de las personas que se tienen por sanos, sensatos. Y juzgan.

Bajemos a tierra, pongamos ejemplos reales, recordaba mientras paseaba con el nene, mientras bañaba al nene, lo vestía, lo dormía.
¿Te llevarías a un mendigo alcohólico desconocido a casa, o seguirías tu camino? ¿Asistirías a un desconocido en medio de la calle que tan solo balbucea la policía no, la policía no, o lo dejarías vomitando en una acera? ¿Te enfrentarías a un hombre enajenado, fuerte, negro, musculoso, iracundo, incontrolable, que amenaza a unas muchachas o seguirías de largo? ¿Acompañarías a la calle a un borracho que se ha hecho encima, al que no conoces, y al que van a tirar de un bar de malos modos, o simplemente registrarías el grado de mala leche o de mano izquierda del camarero?

Su hermano, que perdió la autoestima y la salud –llega un momento en que el juicio de la tribu es lo de menos— siempre optó, él lo vio, por la opción difícil. A cambio de nada. Porque estaba un poco loco , quizá. Y pensaba (Nene ven, cuidado con los coches) en acciones concretas con su cuota de riesgo, de peligro, no de ruegos, o deseos, o conmiseraciones. Mi nene.

Es cierto que él también se acercó a esa orilla, el lado oscuro de las enfermedades (patología dual, dicen) en gran parte por su hermano. Algo que no debía conocer el nene, mi nene. En su hermano supo grados de bondad, depresión, amor, desprendimiento, inocencia y vulnerabilidad que no advertía en muchos de quienes sentencian y olvidan a un enfermo, a un yonqui, con rotundas conclusiones sobre la voluntad, la decencia, las oportunidades.

¿Y qué pensaría su hijo, qué pensaría el nene, que nunca conoció a su tío y que en él veía al padre, antes que al hombre de todo aquello que nunca tuvo entre las manos, porque no conoció a su tío, porque eran personas distintas?

Él prefería la supervivencia a los guardianes, los justos. Se abrió paso in el mezzo del caminn di nostra vita per una selva oscura ¡Oh Dante, mi nene, Dante! Pero ahí estaban la heroína y el cangrejo.

Un cangrejo al vuelo

Un cangrejo al vuelo

El cangrejo. Un cangrejo se llevó a su madre, que era rubia y bella como los ángeles; como el nene. Un cangrejo se llevó a su padre, que era moreno y fuerte como Robert Mitchum, y hablaba seis idiomas, y saltaba a la comba como un superwelter con un solo riñón. Un cangrejo se llevó también a su hermano, que adivinó que tenía un tumor en la vejiga oyendo un programa de radio. ¿Es gracioso, verdad, es curioso? Supo su diagnóstico por un programa de radio: así se lo dijo a Macanor.

Mejor que no conteste el nene, que corre ahora en el parque tras los perros: le encantan los perros, como a su tío, como a él, en esto se parece a mí, mi nene.

Le había pedido al médico que no siguiera por ahí. Por supuesto que temía al cáncer sobre todas las cosas, porque en el cáncer, en los detalles del cáncer, el barbero en casa, la peluca rubia, el silencio de una cabeza de corcho, porque el corcho dura más que las personas, que los vómitos, que el vientre hinchado, que la morfina, solución 2%.

Él era cobarde y temía al cáncer mientras jugaba con su hijo a la pelota en el parque y decía, chuta nene! ¡Vixca el Barça!

Él era un hombre que contaba los años hasta cumplir 49, 45, cuando murió su madre, cuando a su madre le detectaron un tumor, mientras jugaba con el nene y pensaba mi hijo cumple seis años en octubre. Y se apiadaba de las mujeres que jugaban en el parque con un pañuelo y sonríen a los niños, y esa piedad le hacía recordar y ruborizarse un poco.

Pensaba primero en el nene y pensaba en el porvenir de esos otros niños con los que jugaba el nene, esos niños a los que aguardaba un dolor inmenso porque sus madres se cubren la cabeza con un pañuelo aunque sean jóvenes y guapas.

