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Uma cogió la rabia y papá la mató a perdigonadas

Por M. Gasparet

Julián, Tobías y yo remábamos pasillo abajo sobre dos canoas hinchables amarillas. Julián en una porque era el mayor y el más alto y no le gustaba demasiado compartir. Tobías y yo en la otra: él delante con un remo, yo abrazado a su cintura. Ése es uno de los recuerdos primeros que conservo de mi casa; cuando aún éramos tan chicos que el pasillo de una casa de dos habitaciones era tan largo y ancho como el río Misisipi.
Mi padre nos empujaba con las piernas mientras Uma le mordía las perneras. Las canoas chirriaban sobre el enlosado como una extraña premonición. La voz de mi madre se confundía en la cocina bajo una catarata de aceite hirviendo y patatas fritas.


Al día siguiente –Julián era solitario y quería estar con Uma– mamá nos llevó a Tobías y a mí a estrenar las canoas a la playa La Aguilica. Éramos indios salvajes y la corriente-llevar-dentro-mi-hermano-en-su-canoa. Los brazos ágiles de mamá, un poco asustada, ¡no te muevas!, salvaron a Tobías de su primer naufragio. Tobías, tieso en la canoa a merced del miedo y la corriente, ahora pienso que cada uno anda muy quieto en su barquita, es uno de los recuerdos primeros que tengo de mi hermano.

Yo miraba entre divertido y nervioso y no he podido olvidarlo.
Otra vez pasamos con las bicis por encima de un cachorro moribundo, no sé si fue idea mía o de Tobías, Julián paseaba a Uma en el parque de los chopos, y eso tampoco lo olvidaré jamás. El animal aullaba, los neumáticos de las BH golpeaban el suelo tras pasar por encima del perrito y nosotros salimos huyendo tras tres o cuatro intentonas, espantados de un sentimiento terrible y desconocido hasta aquel día. Ahora me pregunto si puede haber inocencia en el sadismo.

Howard Sochurek

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Mamá cabeceaba de un lado al otro al bracear y las olas le mecían una melena tan larga y como la cola de una sirena. Luego entendí que el mar era su medio natural. Era rubia, la cara ovalada, los ojos claros, verdes, azules o grises, según la luz o el recuerdo de la única fotografía que quedó en casa antes de que papá ordenara destruir todos sus retratos.

Mi madre olía a Nivea, a agua salada, a pelo mojado que gotea frío y a Winston porque los días de fiesta se encendía un cigarrillo. Mamá estiraba los dedos traslúcidos para inhalar, luego soplaba el humo de un modo muy consciente y pisaba la boquilla entre el anular y el pulgar en señal de victoria.
Mi madre no terminaba nunca su pitillo porque el humo marea; “No fuméis nunca, hijos”, volaba el humo al infinito.
También estiraba los dedos finos y lechales cuando las abluciones de crema protectora sobre las toallas, como los árabes.
Tenía manos de pianista y movía los dedos sobre un teclado imaginario. “Tengo manos de pianista”, decía, y los deditos bellos y torpes de mamá tamborileaban contra la nada mientras yo oía como todas las olas del mar nacían de la destreza de sus manos mientras dictaba la armonía que le falta al mundo. Entonces comencé a mirar las manos de la gente con curiosidad de entomólogo, o con la atención de un afinador de instrumentos secretos.

Julián heredó las manos de mamá, finas, suaves y delgadas; por eso quizá sus caricias eran tan especiales: el preferido de Uma, por supuesto. A Tobías se le hicieron las manos anchas y duras como mástiles de andar con muletas tras el accidente, aunque esto sucedió algunos años más tarde. Yo, sin embargo, odiaba mis manos pequeñas y velludas.

Mamá también olía a penicilina, o eso al menos pensaba yo, porque trabajaba en un hospital a todas horas y cuando nos besaba nos dejaba un rastro de desinfectante en las mejillas. Se llamaba Coralia Oñur Gay, sonaba precioso su nombre y más precioso aún es su recuerdo, aunque el día que marchó papá decidió borrarla para siempre a golpe de patadas en las puertas y de maldecir y estrellar contra el suelo y las paredes las fotos de la cómoda. Todo esto también sucedió más tarde, creo, un poco antes de que un muro mostrara a Tobías que en la vida hay límites infranqueables.

