logo image

Seis apuntes al azar de una libreta

1.- El mejor hombre del mundo, ya enfermo, me muestra cómo derribar a un gorila. “Lo más importante es el factor sorpresa”, me dice, y elige al animal más grande del contorno, una bestezuela de portería henchido de clembuterol y músculos sobre unas Martins. ¡Y tanta la sorpresa! No me dio tiempo a rogarle que no fuera a por aquel cuerpo cuando el muchacho se revolcaba por los suelos pidiendo a gritos un asidero donde descargar tanta energía brutalmente descargada sobre su cráneo. Lo segundo más importante es salir por patas. “En caliente puede, pero cuando se enfríe y menudee los efectos del golpe te aseguro que ese no viene a buscarme”. Me despierto sin salir de mi asombro: al menos 20 kilos de diferencia y muchos grados de salud desperdiciada de este lado separaban a ambos contrincantes. Todo es posible. Es cierto que el que pega primero anda con ventaja, pero si no es así, cómo el modo de enfrentarse a un cachalote. A ese golpe unos lo llaman traicionero, yo lo entiendo como equiparador. Y no me vengan con que el muchacho quizá no era violento. Más bien nosotros lo vimos primero.
(De cuaderno 1, nota fechada , febrero 1989)

2.- Un desfile de policías municipales a caballo: en vanguardia unas agentes muestran sus pechos jóvenes, nuevas graduaciones, con orgullo. De la sorpresa al deseo para volver a moderarnos ante las fuerzas del orden: qué lindas las casacas desabotonadas, pero no mires demasiado. Mi mujer me pide que ande y yo me encuentro con el mejor hombre del mundo, que ha pillado. “Nos vamos de barbacoa”, dice. Luego la muy mandona, para ser la primera vez quién iba a decirlo, me pide que vaya a buscar más. Yo tengo miedo de deambular por un barrio de gitanos, ella me llama cobarde. Entro en casa antes de iniciar mi aventura y allí encuentro, colgadito y oscilante como un jamón recién prendido, a un niño gordezuelo con síndrome de down que se supone mi hijo. Aún no ha muerto y atiendo sus ruegos, lo descuelgo, lo abrazo, lo calmo y le miro la cicatriz del cuello antes de concluir que no es buena idea llamar a un médico. Mejor seguimos a lo nuestro. No me gusta que sea mongólico ni que sea gordo, pero si respiro y aguardo, nunca rehuí los contratiempos. (Nota: 16 de octubre, sin año).

Paisaje, 1995, Antonio Teruel

Paisaje, 1995, Antonio Teruel

3.- El mejor hombre del mundo bailaba levantado mucho las rodillas, como quien pedalea, y frunciendo los labios como enojado con el universo. De su primera impostura supimos que montaba una BH: mucha gente lo recuerda recorriendo el Paseo de Parra con las manos ocultas en el peto como si helara, o como si el mejor hombre contuviera la diástole de su loco corazón. Era tan ágil como un galgo y no tardó en convencer a todo el pueblo de que la belleza se mueve en bicicleta. Un día hubo de vender la bici porque había prioridades. (Julio, 1989).

4.- No era el más sensato ni el más cuerdo ni el más comedido pero a veces pensaba en sí mismo, en su futuro, y concluía el tiempo no existe, o es una distorsión, o un convencionalismo para retrasar la nómina más allá de las necesidades; el tabaco o un afeitado por ejemplo. ¿Alguien escribe E=MC2 para explicar que la masa conlleva cierta cantidad de energía incluso en reposo y nadie repara, por ejemplo, en los sueños, la energía liberada de los sueños? Cuando velaba su ebriedad, una parte minúscula inaudible del mejor hombre del mundo pensaba ‘me estoy pasando de la rosca, esto va a acabar mal’. Aún no tenía problemas con el alcohol y del veneno tan sólo conocía su recreo, pero un fiscalito pequeño minúsculo le decía: “Esta euforia no entiende de portales, la euforia requiere imantada su caída, la euforia es peor que una chica caprichosa que te elige”. Él pedaleaba su BH y hacía una pelota en el pecho con sus pequeños remordimientos, sus reflexiones. (Nota: Verano, 1989, Águilas)

5.- ¿Aguardas o peor aún ansías la edad provecta en que te importen menos los impedimentos y dirimas en su rotunda dimensión la levedad del ser, la absurda preocupación por la tos o el orín en las perneras, el rencor amordazado por el olvido o la irrevocable indiferencia, esa forma sabia de egoísmo y lasitud? Pues atrapa ese estado o invéntatelo porque, si tienes la suerte de llegar, te acogerá igualmente en su seno como un almohadón (no te equivoques) insuficiente. Me gustaría ser, como Bolaño, feliz todos los días de mi vida “sólo un ratito”. Por ejemplo, un sueño plácido, o el lugar que ocupaste en el mundo contemplado en su entera dimensión. Era bonito sentirse si no fuerte reconfortado, pero toda esa disipación, esa morfina de los días, se ha acabado para siempre. ¿Cuántas veces es un hombre capaz de reconstituirse, de reinventarse y renacer de nuevo? Dime antes cuántas veces merece la pena intentarlo. (Sin fecha)

6.- El tío Willy le hacía la tortilla a mi madre después de chutarse en el lavabo. Yo no lo vi, estrictamente, pero bastaba en reparar en la urgencia de su orina, en su demora entre azulejos, en la destreza con que batía luego los huevos para confirmar esta sospecha. No había por qué extraer conclusiones de sus pupilas minúsculas en plena noche: estábamos acostumbrados. De su verborrea incontenible tampoco: los rohipnoles con cerveza desatan la lengua y procuran estalactitas de baba en las comisuras. Al fin y al cabo todos sabíamos que era yonqui y no le juzgábamos por ello aunque tampoco le dejáramos dinero (sólo alguna vez), nos echaba mano en algunos trabajos domésticos y mamá cenaba una tortilla espumosa y se entretenía mucho con Guillermo, tantos años el amigo preferido del mejor hombre del mundo. (Nota: “No tardes Willy, que ahora voy yo, 1993)

@MarianoGasparet 2013 Prohibido reproducir cualquier contenido de elpezlibro.com sin expresa autorización del editor.

Comentarios cerrados.