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Metamorfosis en los parques

Es fácil identificarlos por los hombros pesados y la escalera de caracol a ninguna parte de las cervicales. También por la cabeza quebrada sobre la nuez batiente al trago y la saliva y por la piel cuarteada a cielo abierto, ennegrecida. Se reconocen porque fuman a bocajarro ante el pelotón de fusilamiento de los bufidos de los coches y de las miradas inclementes de los niños en el parque; porque todos fuman como un grito, como quien concluye un jugo mordiendo la pajita, y saben guardarse un pitillo en el estante de la oreja y hacer con las manos una chimenea huesuda y hollinada para encender el cigarrillo antes de decir gracias a mamá. Cuando duermen a plena luz, o se cubren con una manta muy gruesa a pleno sol, o beben lentos tetrabriks de sangría o vino blanco, o aguardan el final de setiembre con las piernas cruzadas en un banco –parecen pajaritos enfermos sobre sus perchas, dije, y mamá celebró la ocurrencia y me compró un helado- te sacan la lengua y te guiñan un ojo y te enseñan la rejilla rota de los dientes, si te atreves a mirarlos. No queda otra que batir los pies y alzar el vuelo confundido entre las palomas de la plaza, o buscar el hueco de las piernas de mamá, que lee una revista en los bancos de piedra que hay junto a la fuente o toma coca light y papas fritas en una terracita: parecen felices de tu huida y ríen a viva voz para que los oigas, y otra vez te sacan la lengua y te guiñan un ojo.

Si piden junto a la catedral corren el riesgo de quedar momificados con la bacinilla a modo de saludo, o con la flauta lánguida como una lanza después de la batalla. Entonces los empleados municipales siguen órdenes precisas de los técnicos en restauración y, sin que nadie los vea, los colocan en fila india junto a las ojivas del pórtico, con los apóstoles. Cuando se cansan de pedir, o si ya está ocupada la puerta de la Basílica, o si no cabe una aguja entre los santos leprosos de la catedral, vigilan escépticos el orden calendario mientras aguardan en los bancos que pases para guiñarte un ojo, si te atreves a mirarlos. Los que se muestran rezagados o son renuentes a la momificación igual se convierten en perros, y terminan sus días en una cámara de gas municipal, que se desintegran sobre el enlosado de mármol en menos de un segundo. Por eso hay una cazadora, una bolsa de ropa o un carrito abandonados en medio de la calle o en un parque, junto a un rastro de colillas, salivazos y una botella de cerveza (medio llena): ahí estaban.

Ilustración de Pablo Corbacho

Puede que se acerquen y flauteen (¡como canarios enfermos, mamá!) uno-dos, uno-dos, y extiendan una mano sucia y arrastren una bola enorme imaginaria y entornen los ojos, can-sa-dos, por el peso de la bola. Mamá les da un cigarrillo o mira hacia otro lado porque ya no los ve, porque están a punto de desaparecer, porque les ha llegado la hora y puede que dejen ahí mismo sus cosas, a nuestros pies la flauta, las botas sin cordones y un eco casi imperceptible, uno-dos. Mamá levanta la cabeza pero ya no están, es tarde, desaparecieron para siempre, despistada.

Los hay que duermen en literas de hormigón bajo los puentes, en el culo de los puentes, ocultos a la tarde y a la luz, sólo una tos seca o un gruñido que despide una pavesa como una estrella fugaz contra el suelo, mientras tú recorres el río en bicicleta, o paseas muy cerca de mamá porque nunca se sabe qué puede haber en la oscuridad de los puentes a la tarde, mucho peor si anochece. Éstos se niegan a mejorar los pórticos catedralicios con paciencia de apóstoles de barro y se niegan a desaparecer deshilachados en la plaza si les niegas un pitillo. Tampoco quieren tocar la flauta, ni arrastrar pesadas bolas invisibles, ni saludar con una bacinilla y una estampita de la virgen; son muy rebeldes -es la vida que han elegido, dice mamá- y aguardan en sus literas de hormigón, entre las columnas de cemento y el suelo de los puentes, boca abajo, muy atentos pese al frío y la humedad que les hace toser. Si pueden, si mamá anda despistada o paseas desprevenido, te raptan, y te encadenan a una bola imaginaria, o te venden a los restauradores de iglesias, o simplemente te cambian la suerte y ellos salen a la luz en bicicleta o paseando muy cerca de mamá como si nada, y aprenden a responder tu nombre, y a vestir tu ropa y a mirar tu espejo y a batir los pies y salir corriendo cuando tú, que no soportas la humedad y temes la oscuridad bajo los puentes, ya en la plaza, les guiñas un ojo, les sacas la lengua, les sonríes. Mamá no logra descubrirlos y eso te hace reír a bocajarro, mientras ellos te miran resguardados tras las piernas de mamá.

Diálogo

  1. Miguel dice:

    Me gusta mucho Mani

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