Tobías besaba a mamá al otro lado del salón y yo sentía celos. Ésa es otra imagen de mi memoria primera. Mis hermanos llevaban gafas de sol aquel verano. Eran gafas de policía, con cristales oscuros en forma de lágrima y montura plateada sobre narices de niño. Julián en silencio con Uma. Tobías silbando las canciones que ponían en los coches de choque. Yo era bizco y llevaba gafas de pasta que se rompían regularmente cada tres meses. Mi madre se enfadaba y discutía con papá porque había que cambiarlas.

Howard Sochurek

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Aún éramos soldados aquel año. Saltábamos en marcha de la camioneta de papá, que cantaba “Supei monti”. Había un 600 abandonado que nos servía de guarida y para tomar lecciones de conducición. Teníamos pistolas y escopetas de pinzas, espadas de madera, cañones de tubería, un sombrero de cowboy, a nuestra perrita Uma y una familia de tíos apocalípticos y primos encantadores que no se acababa nunca. Un día Uma cogió la rabia y papá la mató a perdigonadas. Julián dejó de hablar definitivamente, decidió volcar su vida del lado del silencio antes de embarcarse, quizá por odio hacia papá o quizá por no haber adivinado a tiempo aquella tragedia, él que todo lo adivinaba. Con los años se convirtió en un adolescente reservado, con los años desapareció como mamá en un barco sin destino. Yo me enteré más tarde porque era pequeño.

Pero mi hermano Tobías, que lo sabía todo siempre, y era testigo de todo, ayudó a mi padre a acorralar a Uma en el garaje que le sirvió de paredón y llegó a despedir a Julián desde detrás de sus gafas con cristales de lágrima. Sabía Tobías, por ejemplo, que papá escondía su escopeta en el altillo, y que antes de matar a Uma, mucho antes incluso de que conocer a mamá, aquel arma abatió a centenares de ciervos en los bosques milenarios de Dudelange: él me lo dijo y me mostró fotos de papá con un pie sobre la cabeza de un ciervo de doce puntas. También sabía Tobías dónde se esconden los regalos porque los Reyes no existen. Y Julián le pegó un bofetón por sabiondo. Nos quedamos helados.

Papá no hizo la mili, pero fue partisano y cantaba “Bandera Riossa” mientras conducía la furgoneta. Era dinamitero y cantaba “Supei monti” y “Bandera Riossa”. Yo me colocaba de pie, a su espalda, y fruncía el ceño, que era mi manera de cantar en italiano. En la guerra mi padre robó un paracaídas y la Nonna les hizo camisas a todos los hermanos: al tío Beppe, a la tía Anita, a la tía Nora y a papá.

Howard Sochurek

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Mi padre hablaba seis idiomas y de niño, durante la ocupación, trabajó en un campamento militar alemán a cambio de rancho y propinas y aventuras que contar mientras conservó las ganas de contar anécdotas. Hacía los recados, compraba sellos, compraba revistas pornográficas que ocultaba debajo de su camisa de paracaidista, siempre listo para el último vuelo. Compraba tabaco, chicles y lápices. Luego fue constructor, o albañil, o camarero, o todas las cosas a la vez. Yo pensaba: también seré albañil porque me gustaba la casa de las herramientas donde un día atrapamos una culebra con cuatro pajaritos en el vientre. O seré veterinario para curar a Uma y que Julián hable o sonría y no se vaya en un barco.

Papá les llevaba cigarrillos a los soldados de la Wermacht, sobres y revistas a los soldados de la Wermacht en una bici de carreras, aunque nunca lo acusaron de colaboracionista porque también luchó en la Resistencia. Papá era el primero de su clase y por eso se sentaba en la fila uno. ¿Tú en qué fila te sientas, Macanor?, me preguntaba. Nunca lo supe.

También daba miedo con las notas, papá. Julián no daba problemas, así que no recibía regañinas y no hablaba. A mí me gritaba en italiano y no entendía. Pero Tobías temblaba a las ocho de la tarde, cuando oía el rugido de la furgoneta de papá. Y vomitaba por las mañanas antes de ir al cole. El niño que vomita al despertar es un sabio incipiente y no necesita ir a la escuela, pensé. Mamá lo cambió de clase y desde entonces papá sólo se enfadaba conmigo. Pero yo, ya lo he dicho, no comprendía el italiano.

Mientras mamá estuvo con nosotros papá fue el mejor padre del mundo. Saltaba a la comba como un boxeador. Buceaba, pescaba, nos enseñaba a jugar al fútbol y a golpear con los puños y los codos a la vez, como un campeón del que olvidé su nombre. Nos enseñaba a esquivar un ataque con cuchillo, a recuperar las armas inutilizadas por los aliados enderezando el cañón entre dos piedras y haciendo un primer disparo con un lazo por si aquello reventaba; a esconder fusiles y ametralladoras en un pajar para venderlas de contrabando, y a viajar en tren sin dinero.

