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Si das bien nunca vuelven

Por Mariano Gasparet

Maca, Juanma, Sito, Micke, Germán y tantos otros… Eran chiquillos pero debían entrar en los billares e imprimir sus nombres y su huella sobre un mundo que se abría a su paso para levantar aún más alto el edificio de una violenta mediocridad. Podían ser hermanos del Mejor hombre del mundo o de Tobías el de los brazos gigantes.

Acomodarse en el camino ya trazado del Mejor hombre o acompasar los cascos metálicos de Tobías el cojo, el tullido, el loco. También podían buscar el amparo de Javi o del Juanico o del Rafa, cada uno con su furia y con su hábito. Por último, podían intentar comprar la condescendencia de los chulos, hacer concesiones y buscar una cuota de espacio en la obsecuencia con los malos. No había demasiadas opciones para reses nocturnas en un mundo alambrado donde todos se conocían. Pero cada elección, cada minuto, confería a su presencia una reputación que les perseguiría para siempre, más allá del sol y los billares, tan solo un paso delante de un rastro indeleble pero firme como el que dejan los perros de una manada hambrienta de carne y territorio. Existían leyes no escritas.

Mejor andar identificado con el amparo de la seguridad. Todo el mundo conocía la certeza del Mejor hombre del mundo con los taburetes porque una tarde abatió al Maguila y el eco de aquel porrazo sobre el cráneo del bruto corrió mucho más allá que la mancha de su sangre derramada sobre el suelo del Bar Copes; así que no era mala tarjeta de visita ser hermano del Mejor hombre.

Alberto García Alix, los 80

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Podían tranquilizar a Tobías, nadie más se atrevía cuando sin venir a cuento, ya bebido, Tobías decidía demostrar a todo el mundo el simulacro de su discapacidad barriendo las barras y las mesas con la hoz de su muleta; Tobías nunca hubiera caído en la trampa de los gigantes que parecían molinos. O podían romper narices enormes con movimiento secos como el Javi. O conocer de cerca el itinerario de las playas donde los muchachos perdidos abastecen de oro a los peristas, como el Rafita.

Pero era un error grave brindarse a la aceptación de los chulos porque nunca habría bastante para saciar su avidez, el ámbito de su propia identidad, en una selva de futbolines y tapetes moteados de colillas y tragaperras en cascada. Además, siempre habría una calle, un garito o un parque, en el que Macanor y sus amigos andarían solos o, peor aún, con una cuenta heredada.

En los coches de choque, por ejemplo, José el Rubio, el único gitano que se matriculó en el instituto, propinó dos, tres, cuatro guantazos a Germán para enviarle un recado al Javi. Germán dijo luego que ya se había encargado su hermano. Este tipo de cosas ocurrían.

En el parque de los chopos le sirlaron al Juanma un marco que le había traído su padre de Alemania sin que el Maca ni Sito respondieran al asalto. Y desde aquella noche todos se vieron obligados a elegir. Sirlarle a uno era sirlarle a todos, lo que los convertía en víctimas propiciatorias de la jauría que adula mientras pagas o te humillas. Fue el primer problema de los chicos en su entrada al mundo de los hombres, donde el respeto se gana a golpes y la violencia es un requisito de la supervivencia. De hecho, todo fue a peor desde aquel día. Una noche intentaron sirlar al Maca y el Maca impuso una resistencia tímida. No consiguieron nada pero los malos registraron la medida de su miedo, del miedo de todos porque otra vez ninguno intervino. El Maca no cedió, pero su miedo se elevó sobre el parque de los chopos y las hienas sonrieron una condescendencia secreta. Ahora no están el Mejor hombre del mundo ni Tobías, ahora no llegas a la altura de los tacos de las muletas del tullido de tu hermano. Un sonajero de hojas blancas, como la orina contra el suelo o un redoble con baquetas, dio buena cuenta de la angustia del Maca y sus amigos. Había que andarse con cuidado.

Transcurrieron algunos meses en que los chicos evitaron los billares. Pero su ausencia, su temor, tan sólo alimentó su propio miedo además del hambre de los malos, el nombre y la fama de las fieras ávidas de sumisión y vulnerabilidad. De poco o nada serviría entonces pedir la protección de nadie porque al Maca y sus amigos comenzaron a mirarlos como a antílopes. Sólo debían de esperar el momento de ser abatidos o merecer su espacio entre la chusma con una violencia de la que no se creían capaces. Ya de nada servía la fregona del Bar Copes relamiendo la sangre derramada del Maguila. Tampoco las circunferencias feroces de las muletas del loco de Tobías en cualquier lugar a cualquier hora. Ni las peleas del Javi o del Rafa en el barrio de la droga. El Maca y sus amigos estaban marcados por la intemperie de sus propios actos y habían de imponerse a sus esfínteres o seguir huyendo de los lugares donde los hombres marcan con puños, piedras y punzones la altura de sus nombres.

El Vaquilla, el Torete, lo mejorcito de aquellos años

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Todo cambió el día en que el Maca conoció las virtudes de un martillo. Un martillo pequeño, de no más de veinte centímetros, mango de pino henchido en una palangana de agua, cabeza de hierro diminuta de dos puntas, un pequeño martinete en un extremo y dos lenguas para extraer clavos en el otro. Un martillo barnizado de empuñadura roja que el Mejor hombre del mundo escondía en el peto de un mono vaquero, cuando el Mejor hombre trabajaba y recorría los portales inhóspitos a lomos de una bici roja. Fue seguramente un ajuste de cuentas, o fue un insulto, o fue un bofetón de prueba a Carmencita, es lo de menos. Carmencita era una paria amable con todo tipo de pillastres. Ellos estaban fumando hierba en la Colonia y un tipo se acercó sin avisar y dobló a Carmencita de un revés por algo que, concerniera o no al Mejor hombre del mundo, pasó a ser asunto suyo en ese instante. Eso aprendió el Maca. Fueron unos segundos. El Mejor hombre, aupado sobre su bici, bajó de un salto y extrajo de alguna parte de su tetilla izquierda, de su corazón de perro enfurecido, un pequeño mazo como el que se utiliza para remachar marqueterías o para acabar con el trotskysmo, aunque este es un detalle que se supo después de que aquel tipo que había golpeado a Carmencita se doblara de rodillas con las manos sobre el pecho. El estruendo de la bicicleta sobre el suelo, el llanto de Carmencita, el gemido de aquel tipo y el corazón al galope de Macanor se confundieron en una salva de brazos en batida.

.-En la cabeza no, que si lo matas las has cagado, explicó luego el Mejor hombre a su hermano.

Pero sí en los hombros y en los codos, en la articulaciones, sí en las manos después de pisarle las manos, para que tengan que bajarle la bragueta y sacarle la picha y limpiarle el culo cada vez que vaya al baño.

.-¡Te voy a matar! ¡Esto no va a quedar así!, gritaba el tipo sobre el suelo mientras Carmencita, el Maca y el Mejor hombre del mundo se perdían por una callejuela. El Mejor hombre tiró el martillo bajo un coche por si venía la pasma a registrales.

El Maca no podía con la ansiedad y hubo de hacer esfuerzos tremendos para no orinarse encima.

.-Tranquilo Macanor, le dijo el Mejor hombre del mundo cuando llegaron a casa. Ese no volverá nunca. No volverá nunca. Si das bien nunca vuelven.

© MarianoGasparet 2013. Prohibido reproducir cualquier contenido de elpezlibro.com sin expresa autorización del editor.

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