logo image

Punto de partida

El mejor hombre del mundo

Un hombre por su camino, un explorador

El mejor hombre del mundo expiró a las 21.24 horas del 13 de enero de 2012, según confirmó un celador del Hospital Universitario Doctor Peset de Valencia algunos años después de que el estudio de sus cuadernos y su vida diera un sentido y un orden a mis obcecaciones. Dando por buenos estos datos –por qué habría de mentir aquel hombre—, el día exacto de su fallecimiento sirve para contemporizar sus dietarios, pero no para comprender por qué una obra apócrifa, anodina y caótica, tan precaria, tan extraña aunque tan bella a veces, ha apasionado de un modo tan reservado a gentes tan dispares de lugares tan alejados.

Se puede intuir que nadie se acercaría a una obra casual e imprecisa, y de tan irregular valor literario, siendo el autor además alguien que jamás publicó nada -ni puñetera intención- y de quien tan poco se sabe, sino es desde la condescendencia o la frivolidad, lo que explicaría que el rastreo y la indagación de sus cuadernos y dibujos nunca haya sobrepasado el ámbito de los entusiasmos secretos, aun siendo ingente, si no obsesivo, el interés que despierta entre sus curiosos y diletantes cuanto guarda relación con el mejor hombre del mundo 

 

De la vida del personaje sólo conocemos lo que podemos intuir por la miscelánea de sus cuadernos o del testimonio, no siempre preciso y contrastado, de quienes lo conocieron o aseguran haberlo conocido, porque somos muchos, decenas, puede que decenas de decenas, quienes rastreamos su biografía como auténticos detectives; detectives salvajes.

A modo de presentación del mejor hombre del mundo me quedo con dos frases lapidarias, pero tan crípticas como el propio personaje:

-“Fue una especie de John Rowlands del alma humana y la conciencia universal, el Sir Morton Stanley de la orografía de las pasiones”, escribió de él el doctor Guido (Warum denn nicht der beste Man der Welt?, München, 2002) –¿Por qué no el mejor hombre del mundo?–, un psiquiatra bávaro exiliado en España, escritor de cuentos y poemas, jugador y nocherniego, que hizo la del humo tras lograr un pequeño botín con una estafa piramidal, y cuya obra citada probaría que el interés por el mejor hombre del mundo trascendió hace una década los lindes de la curiosidad, o de la mera chismografía, para principiar la investigación documentada.

-“¡Era, es y será… un hombre por su camino!!!”, resumió con la vehemencia de los beodos de casta un viejo cetrino que lo trató en vida –aseguraba- y con quien me entrevisté en noviembre de 2012, apenas unos minutos antes de que desapareciera abrazado a un tren de cercanías en el apeadero que separa la ciudad de Águilas, donde quizá nació o se crió, del barrio de los gitanos, La ciudad sin ley.

Adelanto que escribo con la admiración de un fan y con la voluntad ineludible de sacar de la clandestinidad cuanto he podido conocer y contrastar sobre el mejor hombre del mundo en su breve paso por la vida, una tarea infausta, desazonadora, incompatible a veces con una vida ordenada y familiar, que me ha obligado a enfrentarme a trompadas con algunos de sus perseguidores. Pero siempre he pensado que la devoción no está reñida con la verdad, si es que la verdad puede aprehenderse, y que es un acto de justicia, y también de generosidad, que su historia y sus cuadernos se conozcan con el máximo rigor, en lugar de permitir que la mezquindad de unos locos entregados a la veneración, cuando no al fanatismo, perviertan como mitología las sólidas razones que existen para concluir, volviendo al doctor Guido, por qué y cómo un hombre común, una persona con sus virtudes y miserias discernibles y mudables, con sus luces y sombras, con sus porciones de amor y mezquindad, de arbitrariedad y de egoísmo, a veces sólidas y rotundas como yunque de fragua, a veces entreveradas y profundas como raíces de ficus, puede llegar a ser considerado el mejor hombre del mundo.

Certezas y prejuicios

No se ha encontrado partida de nacimiento ni documento de identidad o carnet de conducir (nunca lo tuvo), pero muchos de sus seguidores mantienen que el mejor hombre del mundo vio la luz el nueve de febrero de 1960. No obstante, en algunas biografías y prontuarios fiables se fecha su nacimiento el 16 o el 17 de octubre de 1972; e incluso hay quienes aceptan estos días pero remiten al año 1957. En Vidas ejemplares de hombres infaustos, VV.AA. Ed. Sud, Buenos Aires, junio de 2009, se alude a testimonios de matronas desaparecidas y a notas manuscritas en los márgenes de los libros escolares hallados en un arcón de la casa familiar para fechar su nacimiento el 9 de diciembre o el 9 de febrero de 1970, aunque resulta imposible confirmar en esas letras desvaídas de niño la letra picuda y cuidada de los cuadernos y agendas que tengo en mi poder.