“¡Le revisor, enséñeme el billete por debajo de la puerta, por favor! Y te quedabas el billete de otro y viajabas gratis por todo el mundo”, decía. A mi madre no le gustaba que nos contara aquellas cosas. Julián ni se inmutaba.

“Este es Dios”, decía mi padre mientras se tocaba la cartera. Era una broma cuando aún se hacían bromas en casa. Pero mi madre se enfadaba porque coleccionaba los fascículos dominicales de Juan Pablo II.

La Nonna era una viejita que daba besos. Era extranjera, muy delgada, vestía de oscuro, nariz afilada bajo los lentes metálicos, una boca fina y larga, y una canción a media voz que se pierde para siempre. Era italiana y su marido, el Nonno, era el príncipe de las galletas de la merienda aunque murió. Quizá lo mataron los piquetes, quizá se suicidó, quizá bebía demasiado: no lo sabremos nunca.

Una vez le pregunté a mi padre partisano si había visto alguna vez un muerto. “Sí, a mi padre”, contestó. Entonces comprendí que no había luchado con la Resistencia. Y que los muertos dan pena y tuerces la cara y buscas una rosquilla en la mesita y la untas de mantequilla y la tomas como si fuera la última oblea, aunque Dios duerma en tu bolsillo junto a los los billetes con la cara de Rosalía de Castro o de Benito Pérez Galdós, porque necesitas enterrar a tus seres queridos. Nunca hay rosquillas suficientes.

Nadie sabe muy bien de qué murió el Nonno, sposo di Speranza Zambón. Ni siquiera mi hermano Tobías sabe eso. ¿Lo tiraron por un puente durante una manifestación, hizo su último vuelo sin decir adiós, se marchó como mamá, se fue luego como papá? Quién sabe cómo era el Nonno, el Príncipe de las galletas de chocolate. Tal vez se cayó del puente. Sé que le decían Moro, Moreno; tenía el pelo blancuzco y un poco plantado, la cara cuadrada, los ojos negros y serios enmarcados en dos cejas sañudas y rectas como el rastro de ceniza de un cigarro olvidado; la nariz afilada, la barbilla cuadrada bajo dos labios finos entreabiertos y el rostro ladeado dentro de una tarjeta de Ricordatevi, nelle vostre preghiere del mio caro sposo. Entrato nella pace dell’Eternità a Dudelange il 29 de Gunio 1952 a l’Età di 49 anni. 49 años. La paz de la eternidad.

Todos los extranjeros huelen diferente aunque sean hermanos de papá. Sonríen mucho y dan regalos, caramelos, huevos duros coloreados con rotulador, pasteles y una barca roja y blanca, enorme, para ir a la playa con los primos. También un diccionario de francés, un futbolín y una caña de pescar para Tobías. Mi padre nos llevó al puerto y pescó un pececito con una molla de pan. El pez grande se come al chico, dijo. Pero no hubo ningún pez grande aquella vez. “Mala suerte, hijos, os aseguro que siempre hay un pez más grande”. Tobías y yo nos quedamos asombrados. Julián chascó la lengua.

El tío Rainny era raro y feo. Era el cuñado de papá, el marido de tía Nora. Un día vino y dijo que éramos gordos y mamá se enfadó mucho al volver del restaurante, en Calabardina. Papá reía para quitarle importancia pero mamá estaba muy enfadada y no quería ir a tomar café a casa de los tíos. No subo, Sam. Mi padre, Ruggiero, era Sam para mamá, y el tío Roger para mis primos; Rogelio a veces.

Nessuna gioia potrà mai colmare il vuoto della tua scomparsa

Un día hicimos fuego y Rainny me tiró al suelo de un bofetón. Me levanté. “¡No me has hecho daño!”, dije. Mentí mientras sofocaba un incendio de hormiguitas en mi cara. Nadie me había pegado nunca. Ni Tobías ni yo le dijimos nada a papá para que no se enfadase con nosotros, o para que aquello no hubiera sucedido. Tampoco le contamos que una vez estuvimos a punto de ahogarnos en la playa del Hornillo. Una corriente de agua me arrastró hacia el fondo y me sentí como un perro en un pozo; como al perro al que ahogábamos. Tobías vino a salvarme –mi hermano siempre viene a salvarme– y ya éramos dos los perritos que se ahogaban. Un joven alemán –todos los extranjeros debieran ser alemanes- nos sacó a los dos pequeños náufragos y ni siquiera le dimos las gracias. Dicen que las madres de los náufragos sueñan yeguas desbocadas. Menos mal que mi madre no recordaba sus sueños.