Aunque la reproducción de células muertas no tenga nada que ver con la bondad o con el aullar de los cachorros en la noche, en los bares, en los tragos y en los váteres donde ahogarían un rato el leve pero intenso recuerdo de su madre en el parque, muchos años atrás, cuando un hombre con barba derramó una sonrisa y declinó los ojos como para firmar una condena a muerte, ven hijo, se hace tarde, vamos a comer que mamá espera.

Una peluca es para toda la vida

Una peluca es para toda la vida

Y esa debilidad, un cáncer no convierte a nadie en bueno y piadoso, le acompañaba cuando andaba solo, cuando no dormía, cuando besaba al nene y a su mujer, a sus sobrinos, cuando bebía con su hermano, cuando corría, cuando escribía, cuando soñaba pesadillas que le hacían despertar de terror: el doctor le pedía que embridara esa cuadriga, anafranil, deprax, alprazolam.

También estaba el ictus, la paz de un ictus, el infarto cerebral y su boquita tronchada, y los guantes, la muleta, el carrito, las ganas de llorar, esa vuelta a la infancia, esa carga para los familiares; cada uno tiene lo suyo, le decían. No quiero la paz de un ictus ni mi cuerpo atravesado en una cama, ni que me tomen la tensión y digan no, no, no, como dijo el tío Paco aquella mañana en que lo vio llorar, aquella mañana en que aprendió a tomar la tensión.

Ahí, ciertamente, comenzaba otra parte fea, una parte tan horrible, tan fea, porque se mean, porque levantan la manita como quien pide permiso para hablar, porque no saben lavarse, porque sonríen con una mueca, porque necesitan los mimos de un bebé, los mimos del nene, porque son machacones y egoístas como el nene, porque algunas veces mueren solos mientras sus hijos beben o fuman o ríen con amigos a muchos kilómetros de distancia.

Cómo explicar sus obstinaciones si el nene reía o tenía sueño. Ahora un Padre nuestro por que la senda de la vida le aleje para siempre de esos puertos, amén. Por que el nene, su hijo, no se le parezca en nada, amén. Y también por mostrar, dejar constancia, de su desprecio profundo a quienes, en la fortuna de su ignorancia, por no conocer el dolor se creen inmunes; y juzgan. Ya os tocará, cabrones.

Sí, él era un loco, un drogadicto, un alcohólico, un insomne, un memoralista
y un perro leal a todas las voces que le hicieron. Un perro que no olvida.
¿Eres rencoroso?, le preguntó el doctor. Siiií, mucho, contestó. Y el doctor rió porque los pacientes mienten, pero él a veces dice la verdad.

Su nombre es Macanor y adivina el futuro. La primera vez tendría cuatro o cinco años: su hermano arañaba la tierra como un perro para recoger una insulina al otro lado de una puerta de madera vieja pintada de blanco.

La segunda vez tendría diez o doce años, y vio a su padre, que era el hombre más fuerte del mundo, muerto. La tercera vez renegó de sus sueños feroces y soñó con muchachas desnudas en una playa de arena fina, blanquísima: aún esperaba ese momento mientras daba de merendar al nene.

Su nombre es Macanor y no es un hombre bueno salvo contadas excepciones: ama a su mujer, ama al nene sobre todas las cosas, ama a sus hermanos, da limosna, ama a los perros y a los pájaros y colecciona imágenes de santos y de vírgenes, de crucificados, colecciona historias que pertrechan su sentido del tiempo y el espacio: combustible para la transmigración de las almas y los cuerpos, piensa. Es un místico incluso cuando va sobrio.

Él era otro tantas veces, que no recordaba el primer día de su existencia. Sabía que estiraba los pies en un sofá y pensaba esto es mío, como quizá piensa el nene cuando duerme. Su abuelo le amaba, sus padres le amaban, sus primos y hermanos le amaban. Él desconocía el significado de las palabras heroína, cáncer, ictus. Y el nene no había nacido.

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