Existen referencias y afirmaciones dispares entre quienes le conocieron, existen –que yo tenga constancia– agendas de 1976, 1977, 1981, 1982, 1988, 1989, 1990, 1994, 1995, 1999, 2000, 2003, 2007, 2009 y 2012, así como una veintena de libretas manuscritas y miles de hojas sueltas, que sus entusiastas compran, venden, intercambian y falsifican. Pero el mejor hombre del mundo no solía datar sus apuntes y dibujos, escribía en los márgenes, en las solapas, y en hojas sueltas, servilletas y billetes de estación, de tal modo que es habitual hallar entradas con fechas muy dispares en una misma agenda, o recortes de prensa y comentarios sobre efemérides en cuadernos datados en años en los que no se produjeron los hechos comentados, lo que ha dado lugar a afirmaciones poco o nada rigurosas que, si en parte han engrandecido su leyenda, también han contribuido a distorsionar y ocultar su figura.

Cualquier metodología para estudiar su vida parece de antemano condenada al fracaso porque hay páginas y páginas escritas sobre los asuntos más dispares, anécdotas personales más o menos intimistas o introspectivas a modo de diario; descripciones de lugares, sueños y trances; listas de la compra; listas motivacionales, declaraciones de intenciones, sumas y restas con listas de acreedores; direcciones y teléfonos, muchos de ellos inexistentes; transcripciones de conversaciones con seres reales e imaginarios, con personas desaparecidas, o con personajes a los que en modo alguno pudo conocer el mejor hombre del mundo. Se han encontrado diálogos con muertos y fantasmas, con arcángeles, con perros y con gatos, frases sin aparente sentido, versos, poemas, aforismos, relatos, series numéricas y letras sueltas a modo de criptogramas, reseñas de libros y centenares de dibujos con figuras geométricas en las que abundan los giros estilizados y las líneas paralelas y circulares junto a comentarios o palabras sin orden ni sentido.

No resulta difícil intuir que su tendencia a mezclar los acontecimientos, su incapacidad para comprender y/o aceptar un sentido más o menos lineal del tiempo, condenan pues al fracaso cualquier intento de ordenar las entradas y, por tanto, de conocer la fecha exacta de su nacimiento. En cualquier caso, ninguna discrepancia sobre este punto resta o añade valor al objeto de esta historia porque, admitámoslo, tres, catorce, quince años, así tomados, son pocos en una biografía. Nadie es tan importante.

De él todo el mundo sabe
Que amaba a los perros y que coleccionaba estampitas de vírgenes y santos, aunque no era católico ni acaso creyente (sobre este punto existen opiniones opuestas porque en sus cuadernos son muchas las referencias e imprecaciones, también los insultos, a Dios).
Que disfrutaba con las historia de familia y los chismes de la calle, con los apodos con que la gente humilde ahorma su historia y templa y conduce su comportamiento.
Que tenía predilección por los marginados, los pescadores, los tullidos y los locos.
Que fumaba con deleite y con fruición todo tipo de tabacos y hierbas, savia e hinojo, manzanillas, marihuana; también colillas, si no había.
Que le chiflaban la ropa, las gorras, los pañuelos, los pendientes, las colonias y las cremas hidratantes.
Que era muy apuesto y presumido, incluso en la enfermedad.
Que de niño corría y era ágil como un gato.
Que de adolescente bailaba frunciendo los labios como Mick Jagger y balanceaba los brazos fornidos para subrayar una belleza arrebatadora.
Que durante muchos años se movió impelido por la urgencia.
Y que en sus últimos días usó muleta y paseó aferrado a una percha de hospital con dos nefroplastias, suero y metasedín por los pasillos más inaccesibles del Doctor Peset para echar un pitillo a la calle, sólo uno, o simplemente porque (Dr. Guido) “siempre, siempre, fue un explorador”.
Conocía al personal de seguridad del Hospital, charlaba y se metía en el bolsillo a los celadores y a los técnicos de mantenimiento y seguridad, visitaba la morgue porque tenía una curiosidad morbosa por la muerte o por lo que tras de sí deja la muerte, reparaba en la capilla, llamaba nenas a las enfermeras y les guiñaba un ojo cuando lo reprendían por no guardar reposo.