Robert W. Kelley

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El tío Rainny nos regaló una mesa de ping-pong y nos decía “Machilitos”. No sé si era bueno el tío Rainny, no sé si me gustaba. Pero traía a Snoopy a casa, y mi hermano y yo le dábamos jamón y el perrito me abrazaba la pierna y se movía. Tía Nora reñía a Snoopy para que no se me subiera encima, para que no me abrazara con las patitas negras y peludas. A mí me gustaba el perrito, que era bueno y se abrazaba a mis rodillas y se movía. El tío Rainny reía y decía: “Quieeere hacer l’amoor con-túigo, Machilito”, y enseñaba dos dientes enormes y amarillos, que era el modo de sonreír, de estar, de Rainny.

Los hermanos de papá no tenían hijos. Aunque una vez Julián nos contó que habíamos tenido una prima muy guapa que murió de cáncer y decidió llevárselos a todos para siempre. Mi tía Nora hacía la lasaña más buena del mundo y era cariñosa y tierna. Todos los hermanos de mi padre olían diferente, a extranjero, hablaban raro y desaparecieron en una andanada de la memoria. Los ubico ahora en la periferia de mi infancia y recuerdo la afectación de mi madre sonriendo en las comidas. Salpicaba frases de un francés forzado y superficial. “Yo me aburro, Sam, compréndelo”. No sé por qué mamá se aburría con gente tan curiosa, tan distintos todos aunque fueran hermanos de papá.

Siempre era verano y había mucha gente en casa. A veces también era invierno. Carnaval o Navidad, que son otras formas de verano y de una casa enorme abarrotada de la familia de mamá. Los niños hacíamos barricadas en el pasillo con las maletas de los recién llegados. Las primas venían de Barcelona y hablaban fino. El tío Damián nos castigaba sólo a los chicos. Y la casa entera olía a pavo desplumado, a pavo decapitado corriendo por la cocina; a sopa con pelotas y a Baron Dandy.

El tío Damián era el hijo mayor, el único que se atrevía a discutir con el abuelo, que enrojecía furioso y arrastraba los pies dando voces. El tío Damián iba siempre perfumado, siempre armado. Llevaba consigo su revólver y su pistola, que antes de disparar te dejan boquiabierto. “Mi hembra y mi macho”, decía el tío Damián, y sopesaba los hierros al alcance de mi mano, antes de enfundarlos y mirarme fijo a los ojos. Tenía los ojos grises y azules y verdes, como mi madre, como si él también hubiese nadado contracorriente en La Aguilica para salvar a alguien. Yo quería ser como mi tío, tener sus ojos, una botella enorme de colonia y dos pistolas relucientes.

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Robert W. Kelley

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Los hombres de la casa jugaban a la brisca –bríscola, decía mi padre- y tomaban vermut y cafés mientras las mujeres fregaban platos y el abuelo dormitaba en el sofá y los críos enredábamos en la terraza o jugábamos al escondite en las habitaciones.
-Rey de copas.
Mi tío Pepe era pareja de mi padre y le llamaba Cónsul y discutían porque no habían interpretado bien un guiño.
-Tres de copas.
Mi tío Antonio golpeaba la mesa con los naipes y se levantaba jubiloso para gritar: “Te he meao”. Entonces sacaba una picha imaginaria y seseaba su orín alegre de vencedor de bríscola mientras las mujeres de casa recogían el café. Su pareja de juego, mi tío Alejandro, mi tío Eduardo o mi primo Mariano el mayor, respondían al saludo también de pie, “Te he meao”, y removían la calderilla sobre la mesa antes de pedirse un coñá. Pppssssssssss..sssss!
-As de copas.

Ahora miro a Tobías y me asombro de que sus músculos de tullido no hubieran aparecido mucho antes. Ahora pienso en mamá y digo Coralia Oñur Gay eres una sirena misteriosa con olor a penicilina. Ahora pienso en papá y tarareo Supei monti. De Julián ni me acuerdo, pero sí de Uma, que cogió la rabia.

(Notas de la infancia de Macanor muy vinculadas al relato en versos decasílabos también publicado en esta web ‘Dr. Guido’)

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