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No interfieras en problemas ajenos

(16 de octubre de 1986, de Cuadernos del mejor hombre del mundo. Nota: la caligrafía es distinta pero el estilo y las imágenes son habituales, de lo cual cabe interpretar que alguien escribió al dictado. Algunos coetáneos hablan de una gran pelea con heridos y detenidos. Imposible saber qué ocurrió. El título encabezaba este texto).

Hay hombres como el barro, dúctiles, húmedos, sucios. Andábamos sin demasiado interés hacia una fiesta en la Playa La Colonia: puestos de hippies, barras de plástico, cervezas calientes, chicas jóvenes de piernas largas como algunas olas que desaparecen. Una bestezuela nos seguía a algunos metros. Cara cetrina, manos nudosas, ojos inciertos y fijos como el plomo, hombros fuertes, bajo y chaparrón. El Chema lo trataba con la displicencia de los kie: “El talego los hace así, les da esa forma de andar, esa mirada”, decía menospreciándole. El chico guardaba la distancia, todos sus poros confirmaban el diagnóstico: era un taleguero, su mirada, su forma de caminar, el rictus de la mandíbula, sus brazos combados y oscilantes eran producto del confinamiento, del patio, del comedor. Pero el peligro andaba al frente. Un tipo gordo, sin cuello, sin edad, sin futuro, un tipo con una cuenta pendiente. El Chema fue corriendo a por él cuando el Mejor hombre del mundo hizo un gesto: “Es su problema, no te metas”. No hay que interferir en los problemas ajenos, se complican y a menudo se hacen propios: se complican y te alcanzan.

Friedrich Wilhelm Murnau

Friedrich Wilhelm Murnau

En un minuto, en unos gritos, comenzó la pelea. Las posibilidades eran golpear al gordo, intentar separarlos o desentenderse del todo. Intenté coger un palo para darle en la espalda, para tumbarlo, para dejarlo KO cuando un pastor alemán se abalanzó sobre mí porque creía que quería jugar. ¡Es absurdo, es ridículo; mi amor por los perros otra vez, mi amor por los perro!
Un grupo de quinquis entró en escena y la tensión se redujo insospechablemente. Un gitano me miró y yo me preguntaba si era mejor atizarle o esperar. Sentía miedo e ira. El mejor hombre del mundo bailaba en la orilla. Era más guapo que David Bowie. Mucho más. Vestía un mono de cuero marrón muy ceñido, era delgado y fibroso, la piel relucía sobre los músculos, el pelo le brillaba, disfrutaba, baila, me miró y sonrió. “No te creas nada de esto, es pasajero. Yo ya estoy al otro lado”, dijo. Hinqué las rodillas en la arena. ¿Por qué te fuiste? “No te creas nada de esto, es pasajero”.

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