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Un aseo

Repara en sus entradas, en el cabello mínimo, en los lentes sobre los ojos enrojecidos por las vaharadas ácidas de los afeites, ahora que enjuaga la cuchilla y pronuncia el mentón ante el espejo para volver a barrer la capa de jabón.

Ese gesto de labios apretados y mirada torva que aprendió de niño, frente a un espejo similar; él una cabeza menuda sobre el sanitario y su hermano allá arriba haciendo muecas, mirándole de reojo y apurando una colilla húmeda, manchada de espuma, como los dedos, como la cara, como el lavabo, como los años empapan.

La isla de los muertos, A.Bocklin

Sobresalía la pavesa de la repisa junto a la loción y al agua de colonia y él imaginaba entonces cómo sería fumar y escupirle humo al espejo y a la propia imagen, dejar caer la ceniza sobre el agua estancada, con la siega minúscula de pelos pegada a la pila, esa particular cartografía que se repite, en cada casa, cada mañana, generación tras generación, y que a nadie excepto a él mismo inspiraba pistas u oráculos sobre el futuro. Esa manía de jugar a adivinanzas en algo tan cotidiano y vulgar como un afeitado.

Atiende minuciosamente las sugerencias del agua caliente con su rumor doméstico, el vaho que aleja y enmudece las imágenes, y el espejo devolviendo cada día un rostro igual pero distinto al cabo de innumerables aseos; tantos que ahora es mayor y no merece la pena aventurar presagios y porvenires en los posos grisáceos que acumula su lavabo en este momento, que enjuaga la cuchilla, que se mira las entradas, el cabello, los lentes, los ojos, y recuerda cosas nimias, sin importancia, de cuando era un chico y admiraba a su hermano afeitándose.

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