-“Te daremos un voto de confianza”, le decían–, y él volvía un poco a la pata coja después de desaparecer un buen rato. “¿Así nena, así?”. Las enfermeras reían y se quejaban a su primo, que lo visitaba de vez en cuando en sus últimos días: “Se chotea de nosotras y no se está un rato quieto, así vamos mal”.

De él todo el mundo desconoce.
Que algunas noches pasó frío y hambre, aunque esto es algo que su familia se resiste a admitir.
Que nunca quiso reconocer a cielo abierto que era una persona abrumada en el atolladero de la vida, por eludir, principalmente, el remordimiento que le procuraba su propio abandono y su curiosidad y extrañeza ante tantas cosas aparentemente triviales, como el orden, los horarios y los jalones de las vidas comunes.
Que aunque tuvo pesadillas horribles en las que frecuentaba a amigos muertos y revivía versiones distintas de su ruptura con Di Vaggio; aquel goterón de sangre oscura partiendo en dos el espejo ovalado del cuarto de baño, –“Me vi otra vez apóstata, ante las Tablas de Moisés”, escribió–; su pelea con Di Vaggio, diez hojas de letra menuda en las que constató su desesperación y abandono con un mantra de tres palabras, “No me dejes, no me dejes, no me…”, también coleccionaba sueños preciosos en los que abrazaba a su madre, se bañaba con Tarzán, o hacía el amor con antiguas novias y muchachas desconocidas.
Anoche soñé es una entrada habitual de sus diarios.
Se puede afirmar sin temor a error que al mejor hombre del mundo le inquietaban hasta la estupefacción y el cansancio quienes a su alrededor, cómo es posible, llevaban una vida normal, trabajaban, se casaban, tenían hijos, merendaban en familia y parecían razonablemente felices.
Si yo fuera y Si yo hubiese o Si yo no hubiese hecho tal o cual cosa encabezan algunas de las entradas más inquietantes.
Y que de esa distancia abisal entre él mismo y el resto del mundo fue dolorosa y calladamente sensible, sobre todo tras su pelea con Di Vaggio. “Un hombre por su camino¨.

Cupid with a Butterfly, William Adolphe Bouguereau, 1888, Louvre

De él todo el mundo afirma.
Que nunca fue consciente del todo de sus actos y que no le importaba haber entregado su vida a la locura. (No es cierto).
Que pedía dinero por vicio o por capricho, y no porque necesitara un café o un afeitado. (Le encantaban las barberías, aunque no le hacían llorar a gritos, sino prender cigarros, y escupir el humo para gozar de su reflejo en los espejos).
Que después de haber quemado tantas naves, tantas oportunidades, ya confesamente irrecuperable, después de haber defraudado a tanta gente, no merecía una palmada o un abrazo, aunque oliera fuerte. (Sobre todo si era invierno y no quedaba gas en la bombona).

No te prometo Solán de Cabras

El mejor hombre del mundo, nacido en 1957, en 1960, en 1970 o en 1972 tenía un talento especial para prender el delirio y la ternura. Y este don y este fuego, en tanto que generadores de las anécdotas e historias más importantes de su vida, y de los sentimientos más extremos en sí mismo y en quienes lo trataron; como causa y motivo de tan destacadas virtudes y tan enormes defectos, y como generadores de los apuntes más lúcidos y disparatados, más trascendentales y anodinos, sirven por sí solos para explicar por qué no es exagerado, sino muy al contrario acertado, concluir que él bien pudo ser, que fue sin duda, el mejor hombre del mundo.

Pero juzguen ustedes porque yo nunca pretendí ser objetivo.

Mi interés –un interés rayano ahora en la admiración y en el amor, he de confesarlo— por esta historia comenzó de forma casual en la Feria del Libro de Valencia del año 1999. En uno de los puestos, recopilando novelas biográficas, El bandido adolescente (R.J. Sender); La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (R.J. Sender), El hombre ilustrado (R. Bradbury), Una vida ejemplar ( Art Pepper), Las Confesiones (San Agustín), El hombre del brazo de oro (Nelson Algren)… encontré una agenda de 1989 manuscrita hasta en las solapas. Pensé que aquel dietario era del propietario del puesto o de algún cliente despistado. Pero aquella agenda manuscrita formaba parte de la mercadería de libros y revistas, legajos y postales en venta. Al azar me fijé en una anotación en lápiz, un poco desvaída, sin fecha de entrada:

