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Marcelín 9595

Si la infancia es la patria de todos los hombres, la patria de Marcelo Lara 9595

Marcelín era una lámpara de ocho brazos y cuatro metros de diámetro a la

que dejó manca de una pedrada. Los tramoyistas de Teatro Chico del Mundo

levantaron la piel del culo a Marcelín, que vistió faldas, durmió boca abajo y

comió de pie tres semanas y tres días. La lámpara mutilada de ocho brazos y

los ocho brazos como garras de los cuatro hombres que se ganaban el vino en

Teatro Chico del Mundo persiguen a 9595 desde entonces.

Fueron muy sañudos aquellos tramoyistas, grabados a fuego en la memoria

tan ladina de Marcelo Lara Marcelín. A fuego la lámpara y el chasquido

campanudo de la pedrada. A fuego el escarnio de una falda.

Mi familia

El chiquillo fue el despojo de la única mujer que pisó Teatro Chico del

Mundo, una gitana barbuda y desnaturalizada que saciaba a aquellos hombres

tan primarios y que murió de gripe o se fue sin más –nunca supo esto

Marcelín- a los pocos meses de dar a luz. La criatura compartió con la cabra

Princesa, el perro Tarzán y la mona Elisa las bacinillas y desperdicios que

generaba la carpa ambulante. Marcelín sólo recordaba los nombres de las

bestias de su niñez, que las pulgas y las garrapatas, las sarnas, los lametones,

los mordiscos y las cornadas quedaron eclipsados para siempre por la lámpara

de ocho brazos mutilada y la brutal paliza. Más allá de estos recuerdos

candentes y deslavazados, Marcelín no tuvo infancia ni adolescencia ni nada.

Simplemente se convirtió en el expediente 9595, despojado de una memoria

ordenada, de un pasado. Un número y un nombre empeñados en mudar una

lámpara manca y ocho brazos de estibadores enfurecidos por cualquier otro

pedazo de existencia al que poder asirse. Marcelo Lara 9595 Marcelín quedó

varado para siempre. Rememoraba su naufragio día tras día, hora tras hora,

sin más horizonte que una pared desconchada llena de fotografías obscenas

y una ventana enrejada. Marcelín, ya hombre de 28 a 30 años, escrutaba en

los desconchados del cemento, en el robín viejo amigo de puertas y barrotes,

en las bandejas metálicas del comedor y hasta en las mujeres anónimas que

le ofrecían su lasciva orografía de papel couche, un indicio, un apunte, un

remedo de vida que le cambiara la patria de ocho brazos de su infancia. Pero

nada. El ruido de los cubiertos sobre la vajilla de metal le sugería el chasquido

de la piedra sobre la lámpara. Los brazos de los celadores y hasta los de sus

compañeros de celda no eran más que burdas copias de aquellas garras que

le sacudieron tigremente. Los barrotes de las ventanas eran brazos cortos y

mutilados de lámparas apedreadas. Las batas verdes o blancas de celadores

y enfermeras eran la bufa de un niño travestido. Todos los nombres eran

Princesa, Tarzán o Elisa, además del suyo propio, Marcelín.

Descanso, descanso, descanso

9595 resumía su vida entera con la lámpara de ocho brazos y la pedrada

caprichosa y definitiva. Al margen de aquel suceso, Marcelín confirmaba

la esterilidad y el vacío. No había antes. El después quedaba reducido en su

memoria a la estela de aquélla lámpara, aquélla paliza, el dolor, el pantalón

hecho trizas, la falda. Luego estaban las risas de aquéllos hombres que sólo

eran brazos como garras y que le obligaban a bailar junto a la cabra Princesa,

vestida de gitana; junto a la mona Elisa, vestida de futbolista . Y un día, él,

Marcelín, escondido sobre la lámpara. Y los brazos forzudos alzando botellas

de vino y naipes allá abajo. Y él, 9595, temblando con un cuchillo entre las

manos. Con mucho miedo aferrado a la cuerda de pita que apenas se inmuta

cuando agita el cuchillo con todas sus fuerzas. Y el sudor empapándole la

camisa raída y la falda. Y un dolor muy intenso en las manos, en la espalda,

en las muñecas que le queman. El cuchillo ardiendo del roce sobre la cuerda,

de la presión definitiva de sus manos de niño. Y al fin un quejido en lo alto de

la carpa y los hilos de pita bailando en circulitos veloces justo en el momento

en que todos dejan de reír y miran hacia arriba. Y su infancia entera, él y la

lámpara mutilada, precipitándose desde lo alto de la carpa sobre aquellos

hombres de los que sólo recordaba sus brazos. Muy gruesos. Muy feroces.

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