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Todos son felices a su modo

Podemos ser felices de un modo.

Sin arrebatos, sin vanagloria.

Sin recuerdos de digestión lenta.

Sin familiares menesterosos.

Sin reparar en las sombras donde

los hombres recuperan el aire

y gritan de júbilo o de pena.

Es la luz un don y cegadora

su costumbre: te avitualla de

paciencia o de silencio para no

hablar de cosas desagradables,

no extender el fuego del dolor,

confiar en que todo es sencillo.

El trigo crece y cae y no

entiende el esfuerzo de abrirse

camino entre cumpleaños y

lápidas. Hay que aprender a olvidar.

Hay seres queridos con manías,

con vicios, con mezquindad, sin salud,

en porciones habitualmente

confusas. Seres queridos que no

entienden el significado de

la palabra luego porque sufren.

Es el sino de la necesidad

abrir los ojos y decir basta,

aquí me quedo, voy a ser feliz.

O voy a decir adiós. O voy a callar.

Cómo no callar si sólo aguardan,

a veces sin saberlo del todo,

un remanso de piedad y de paz

que nada ha podido procurarles.

Son como sus manos o sus piernas

sus carencias, su soledad,

su amor sin límites si han bebido y

su aliento de bestezuelas prende

el aire y ascienden sus sueños

como globos de helio. Y explotan

ígneos sus pretextos, su impotencia.

Son y somos tan limitados, tan

predecibles, tan bellos, tan tristes,

que más vale callar para siempre

y sonreír y dar por hecho que

todos son felices a su modo.

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