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Tus omoplatos

Hallé en tus omoplatos

las Tablas de Moisés

y supe entonces

que la piel retiene a veces blancas

paladas de conciencia,

verdades anchas por los siglos

que marcan la vida de los hombres

con un insoportable olor a carnicería.

Que el tiempo explica su bulimia

mientras los hombres muerden

su deriva

atados al mecano de la luz

al azogue de la costumbre.

Que son arbitrales los días y

la epifanía de tus ojos dormidos,

si despierto a tu lado

y el sol humedece las sombras,

pero antepongo la belleza de

ese instante, del que solo yo

soy consciente, para celebrar

a gritos tu feliz contingencia.

Debes saber que te amo sobre

todas las cosas.

Que estaría

dispuesto a matar a mi padre y a mi madre

un lunes cualquiera (o el Día de Todos los Santos),

por poder darte cuanto anhelas

(o saber al menos donde robarlo)

para hacerte mía para siempre

(o sólo un rato).

Que en modo alguno

me arrepiento,

si esa es tu pregunta,

de haber jurado por ejemplo

que sería bueno dormir juntos

y descubrir qué secreta distancia convierte

una huida en un refugio,

o qué

renovada piedad concede a

la ternura el milagro de la

inocencia primera, cuando era

fácil ser moderadamente felices

e ir de compras era una fiesta

de provisiones para el fin de semana.

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