“Cómo ser buen hombre tantas horas. Cómo ser buen hijo o un buen hermano tantos días, tantos años. Cómo aceptar el orden y el sacrificio que condenan tus días a la rueca si uno conserva la cabeza, pese a la priva y los trankimazines, y sabe, y recuerda, vivamente, tantas cosas, tantos olores. No puedo ser un moralista ni perder aún más la decantación de mi sombra en la cómoda espesura del relativismo donde pacen los necios. Pero no puedo negar que cualquiera puede ser un asesino o un ladrón, sin ser un hijoputa, porque en cada inspiración, en cada movimiento, subyace una porción mínima de crimen, de latrocinio. Tu respiración ya no será de otro, ni sobre tus pasos caminará nadie y saldrá indemne de tu huella. No se trata de una culpa heredada, ni de un pecado primigenio, por más que nadie debe ni puede sustraerse de lo andado”.

“El pasado –me dijiste– es tu enfermedad”.

“El pasado –dijo el doctor Guido– es tu droga”.

“Y tu cabeza una charca”, añadió. “Puedo –enfatizó con acento alemán– darte antibióticos y purgantes cada vez que decidas beber de ella. O puedo, podemos –se corrigió– intentar encontrar el foco de infección y tratar de potabilizar tu mente. No te prometo Solán de Cabras, pero algún tiempo de paz no le viene mal a nadie. ¿Lo intentamos?”

Cerraba la nota una imprecación subrayada con rotulador verde junto al dibujo de un ojo en el interior de un triángulo: “Dios mío, ayúdame o déjame en paz”, y un pósit en el que los libreros habían tasado aquella agenda. “Se vende. La voluntad”.

Devoré, no sin esfuerzo por el desorden y la letra confusa de algunos párrafos, aquella agenda, reparé en sus dibujos, tan simples, tan malos a veces, tan interesantes otras, y la curiosidad se convirtió muy pronto en interés, así que busqué más dietarios, más cuadernos, notas, lo que fuera, y no tardé en comprender que había todo un grupo de estudiosos desconocidos y vergonzantes, una auténtica secta compuesta de frikies devotos, amantes de la literatura, la meditación, el espiritismo, la magia blanca, la santería, escritores menores y solitarios anodinos, alcohólicos sociales, padres de familia, mujeres y hombres solos ocupados en descubrir y conocer todo sobre el mejor hombre del mundo.

Los detalles de tantísimas cosas, los recuerdos de tantas cosas, están en sus diarios. El mejor hombre del mundo, nacido en 1957, en 1960, en 1970 o en 1972, terminó abrumado en la conciencia de sus porciones, de sus límites, de su falta de límites, de la dimensión de su oscura y luminosa soledad. Era profundamente osado y lamentablemente retraído. Era orgulloso hasta el ridículo cuando ascendía la cima de la ebriedad y temeroso hasta el desistimiento porque, creo, nunca confió en sí mismo ni intuyó, siquiera vagamente, qué querían decir María di Vaggio o su primo Macanor con aquella monserga: “Esfuérzate, yo te ayudo pero primero tienes que ayudarte tú, todo saldrá bien”.

En sus últimos cuadernos queda patente que se dejo abrazar hasta la locura por la droga y el alcohol porque a veces no vale la pena luchar cuando tu vida se derrumba y el demonio te toma. “Te juro por mi vida que éste es el último”.

Se enganchó y desenganchó a la heroína tantas veces. Bebió hasta la extenuación aunque murió abstemio, viajó en barco, huyó de casa e hizo la campaña de la fruta en Zamora y de la fresa en Huelva, vivió en Águilas, en Murcia, en Valencia. Estuvo limpio, totalmente limpio, un año, luego trabajó de segurata, volvió a caer, bajó al moro, vendió hachís, repartió publicidad, hizo de chapuzas con algunos amigos que le daban cuartelillo, tomaba la tensión a la puerta de un mercado a cambio de propinas y cafés, bebió cartones y litronas en esquinas concurridas por ociosos, locos y menesterosos, transportó mochilas y maletas, acunó sus dioses lares en un carrito de supermercado, durmió en coches abandonados, obras, barcos abandonados en un astillero, bancos y cajeros, hostales y pensiones. Aunque los últimos años de su vida los pasó en un piso, su cubil, que le pagaba su familia. Son tantas, tan variadas y tan emocionantes a veces sus anotaciones, tan luminosamente extrañas, que en puridad, nadie puede poner en cuestión “que llegó a rincones del alma, que atravesó páramos y que salió más o menos tocado (nunca a salvo) de infiernos desconocidos por la mayoría de los mortales” (Dr. Guido).

