logo image

Tumulto

Por M.Gasparet

La conversación que mantenía consigo mismo se había convertido en un tumulto, en un casino donde la turba juega y bebe, en un hospital de campaña que expele gemidos y carretas con de miembros que dejan atrás otros miembros fantasma, o si se sentía bien, en la salida de un musical donde los asistentes cotejan el beneficio de su butaca en una salva de admiraciones irrefutables, fantástico, impresionante, delicioso.

En este punto de su vida, 40 años, conductor de autobuses urbanos, separado de segundas, dueño por entero de su soledad y de sus remordimientos desde que abandonó a su última mujer y llevó a Má a la residencia, durante las noches de duermevela en su cuarto de soltero –ni se le pasaba por la cabeza ocupar la habitación de su padre o la de Má, más amplias y luminosas, ni siquiera mover los retratos de la cómoda– su conciencia se había ensanchado para convertirse en una levadura maligna.

Era tan molesto, tan absurdo, había tanta gente en su cabeza y en sus pocas horas de sueño, tantas voces y rostros, que supo que o paraba aquello como fuera o algún día él mismo no sabría dónde hallarse. Era una cuestión de vida muerte. Debía preservarse, cuidar su identidad, no perder el juicio, porque si antes aquellas voces apenas le inquietaban, le molestaban, en los últimos tres o cuatro años las presencias se le habían hecho insoportables: le impedían dormir unas horas seguidas, le impedían concentrarse, le impedían estar atento a la ruta y al cambio, le impedían atender las conversaciones de sus compañeros de trabajo o de su familia los domingos, le recluían en un pozo invisible y cada vez más estrecho y lleno de espectros. No todos eran iguales, claro, él siempre se había regodeado en sus demonios domésticos porque la memoria es el envés de los días, ¿pero todos juntos?, ¿a todas horas?, ¿constantemente? No podía más.

Unos le eran propios y aun en sus pesadillas acababa perdonándolos y perdonándose, su familia, su amada Má, Julián con sus silencios mirándole desde algún ángulo oscuro de la habitación, el loco de Tobías y sus arias con muleta, su cuñada Isabel, su ex mujer incluso, a veces su padre, el restañar de la correa de su padre, su madre, la innombrable Coralia Oñur Gay, “la amiga de los marineros”, como la llamaban en el pueblo.

Los otros, sin embargo, los más molestos, aquellos a los que querría echar para siempre de su cabeza y de su cuarto y a los que culpaba de su inquietud, de su pérdida de dominio aunque no siempre protagonizaran sus sueños, eran los extraños, los intrusos. Conocidos tan solo de vista, acompañantes de sus seres queridos, vecinos de escalera, individuos contingentes, antiguos jefes, antiguas novias, algún pariente. ¡Pero cómo sacarlos de su mente y de su vida si algunos lo asaltaban en la calle porque habitaban el mismo barrio pequeño de su pequeña ciudad! Por ejemplo, Giorgo di lago Maggiore, un viejo amigo de su padre que hablaba a voces en un italiano incomprensible de tacos, juramentos y estalactitas de baba mientras lo abrazaba y se empeñaba a invitarle a una, dos, tres cervezas; Giorgio desconocía el significado de la palabra no.
O Germán, un antiguo amigo que le enseñó en todos sus matices la enorme levedad de la amistad. O Su tío abuelo Julián y sus requerimientos y consejos pertinaces: los papeles de la herencia, el seguro, el catastro, el IBI, una bombilla. O doña Balbina y Balbinita, la vieja portera sorda y su televisor a todas horas y su niña atontada y su perro sañudo, que ladraba más allá del otro lado de la calle, que ladraba cada vez que, ya en el autobús, pasaba de ruta por delante de casa, que le ladraba de noche y de día. La niña se había convertido en una presencia constante, y en esta obsesión fueron principales las bolitas de pelo del chucho colándose en el cuarto, midiéndole la espalda si dormía. La niña era dueña de la escalera y muy pronto ocupó también sus sueños, al tomar la calle en el bus, por ejemplo, con su perro, siempre callada y esbozando una risita imperfecta, una risa inmutable sobre una boca abierta que ladra.

Detalle de una fotografía de Lisa Larsen (1925-1959). Como imagen destacada, Margaret O'Brian y su perrita Maggie, 1944, de la fotógrafa Marie Hansen.

Detalle de una fotografía de Lisa Larsen (1925-1959).
Como imagen destacada, Margaret O’Brian y su perrita Maggie, 1944, de la fotógrafa Marie Hansen.

Todo aquel vocerío se ordenaba o se aplacaba un poco si había bebido lo suficiente, las más de las veces, o si el sueño le vencía, un milagro, así que tenía pocas opciones. Cabía descartar el ingreso en la clínica del Dr. Guido, el médico alemán que te cambia el cerebro para siempre por uno diseñado a la altura de tus miedos. Podía asistir a un psiquiatra común y atiborrarse a pastillas de efectos secundarios perversos: la libido, el aumento de peso, la abstinencia. Podía beber hasta caer rendido, lo que acabaría convirtiéndole en un alcohólico, en un enfermo. O podía hacer caso a su cuñada, la buena de Isabel, y apuntarse a clases de meditación y reeducación postural y respiración. Pero finalmente optó u ocurrió algo distinto, tremendo y definitivo, algo así como una puerta que se abre.

