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Tres veinte duros!

Comprendí el lenguaje de los hombres mientras acompañaba a mi madre en el mercado. El olor limpio de las montañas de vaqueros y ropa interior aliviaba un ambiente agrio de cebollas, salazones y amas de casa. Mujeres gordas en una procesión caótica de saludos y regateos con los mozos de los puestos, zapatillas de ir por casa, caderas enormes de mula con el monedero bajo el brazo, cargadas de bolsas, los golfillos como moscas al acecho de los carros. El sol caía a plomo sobre los toldos mientras los vendedores sacudían con desprecio su cosecha de lechugas y tomates, patatas, nena, mira estas coles.

Mira que tengo, nena

Mi madre, que era rubia y blanca como los ángeles, purificaba al tacto aquellas pirámides de verdura terrosa con que los vendendores colmaban los platos de las romanas: siempre dejaban caer una o dos piezas de regalo. Cuando ya nos marchábamos, un chico joven de manos nudosas y pantalones apretados le dijo a mi madre desde otro puesto, ¡eh , morena, mira qué  tengo, morena, tres veinte duros pa ti! Mi madre acomodó la bolsa sobre el resto de la compra y tiró de mí y del carro como si no hubiese oído nada. Pero yo, niño estrábico de rodillas calamitosas, afronté la voz de aquel chico con un odio sorpresivo y furibundo, un arrebato desconocido de orgullo herido con el que ingresaba sin saberlo en el mundo de los hombres. Él me miraba y sonreía con un puñado de bragas en una mano y un cigarro en la boca. Yo querría haberlo matado allí mismo sin saber muy bien por qué. Mi madre tiró de mí y del carrito de la compra, abriéndose paso entre aquella marabunta de voces, toldos y camiones de reparto. Yo hubiera querido ser grande y fuerte como mi padre, hubiera querido ser un gigante para partirle la cabeza a aquel tipo que se atrevió a llamar morena a mi madre, que era rubia y bella como los ángeles.

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