Cuán difícil la armonía de nuestras porciones

Algunos datos probados

El mejor hombre del mundo no entendía algunas cosas que roería como un hueso hasta el final de sus días.

Su abuelo, por ejemplo. Su abuelo fue un caballero con sombrero, bastón, pajarita y solitario, aunque también fue algunas cosas dolorosas.

“¿Cómo el abuelo pasó de comprarnos a mi hermano y a mí un equipamiento completo de boys scouts a golpearme porque tenía los pies encima de la cama?
Quiso echarnos, yo era pequeño pero me acuerdo, le dijo a Ma que no nos quería en casa, qué mal rollo, mejor no te lo cuento”, le dijo a su primo en el hospital.

Su padre, por ejemplo. “Mi padre es un bala perdida”, escribió de niño en los márgenes de un libro de pretecnología, junto al dibujo de una bala y un rastro de ráfagas. Se padre fue un tipo alto y rubio, con gabardina y cigarrillo, aunque también un fantasma agotador y una presencia indeleble a los pies de la cama hasta el final de sus días. Su padre fue contrabandista y luchó con la Legión Extranjera en Indonesia. Herido de un tiro en la espalda, huyo del hospital y volvió al sur. Luego desapareció en tierra. Más tarde se lo tragaron las aguas. Luego volvió muchas veces convertido en un fantasma con el que conversar o pelear.

Su madre. La madre del mejor hombre del mundo fue un ángel temeroso atrapado en su afán irrefrenable de protección frente al naufragio primigenio del padre, literalmente desaparecido a bordo de un barco mercante repleto de armas en algún punto de la costa de Argelia entre 1970 y 1975. De hecho, su madre soñaba a menudo que sus hijos se ahogaban, como las madres gallegas sueñan con caballos salvajes desbocados como una infausta premonición.

Su extensa familia. Sus tíos, sus primos, su primo Maca (especialmente) sus primos y compinches, Fermín, Valerio, el viejo Jeremías, los hermanos, Peter, David, las Madrinas, el Capitán, Matías, con los que hablaba en sueños, su hermano y su sobrino, por citar algunos de los nombres más habituales en sus diarios, constituyeron un misterio gozoso y profundo en el que regodearse o del que abjurar, en un arrebato de amor, o de decepción, o en uno de sus muy frecuentes delirios, si esperaba, por ejemplo, unos billetes, o un poco de conversación y un cigarrillo; qué menos.

Sus mejores amigos. Cómo habían sido tan traidores, cómo tan mezquinos, por qué lo llamaban hermano, o cómo había sido él tan estúpido, otra vez tan estúpido, durante tantos años, pese a las advertencias de Di Vaggio.
“Si yo hubiera sabido. Antes les daba mi sangre y ahora me pregunto en qué momento su egoísmo, su vanidad y su ruindad –escribió— velaron para siempre la belleza que un día compartimos, los combinados de ron y White Label cola, los homenajes, las excursiones al coche en medio de la fiesta, los secretos, las chicas de la noche. Todo está en mis diarios y ahora leo todo aquello y me preguntó tantas cosas”.

Según sus cuadernos, y aunque cabe dudar de la veracidad de sus recuerdos porque siempre fue renuente a distinguir la realidad de sus recreaciones, el mejor hombre del mundo fue expulsado del colegio por fumar en el recreo y por su negativa a aceptar algunas lecciones básicas: él, por ejemplo, decía y escribía “ávaro”, “fulano es un ávaro”, escribía, y cuando lo reprendían por convertir en esdrújula una palabra grave, contestaba: “Ya lo sé, pero a mí me gusta más decir ávaro y digo ávaro porque la codicia siempre es esdrújula”.

