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Para los iconoclastas

(Por Rebeca Yanke)

Limpié sangre del suelo sin saber que me pertenecía,
ni siquiera pensé que aquello fuera de origen humano,
soy tan prosaica que creí que se trataba de tomate
de vete a saber cuándo.

Después encontré el origen del brote, sorprendida,
y me maravilló que sangrara tan poco esa piel de mi pie,
el rasguño era tonto, y no dolía.

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Me abrumó esa ausencia de dolor
y recordé otras heridas.
Me palpé las minúsculas cicatrices de mi muñeca derecha
volví a avergonzarme de su nacimiento,
la única vez en mi vida que mi mano se convirtió en puño
y crujió cristales, que nunca crepitan, por propia iniciativa,
no por casualidad, y mucho menos por cortesía.

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