Antes fue al médico y nadie podría echarle en cara que no fuera metódico. Anafranil y Seroxat, primero, Escitalopram luego; Deprax, Paroxetina, Prozac, Tranquimazin, Diacepam, nada de alcohol, caminatas a paso ligero a diario: lento, incómodo y poco o nada eficaz al cabo de los meses.

Luego fue a un taller de meditación porque Isabel trajo unos folletos y se apuntó adrede. Él amaba a su cuñada, nunca le haría un feo: incómodo, aparatoso y vulgar, tantos desconocidos juntos, respirando profundamente con los ojos cerrados, cómo no pensar en nada.

Anduvo también bebiendo hasta la indiferencia y el sueño profundo si se encontraba con Giorgio o a veces a solas en su cuarto: cefaleas, cansancio, dolor de estómago, resacas bíblicas y aniquiladoras. Llamó a la clínica del Dr. Guido y solicitó información sobre un crédito taxativamente negado. Así que eran muy pocas las opciones y cada vez más apremiantes sus fantasmas, las voces, los rostros, como si repelieran con creces toda aquella resistencia a su dominio, a la ocupación de su vida y de su casa, los pelos del chucho recorriendo su pasillo como la broza que dejan a su paso los westerns. ¡Aquellos ladridos insoportables del chucho junto a la niña en la escalera, el perro!

El perrito era insoslayable, incansable y tenaz, y acabó siendo la presencia más incómoda. Vivían en el mismo edificio y focalizó en aquel chucho el momento impreciso en que sus sueños y su vigilia comenzaron a confundirse, a mezclarse, a saturarle, porque sus ladridos igual lo despertaban al alba que le azuzaban en sus sueños y porque era imposible diferenciar al perrito de su dueña, los dos siempre juntos, ella callada y ausente, el chucho como una prolongación de la pequeña, su ventrílocuo.

Nadie podría afirmar que fue premeditado aunque tampoco lo contrario, nunca nadie es del todo inocente. Pero es cierto que llevaba casi un mes sin dormir, que se había dejado la medicación, que estaba muy cansado y que la noche anterior había estado con Giorgio. Era lógico que íntimamente necesitara algo así como un consuelo o un resarcimiento, sin que esta presunción pueda servir para concluir nada parecido a la premeditación.

Aquella mañana bajó la escalera de casa a trompicones. Le dolía la cabeza, como siempre, y apenas había tenido tiempo de tomar un café frío. Hacía meses que procuraba salir con tiempo no ya para llegar al trabajo sin apuros, sino para evitar a la niña y su perrito, los guardianes de la finca, los acechantes, los implacables. Pero aquel día allí estaban ambos, la prolongación de sus sueños a la puerta del edificio, la pequeña apurando un yogurt junto al chucho, el perro su lado. Antes ver a las dos figuritas, antes incluso de llegar al rellano del primer piso, el perro ladraba, gruñía, torcía los ojos y levantaba las patitas delanteras como una fiera y sacaba la lengua y estiraba el cuello siguiéndole mientras la chiquilla, ajena a todo pero riéndose, lo mantenía agarradito de una correa con cascabeles. Pasó entre los dos de un salto y vio con claridad como la niña boba daba correa al animal. El perro lo despidió con una salva de ladridos agudos como una vajilla que se estrella contra el suelo desde la calzada, contra en medio de la calle a su espalda mientras la niña reía con la boca abierta. Y el eco de los ladridos del perro continuaron acechándole cuando fichó a la entrada del trabajo e incluso cuando arrancó el autobús para hacer su ruta de ocho horas. El perro le ladró otras tres o cuatro veces por boca de algunos pasajeros que le pedían a gritos cambio o le reclamaban que parara. El perro ladró en la primera, y en la segunda, y en la tercera vuelta de su ruta, en la cuarta también, cada vez que doblaba la esquina de su calle ahí estaban el perrito y la pequeña aguardándolo; cada vez que pasaba frente a su casa el perro enloquecía y la niña, sentada en el portal, le daba correa.

No supo cómo sucedió, cómo lo hizo. Es imposible probar si fue premeditado o instintivo. Llevaba ya seis horas de jornada y el perro seguía ladrando a los pies de la niña boba, incansable, inalterable en su risita. Tan sólo fue un gesto, un imperceptible giro de muñecas, no fue un volantazo, nadie se quejó pese al frenazo. Salvo la niña. Esos grititos de niña histérica tras el aullido, los cascabeles aún sonando sacudidos por el temblor y el llantito de la boba. Doña Balbina recogió a la pequeña y envolvió en una bolsa enorme de basura los restos del chucho. Él pidió perdón, se me ha echado encima, y continuó el trayecto. En el retrovisor doña Balbina forcejeaba con su hija para arrebatarle la correa. Nunca más volvió a oírlos, simplemente desaparecieron de sus sueños. Incluso la vieja Balbina salió de su cabeza para siempre. El único rastro que quedó de sus vecinas fue el eco lejano de una televisión, nada molesto por otra parte. Entonces supo que aun teniendo mucho trabajo por delante había una solución a todos sus males. Pensó en Giorgio, el italiano beodo, mientras conducía. Pensó en su amigo Germán, mientras conducía. Y pensó en su tío Julián.

Deje su comentario