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María Di Vaggio

Tus labios ofrecen el mismo mirador, un precipicio de secretas oquedades donde crecen, junto a tu hierba, mis ojos. Liban en tu pubis ociosos los insectos, esos holgazanes en chándal a los que desprecio sin reservas, con un odio desmesurado para su tamaño de hombres jóvenes, que apuran sin saberlo los dos o tres únicos años de brillo de su destino de mocitos sin miedo a nada, sin nada, su menguado destino de cretinos inocentes.

Pero cuando te veo ahí riendo, vaqueros ajustados, sorbiendo una lata de cocacola y pidiendo fuego en los billares, celebro pese a ellos la alegría de encontrarte. Y reparo en tu culo, en tus caderas, en tus senos apretados, tus botones, bajo el suéter. Qué jolgorio el destello de tus ojos negros, tu apellido, Di Vaggio, montaña transalpina, o húmeda selva, río desatado, o lago vinoso una tarde en Firenze.

Quisiera ser John Rowlands Stanley, o el mismísimo Mr. Livingston, para recorrer a sangre y fuego todos los poros de tu cuerpo y no dejar virginidad alguna por hendir, mi Congo.

Son ensoñaciones mientras fumas y hablas con los chicos, Maria Di Vaggio, porque aunque me muero por ti apenas nos saludamos cuando coincidimos a el patio y yo sonrío porque tu presencia me arrebata. Tú, tan simpática, tan hermosa, abrazada a un portafolios con la foto de Leif Garret, me regalas la dulzura de tu idioma: “¡Ciao Gasparet, il mio caro compatriota. Tu hi gli occhi piu tristi dell’istituto!”.

Eres tan linda que yo sólo alcanzo a esbozar un Hola Di Vaggio mientras te deseo con los ojos más tristes del mundo. Luego en clase te miro la nuca, te beso la nuca, los hombros, tu cabecita volcada sobre el pupitre mientras escribes, o si alejas la mirada en algún punto de tu vida, de Italia, qué sé yo.

Desearía estar dentro de tu cabeza y dentro de ti, y por eso leo a trompicones la Storia e geografia per la terza classe elementare de Tommaso Filippi (Marzocco, 1946), a hurtadillas en mi cuarto, Di Vaggio, mientras mis padres duermen. Tapo la rendija de la puerta de mi habitación con la ropa para que la luz del flexo no me delate si aprendo italiano en secreto, Di Vaggio, para un día contestarte, Ciao bella, arriverá la morte i avrá e tuoi occhi!

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