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Rosita

M. Gasparet

Ni un gesto que delatara en el Félix la mínima aflicción, ni una mueca al terminar de colgar al animal de una de las perchas ennegrecidas de la cámara frigorífica; sangraba a bocanadas en cada espasmo. Los ojos azules de siempre bajo las cejas pobladas de pelos rojos como alambres de espino, limpios los ojos sin rastro, al levantar la mirada de las columnas de carne.

Solía golpear el Félix las piezas de carne con las palmas para que encajaran sobre las barras de hielo y porque jugábamos a crujir costillas. Del esfuerzo exhaló el Félix nubes minúsculas por ese esbozo de boca, esa mueca, que le nacía a la mañana al despertar y que utilizaba para relacionarse, para no tener que relacionarse, era su comodín hasta la noche. El jefe se encerró en su cuarto y no se atrevió a salir antes que el Félix. Nadie se atrevió. Llegó con Rosita, como todos los días desde que el jefe se la regalara siendo un cabritillo lechal. Él con la gorra calada y la bolsa del almuerzo a la espalda, el animal brincando entre las carretas, esquivándonos, temerosa de todos excepto del amo, de la rodilla del amo y las manos del amo, que le ofrecían de cuando en cuando un chusco de pan, un trozo de queso, pedazos de carne cruda incluso.
La cabra Rosita comía carne cruda, y queso, y pieles de plátano, y hasta colillas encendidas, si se las daba el amo. Y bebía vino y cerveza y café la Rosita, si era el amo quien se los daba.

El buey desollado, Rembrandt

El buey desollado, Rembrandt

El Félix dejó la zamarra, la gorra y la bolsa del almuerzo en la percha que sale de las tetas del póster de la puerta y llamó a Rosita. Chica, Rosa, ven acá, Rooosa. Y el animal brincando entre las sillas del cuarto a la llamada del amo. No metas a la cabra en la oficina que se caga por todas partes, dijo el jefe. Quiá, Rooosa, sube!, le ordenó el Félix. Y la cabra subiendo a la silla, a la mesa del amo con las patas temblonas. ¡Saca, al bicho, joder!, dijo el jefe. Necesito un anticipo. Y yo un pedido, y que me paguen al contado, y que mi mujer se vaya de una puta vez a casa de su madre: ¡Félix, sacalbícho!
Balaba Rosita sobre la mesa.
Le estoy pidiendo un anticipo, un favor, jefe, yo siempre cumplo con usted.
¡Sacalbícho de aquí, Rooosa!, y la cabra ¡¡Rooosa, no!! se comió una factura y salió disparada con la bota del amo prendiéndole el lomo.

El animal balaba.
¡¡La puta cabra se ha comido una factura, Félix!
¡Necesito un anticipo, jefe!
¿Qué ha pasado?
La cabra del Félix, que se ha comido una factura.
No tengo dinero y no hay anticipo, así que saca de aquí a la puta Rosa, Félix!
Y Rosita asustada, huyendo de un rincón a otro de la oficina, con medio papel sepia colgándole del hocico, buscando un hueco entre las sillas, bajo la mesa, junto a la papelera, para escapar del amo, de los gritos del jefe, del amo que vuelve a darle un puntapié en la barriga. Balaba de espanto y dolor Rosita.
Necesito un anticipo, jefe, por favor, se lo estoy pidiendo de rodillas.
¡¡No hay dinero, digo, sácala Félix, que te jodan a ti y a tu novia y a la puta cabra!

El Félix chascó la lengua. No es cierto que sonriera, ni que maldijera, ni que se cagara en nada. Sólo chascó la lengua, miró a la Rosa y la llamó. Ven Rosa, dijo. Llamó al animal y chascó la lengua. Rosita se acercó a las rodillas del amo, a la voz del amo. El Félix se agachó y apresó a la Rosita por los mismos cuernos, la levantó en peso, salió del cuarto y se fue directo a las perchas de la cámara frigorífica. Rosita balaba, pataleaba, y se sacudía las entrañas colgada del gancho negro frente a los ojos de hielo del Félix.
El jefe cerró la puerta con pestillo. El Félix se fue a lavarse las manos.

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