También sabemos que organizaba combates de boxeo entre los pequeños de casa y hacía de speaker con una determinación rayana en el talento. Que le ponía sobrenombres a los niños: la Machungona, el Güevis, el Rata, el Caribe…
Que rasgaba una guitarra española imitando a los Sex Pistol, aunque nunca llegó a sacar un solo acorde porque era refractario al método, al esfuerzo y al sacrificio.
Que solía alimentarse de yogures, zumos y galletas y podía estar sin probar bocado durante tres o cuatro días para luego dar cuenta de una olla de habichuelas, o dos entrecots de 300 gramos, postre y carajillo, si su primo Macanor le daba cuartel alguna noche en que ambos, secretamente, hacían por encontrarse.
Que demoraba tres cuartos de hora y dos o tres cigarrillos en afeitarse.
Que era conocido y en cierto modo querido por mucha gente del barrio donde vivió los últimos años de su vida, donde siempre había alguien a quien le debía dinero, y siempre alguien más o menos dispuesto a invitarle a una cerveza, o a comprarle pienso a su perro Genaro.
“Si no fuera por mis madrinas –escribía–. 175 a David, 20 a Peter, 10 al Capitán, 60 a Matías, 100 a las madrinas, 20 al Paco el Pintor, otros 100 a Maca”.

Existen testimonios de antiguas amigas y novias ocasionales que recuerdan al mejor hombre del mundo como el chico más guapo de la calle, el mejor amante. Un supermán rubio de pupilas minúsculas, de pelo largo, de camisetas recortadas y vaqueros ajustados. Aunque esto fue antes, claro, de que el mejor hombre del mundo espantara a su familia por su incapacidad para recordar dónde había dejado los cordones de los zapatos, por su manía de ocultar limones, o por cómo solía quedarse dormido en las comidas con el tenedor en la mano.

La lectura de sus diarios, o de lo que queda de ellos, pues es imposible que todas las historias, hazañas, recuerdos, sueños y anécdotas del mejor hombre del mundo se redujeran a una quincena de agendas y otras tantas libretas escolares, no sirve para determinar si el mejor hombre del mundo nació pues un 9, un 11, un 16, o un 17 de febrero, de diciembre, o de octubre de 1957, 1960, 1970 o 1972.

Pero sí para conocer con exactitud algunos puntos cruciales de su vida, así como algunas precisiones sobre su historia clínica, sus deseos, sus anhelos, y sus contenciosos con el vecindario.

Es rotundamente falso

Que no amara a María di Vaggio sobre todas las cosas sino tan sólo las joyas que ésta descuidaba de su familia para pagarle un vicio tan mal visto. En esto, parece que también María estuvo mucho tiempo equivocada, pero todo el mundo conoce la facilidad de las chicas para convertir en sentimientos y verdades incontestables sus intereses.

Es rotundamente falso también que, cuando siendo adolescente y jugaba con su hermano a pelearse en el sofá, o se hacía el muerto en la playa para impresionar a su primo Macanor –aún recordaba éste la camisa flotando; el mejor hombre del mundo nunca reparó en efectos para conseguir lo que quería–, lo hiciera motivado por un punto de maldad, como ostensiblemente le reprochó su madre ante el resto de la familia, sino más bien porque en el llanto y la angustia de su primo y en la alegría automática del pequeño tras cada autosalvación, el mejor hombre del mundo paladeaba una pequeñísima porción de la ínfima ternura que depara esta perra vida.

También es absoluta, absoluta y totalmente falsa la acusación que en privado rezongaba parte de la familia, o al menos así se lo hizo saber el loco de Fermín, según la cuál el mejor hombre del mundo pudo incitar al Macanor a consumir. Esa maldad dolió mucho al mejor hombre del mundo, claro, y también a su primo, muchísimo, y de ese dolor –se sintió desolado como nunca– dejó constancia en su diarios con insultos y expresiones soeces aun insuficientes para pergeñar siquiera el esbozo de su soledad.

-“Cómo pueden pensar, cómo pueden siquiera imaginar que yo haría una cosa así contigo. Me cago en mi puta vida, cabrones, hijos de puta—escribió–. Dios, ayúdame. O mejor déjame en paz”. Aquellas noche lloró y Macanor intuyó en sus ojos y en la comisura de sus labios –nunca lo olvidará— que la frustración puede llegar a ser un ahogo sin la paz de la muerte, un alacrán circundado por una lluvia de fuego.

Es cierto que, en la construcción voraz de su personaje, cuando aún era el más guapo del barrio, y tenía trabajo, y un poco dinero (nunca bastante), y participaba como uno más de las convenciones familiares, de los cumpleaños, de las onomásticas, muchos años antes de que su adicción precipitara su marginación de toda reunión familiar, su autoexclusión, el mejor hombre del mundo regalaba pequeñas porciones de hachís e invitaba a cervezas a Macanor y a sus amigos adolescentes.

