logo image

¡Qué guapos los chicos!

Hay fotos, Macanor, en las que ríes como una catarata o un derrumbe.
Y es mérito del fotógrafo o de la casualidad captar a veces una alegría inimaginable a años vista.
Ayer mismo te encontraste con los chicos. Ellas iban por delante y reían, ellos seguían su estela de luz con una felicidad autómata. Saltaban la acera simplemente, cruzaban la calle, y tú pasabas rápido y dijiste hola, y pensaste qué guapos, qué jóvenes, qué celos. Quizá en otro momento los hubieras saludado uno a uno.


Hay una foto, Maca, en la que tú das un papel, un número de teléfono o un código de superviviente, al mejor hombre del mundo, y él mira hacia abajo y recoge aquello con sorpresa y alegría. Reíais: él con una risa iluminada, tú con amor y regocijo porque nadie jamás alcanzaría tanta complicidad, era tu hermano. ¿Qué le diste, Maca? Ni te acuerdas. Pero ahora aquella foto te alcanza en el fondo del cajón de las facturas -estabais tan guapos- y comprendes que en aquel instante se abrió una brecha en el tiempo, una escalera, una liana mil veces repetida hasta que desaparece y la gente no recuerda que ahí estuvo asida un momento, unos segundos, a la felicidad de las pequeñas cosas.

Ayer saltaban una acera los chicos, cruzaban la calle, Maca, los pequeños que crecen y viven sin saberlo tus momentos. Había una niña de ojos caídos y lánguidos, y labios de pozo de agua, alta como un ciprés, vulnerable como un pino en enero. Y estaba quizá su novio en guardia, como un león rubio. Había otra niña ágil de larga cabellera para hundirse en ella como un lago, sin haber leído quizás a Edmundo de Ory. Y estabas tú, Maca, diciendo hola, adiós, sin saber por qué, como un notario con prisa, y pensando en las veces en que tú mismo y tus amigos huidos cruzasteis aquel Rubicón minúsculo imperceptible de una acera de juventud y esplendor. Eran cuatro o seis, tampoco ibas a pararte. Pero aquella alegría casual, irían buscando un sitio para cenar o tomar la última copa, fue tan fuerte, tan grave, como el aleteo de una mariposa o como un tsunami del que sólo conoces la catástrofe una vez concluida.

¡Qué porte los chicos! ¡Qué guapas ellas! No sabrán quizá nunca de lo que hablas y habrán de aguardar agradecidos su ignorancia porque estar a este lado de las cosas tiene un coste. De amigos perdidos, de amores truncados, de abismos, de traiciones e insomnios, de paredes, de momentos anodinos como cruzar una calle con amigos, o entregar un objeto imperceptible al mejor hombre del mundo, cosas tan triviales que, aunque conminaras a retenerlas a gritos, nadie te haría caso, porque en aquel momento ellos tan solo cruzaban una acera y era tan sencillo que jamás nadie creería lo que ahora cuentas.

Walter Sanders, universitarios, Kansas, 1941

Walter Sanders, universitarios, Kansas, 1941

Tú, Maca, ellos, fuisteis un globo de helio o un galgo. Pero el perro viejo que aguarda es paciente como un mueble olvidado. Maca, pobres chicos. En el mejor de los casos cumplirán el formulario de la estabilidad para darse de bruces en la niebla con tantos años que ellos mismos preferirán disimular el golpazo.

Aunque alguno de ellos, eran seis o siete, quizá sólo uno, caerá como tú en un pozo, sin saberlo aun intuyéndolo desde chico, como tú mismo, Maca. Serán quizá los más quienes el día que tropiecen con su sombra, con su última risa, tendrán hijos, cuñados, paellas y siestas los domingos; y cursos de natación y fiebres de niños con disnea, si llega el tiempo del polen y las flores. Tener es una mochila porque cómo desprenderse, si andas una senda ya trazada.

Pero el caso, Maca, es que los envidiaste un poco o nada: ¡qué alegría quedar con 20 o 30 años a tomar unas cervezas con los novios, los amigos! Luego llegan las noches y su cúmulo de herrumbre hasta que los goznes del tiempo dicen basta, aquí me quedo, aquí te quedas, merezco vivir de nuevo, tengo derecho a desenamorarme, por ejemplo, a partir. ¡Cuántos derechos, Maca, siendo tan simple la rueca cotidiana!

Pero cómo solucionar todo esto, todo aquello. Puff, deja que hablen los días porque tú estás en el camino y aunque creas que no ha lugar a la sorpresa el tiempo, el tiempo Maca, es tan largo que cómo no perder para siempre unas risas.

Comentarios cerrados.