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Nada pudo saber de la otredad

Por Mariano Gasparet

A Macanor le costó mucho intuir la otredad porque el mundo comenzaba en sus ojos como una prolongación de sí mismo, un espacio más o menos conocido como algunos músculos, como aquellas fotos de la cómoda en que siempre Macanor. El mundo era como una enorme habichuela en algodones, donde germinaba el acatamiento de sus anhelos y querencias, su presencia. Ocurría con Ma, con los juguetes, con el abuelo, más tarde en el patio del colegio, luego en sus amores; incluso al médico ordenaba Macanor la prescripción de sus pastillas y el médico obedecía como Uma, aunque cobraba 85 euros la hora.

-“Ahora esto, ahora aquello, ahora me han dicho que tal cosa va muy bien contra la impaciencia de vivir, doctor”
-“¿Qué más desea Macanor?”
-“Oh nada, doctor, quizá un poco de colirio y un colutorio mentolado”.

Life, (desconocida)

Life, (desconocida)

De pequeño se estiraba en el sofá para tomar posesión de sus confines y decía el sofá soy yo. Luego Macanor fue la habitación, el pasillo enorme en su extensión, la terraza cercada de macetas con geranios y claveles, Uma, los canarios y sus padres y hermanos y Ma y hasta sus vecinos horribles, que eran algo así como un despojo de sí mismo, como sus pañales mojados, como su mierda o su aborrecimiento. Sus padres y profesores, los curas y las monjas, le intentaron inculcarle el sentido de la colaboración, de la caridad y de la virtud de compartir entre otras virtudes discutibles. Y Macanor comprendió de inmediato que la otredad era una derivada de la posesión. Que la piedad era una expresión de su sola bondad, un capricho celebrado por quienes se dicen otros. Que compartir, en definitiva, era una táctica de la voluntad en el hambre de su expansión. No encontró más que la ratificación de estas leyes naturales durante la infancia. En el colegio y el instituto supo de la violencia y la cólera como tácticas de la consecución; algo por otro lado aprendido en casa gracias a la correa de papá o a los ataques de ira del loco de Tobías, el cojo. Su querido hermano Tobías le enseñó sin saberlo que cuanto abarcaba el movimiento circular de sus muletas era suyo por derecho. Con sus amores descubrió que él, Macanor el memorialista, el hermano de Tobías, el hermano de Julián el taciturno, de quien aprendió que el silencio y la tristeza le pertenecían por entero pese a su abundancia, el pequeño Maca, cuñado de la dulce e inalcanzable Isabel, el hijo de la innombrable Coralia, la amiga de los marineros, era un vampiro de almas porque el alma es el pasado y qué mejor posesión que la de los recuerdos de sus amantes y sus novias y sus mujeres y sus seres queridos, hasta la extenuación de sí mismos en su última entrega, hasta la dominación de cuanto hay de infinito más allá de la boca, el ano y la vagina. (No le digas nunca no a una chica que te ofrece su culo o tendrás una enemiga tan tenaz que te atacará en sus sueños mientras viva, aprendió de un marinero junguiano Macanor).

-“¡Eres egoísta Maca!”, le decían las monjitas en el cole.
-“Porque soy; putas monjas”, mascullaba Macanor, para quien la palabra egoísmo se le hacía alga o madeja al arbitrio de una resaca extraña: el despojo de la mediocridad como pronunciación del mundo en su leve resistencia a ser deglutido por su sola voluntad.

Ma siempre fue suya, no hubo con ella el descubrimiento de la devoración. La perseguía de noche y de día y ella cumplía sus deseos y ampliaba el horizonte de su avides, la dulce Ma; se le colaba en la cama, rezaban juntos, entrenaba su destino de memorialista con las confesiones de Ma, su letanía, mientras sus tíos bromeaban con el miedo de que un día se marchara para siempre; antes del ictus, antes incluso del último beso de Coralia.

-“¿Dónde está Ma, dónde está Ma?”, suplicaba descalzo el pequeño Macanor, perdido explorador en el pasillo, en la terraza.
-“Se la ha llevado un perro en la boca”, le decían sus tíos; de quienes comprendió el miedo como broma y regocijo.

Su madre, Coralia Oñur Gay, fue suya hasta que un día se la tragaron las aguas o el humo de un vapor y papá decidió que todos habían de ser castigados mientras Maca leía en el arcoiris que el gasoil deja en las aguas el destino de su madre. De ella aprendería el milagro liberador del desprendimiento como otra forme perfecta de la voluntad, y también el recelo hacia los propios sentimientos: ¿qué es el amor sino una derivada de la complacencia?

Con Uma conoció la satisfacción del sometimiento; “Haz feliz a tu estirpe reclamando su obediencia”, le decía Uma cuando le daba la patita a una orden, cuando se acostaba si él se lo pedía, o si iba corriendo por el parque de los chopos tras una piña o una pelota de tenis, más allá donde el romero prende la tarde de un vaho violeta.

Papa lo instruyó en la ira y en el milagro del cuero restallando en las paredes explosiones de alcohol y furia y frustración; su última lección fue la liberación de la carne con un solo golpe de tacón y una viga y unas pocas arcadas: es falso que los ahorcados eyaculen, aunque algunos se mean y se cagan u olvidan sus zapatos y se burlan del mundo con su lengua morada.

Jill Kinmont a orillas del Puget Saud, 1964, por Buek Uzzle en Life

Jill Kinmont a orillas del Puget Saud, 1964, por Buek Uzzle en Life

De su hermano Tobías supo que el cielo era un pentagrama o una batería y sus muletas las baquetas primordiales de la avidez, también una extensión incongruente pero firme de la dulzura de su cuñada Isabel porque hay premios como castigos, arbitrales pero implacables.

Su hermano Julián le mostró una prudencia tenebrosa y la nostalgia de lo no vivido, que es el más eficaz acicate de la avidez, el más legítimo egoísmo.

Si le pertenecían todas las cosas de este mundo, si de su familia adquirió todos los ángulos de la pulsión, si de su perra constató la felicidad en la obediencia, si del amor quiso el hambre hecho carne y alma, ¿quién pudiera recriminar a Macanor que su voluntad y egoísmo sin rieles, redondos como bolas de plomo, aplastaran la esperanza y la enormidad de tanta gente en su camino hasta convertir la sonrisa más pura en un charquito de lágrimas y un barrizal de desconfianza hacia las palabras y la sombra de los hombres? ¿Quién podría reprocharle pues al Maca que el conocimiento de la excrecencia prendiera de una terrible humedad la espalda y la nuca y los riñones de sus seres queridos hasta hacer del mundo una sola glaciación donde el corazón palpita, automático, su pulso de cazador solitario?

Diálogo

  1. Cándido dice:

    Dolorosamente trágico pero me gusta tu estilo.

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