Pero este pecadillo más o menos horrible, o absurdo, o ridículo, como el juego de simular su ahogamiento, como la exhibición de sus bíceps cuando volvía del trabajo con un cigarrillo colgando de los labios y una litrona bajo el brazo, como sus pequeñas bravuconadas siempre que se encontraba en los bares de copas con esa pandilla de chicos ávidos de heroicidad, ávidos de avidez, no eran más que signos, si se quiere irresponsables o inmaduros, de su necesidad emotiva, de sus muchos complejos, del amor que sentía por el pequeño Macanor y de sus ganas de reconocimiento y admiración.

Sí habría que admitir que inmiscuyó a Macanor tangencialmente en el tema de la droga, yendo a pillar juntos, esperando juntos con otros chicos de mirada perdida en portales más iluminados de la calle Industria, la calle Progreso, las inmediaciones de la Estación del Norte, el Chino, o el río, en la época de los negros. Que una vez casi se pinchó delante de él, y que esnifaron cocaína juntos y salieron de copas y fumaban hachís mientras paseaban a Uro el moloso.

Pero hay que subrayar que de esta pequeña perversión siempre fueron corresponsables los dos porque ambos sentían cierta devoción por la marginalidad y porque, principalmente, la heroína te pone melancólico y te devuelve vivamente al pasado, a momentos y situaciones y olores e imágenes del pasado que, con precisión obsesiva, el mejor hombre del mundo contaba a su primo Macanor o transcribía, así que para qué volver al cuarto de baño a hacerse otro si estaban tan a gusto bebiendo, recordando, y fumando juntos.

Por sus cuadernos sabemos que el mejor hombre del mundo hizo el amor por primera vez a los dieciséis. Que dos fines de semana consecutivos se acostó con las gemelas y las confundió de nombre. Que todas las chicas caían rendidas a sus pies. Y que muchas veces dijo no –las chicas suelen creer que los hombres nunca dicen no— quizá porque tenía a mano otras tentaciones. “Nosotros vamos ya, ¿quieres o te quedas?”

También sabemos que la primera vez que se pinchó fue a los diecinueve en Barcelona, y que unas nubes panzudas iluminaron Montjuic, y que esas vaharadas de calor tan perfectas, ese cosquilleo en la barriga, esas náuseas, le hicieron sentir plenamente feliz, en paz, sin preguntas ni temores de ningún tipo, y que aquella noche, dice en sus cuadernos, habló con su padre en el interior de un Citroen Dos Caballos de color rojo. Y que incluso a punto estuvo de perdonarle tantas cosas. Pero que no lo hizo porque no quiso, porque no le salió de los huevos, porque no se lo merecía, porque todo daba un poco igual y porque, en verdad, lo último que necesita uno es reencontrase con un padre desaparecido si el material es bueno.

Años antes, sin embargo, y eso estuvo feo según él mismo reconocía con cierto orgullo maligno, y en ese pequeño brillo de su taimada presunción el mejor hombre del mundo reconocía porciones más profundas de su personalidad, qué mal rollo, falsificó unos cheques, vendió las joyitas de Mà y se acostó con la novia de un amigo, “Qué cabrón yo, pero qué golfa ella”, escribió bajo el epígrafe Cosas que mejor olvidar y un dibujo de un gato atrapando un ratón;
o quizá Cosas que mejor recordar, anotó luego, si has bebido o te has puesto, y hay alguien con ganas de escucharte. O si tienes a mano tus cuadernos.

Esta conciencia de sí mismo, de su cobardía, de su envilecimiento, de su egoísmo y de su locura sin límites –¿qué son los límites?–, afloraba con matices mientras contaba anécdotas, o mientras escribía sus agendas.

“Conoció lugares del alma inaccesibles para la mayoría” (Dr. Guido)

Una casa vacía pero llena de gente

Su última agenda no está fechada pero ya podemos afirmar categóricamente que fue escrita en 2012. Por ella sabemos que aunque murió joven (fuera cual fuera su edad), sobrevivió a la mayoría de sus amigos y llevó para siempre tras de sí una cuerda de muertos apremiantes con los que hablaba a solas por las noches.

-“A veces me despierto y creo que la casa está llena de gente aunque no hay nadie: me inquieta”, confesó a su primo Macanor, según uno de sus apuntes.

