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Trentavicis

Es dulce estar con Marius porque en él veo algunas vísceras,
ojos tristes, chico,
adónde vas con esos ojos tan tristes!
Nos conocimos en la facultad de periodismo en los 90, éramos jóvenes y confiados, pero no alegres, ya quisiéramos.
Salíamos de clase y tomábamos el suburbano hasta Campanar con parada en la hamburguesería Cristhys,
un puesto de mala muerte del centro comercial donde yo aprendía que hay mucha gente,
posibilidades muchas de hacer amigos, buenas personas, más vivos que muertos,
aunque los vivos son catalanistas y de izquierdas,
y los muertos están emparedados, que es más barato que una fosa.
Marius es un hombre de ojos verdes y caídos,
aparece y desaparece en mi vida como algunos sueños recurrentes, pero mantenemos sólidos y gratos vínculos, puentes mantenemos, nunca definitivos porque no es nuestra naturaleza.

Hay ligazones que se mantienen de por vida, es la sangre.

Hay ligazones firmes aun sutiles: queremos a nuestros amigos y los olvidamos con la misma facilidad con que uno se cambia de zapatos,
porque son nuestros, y uno siempre tiene derecho a cambiar de zapatos.
Es así como me gustan tus besos, como prefiero recordarte, en el adiós.
Marius quiere y tal vez pueda.
Es fácil pensar conozco a Marius desde “Trentavicis”.
Yo era “Trentavicis”.
Mi padre aún vivía y éramos adolescentes, violentamente crédulos, asaces. El líder de la manada, que era un gilopollas impresentable y seguramente lo sigue siendo, nos propuso hacer el Camino de Santiago “en bici o en burro”.
Yo comía lentejas con cáncer en casa mientras le preguntaba a mis padres si podría ir al Camino el próximo verano. Mi madre, aún no consciente de sus limitaciones de moribunda, contestaba un no indefectible. Mi padre, que era más guapo que yo y más grande que Dios y que los hombres, reía a carcajadas y me llamaba “Trentabicis”.

Cuando yo le conté a Màrius la anécdota de “Trentabicis” quizás estábamos en un baño. Cuando le conté a Màrius, le hablé probablemente de mi ingenuidad, de la severidad de mi padre, de la jeta de mi amigo, de lo difícil que es darle de comer a un burro en el Camino cuando no sabes nada de burros y nunca has montado en un burro, y tienes 16 y tus padres se mueren
y así muertos
no te abandonan nunca. Marius rió y me llamó… “Trentavicis”, mientras guardaba su billete. ¡Papá, iremos treinta bicis o más!
¡Ven aquí, trentabicis!, decía mi padre.
¡Ven aquí, trentavicis!, decía Marius años después.
Lo cierto es que yo no fui a Santiago, ni he montado jamás en burrro,
y mi padre murió
y Marius, a quien conté esta anécdota en una borrachera, ¡Trentravicis! me dijo, y reímos tanto.

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