Ya en sus últimos días, con dos nefroplastias y un tumor en la vejiga, con un vago sentimiento de protagonismo porque, por primera vez en mucho tiempo, comía y dormía caliente, y era el centro si no del mundo sí al menos de la habitación 419 de la planta cuarta del Hospital Universitario Doctor Peset, el mejor hombre del mundo recordó ésta y muchas otras cosas de su vida y se las entregó a Maca junto a un reloj Colmar 50 M Water Resistant, un pendiente con brillantitos de vidrio, una mochila de montaña, un abrigo de piel sintética con capucha que su primo le había traído de Manhattan, unos vaqueros viejos, un jersey de punto negro, unos calzoncillos sin estrenar, una crema antiarrugas de primera marca, un pañuelo gris y rojo, un colutorio mentolado, unas botas militares con cremallera, el Viaje al fondo de la noche, de Louis-Ferdinand Céline, (el último libro de un lector voraz), un reproductor de DVD, su diario y sus llaves. Macanor tiró la ropa, se puso su pañuelo y su reloj, no se atrevió a usar nunca más el DVD y fue con el hermano del mejor hombre del mundo a su casa, a su cubil, a rescatar el resto de sus cuadernos. Esto, al menos, está contrastado.

El mejor hombre del mundo nunca quiso hacer daño, ni hacerse daño, pero,
admitámoslo,
resulta imposible vivir sin hacernos daño o sin hacer daño
cuando
Nel mezzo del cammin di nostra vita mi retrovai per una selva oscura (Dante),
y cuando
tantas veces cuesta respirar, tan sólo respirar, o dormir,
dormir por favor unas horas,
y es tan difícil, casi imposible,
que no te tiemblen las manos aunque seas el más fuerte,
el más guapo, el más valiente,
y aunque sepas,
claro que lo sabes, por supuesto que lo sabes,
y se lo dices a Macanor, a quien presientes deprimido,

“¿Qué pasa, no te habrán dicho nada malo los médicos?”,

y así lo escribes,
una y otra vez, una y otra vez,
con letra precisa y picuda,
poniendo tildes en cada sílaba para remachar la idea,
que en los peores momentos,
justo en los peores momentos, dices sin demasiada convicción,
quizá por inercia, o por tranquilizar a Macanor,
aunque mees sangre, escribes,
aunque mees por los riñones dentro de dos bolsas colgadas de la cama 419A,
justo en los peores momentos, escribes,
es cuando se sacan las mejores fuerzas.
Sonríe, sonríe, Macanor, necesito que sonrías, escribió

Encontró en la muerte la paz, la belleza y la serenidad que no tuvo en vida, contó su primo. Fue tal la belleza, fue tal el halo de serenidad, de paz, que desprendía, dijo Macanor, que le hubiera abrazado y habría cruzado con él al otro lado sin dudarlo un instante.
Fue incinerado entre familiares y amigos de su primo el domingo 15 de enero a las once de la mañana. No estuvo ninguno de sus amigos del barrio, aunque meses después Carmen, la hermana del loco, se hizo con su primo y le dio el pésame.
Encargaron dos coronas, tus hermanos, tu familia,
y le dijeron adiós tras unas breves palabras.
Macanor lo despidió con un poema (siempre los poemas) y se sentó, y rezó un padrenuestro en silencio, porque, aunque Macanor no cree en nada, ese endecasílabo le encanta, y recordó la leyenda que su abuela Esperanza, la Nona, mandó a su madre al poco tiempo de morir papá. Estaba impresa en la esquela del Nono Antonio y decía “Mai nessuno colmará il vuoto de la tua scorpanza”.

Y maldijo ese extraño don de adivinar cosas, cómo será se había preguntado tantas veces. Y se fue del cementerio con la única verdad de quien sabe, como también sabía el mejor hombre del mundo, que no hay cura posible cuando el pasado es tu enfermedad,

que el pasado es una droga perfecta,

que aunque hay cosas que es mejor olvidar, un hombre sin memoria, es un hombre sin honestidad, es un mierda.

Aquí, sin más, les transcribo sus diarios

@MarianoGasparet 2013 Prohibido reproducir cualquier contenido de elpezlibro.com sin expresa autorización del editor.

Iluminaciones
Busco el color del azufre, repentino / color verde del agua bajo el suelo. / Bajo el suelo de México se pudren / todavía las aguas del diluvio...
Poema III de 'El reposo del fuego', por J.E. Pacheco
Parece que estoy solo, pero llevo en / derredor un mundo de / fantasmas / de realidades enigmáticas / como el pan y la silla...
De 'Silente compañero'
"Siempre le seré fiel a George porque cuidó de mi cuando tenía los labios agrietados."
Budini, ágrafo y lírico, asistente de Muhammad Alí, sobre George Plimpton.
» Archivo de citas